diciembre 17, 2012

Mi Amigo Percy



Yo tengo un amigo que se llama Percy y al cual conozco hace más de 30 años. Es sin duda uno de esos amigos para toda la vida, y nuestra relación es prácticamente de hermanos. Lo conocí cuando entró de operador de computador a IBM y yo trabajaba en el área de producción. Las circunstancias de su ingreso fueron curiosas. Los otros tres muchachos que ingresaron eran hijos de empleados. Uno de los operadores, Dicky, decidió adoptarlo, porque se le conocía como el hijo de nadie.

Para ser sinceros, nadie daba medio por él. Bajito, gordito, con un aire de pingüinito rubio, y con una inteligencia social cercana a cero. Lograba exasperar hasta a un muchacho llamado Pepe, que era consagrado de una orden religiosa laica. Era intolerable. Además andaba siempre desaliñado y parecía haberse robado las corbatas que su viejo había dado de baja.

Empezaron a circular apuestas sobre si pasaba el mes sin que lo boten. Algunos le daban dos semanas. En ningún caso, pasaría los 3 meses de ley, según los más conservadores.

Esta era la época en que el Centro de Cómputo de IBM empezaba a ser el semillero del que IBM nutrió muchos de sus cuadros gerenciales y técnicos. Siempre había alrededor de 15 o 16 jóvenes, cada uno más brillante que el otro, pero con personalidades de todos los sabores. 

Varios de ellos llegaron a Gerentes Generales, no solo en el Perú, sino en otros países y regiones, e incluso a niveles más altos. La realidad es que los peruanos de IBM son considerados muy por encima de la mayoría de países del mundo, incluyendo Europa, Asia y Norteamérica. Perdón, me olvide de África y Oceanía…

Pero Percy era especial. Ante propios y extraños, logró permanecer en IBM. Nadie ganó la apuesta porque ni uno de nosotros había pensado que iba a durar. Pingui seguía creando antipatías y generando conflictos. Pero había que admitir que bruto no era. Insoportable sí
.
Después de tantos años, todavía me sigo preguntando como fue que pudimos hacernos tan amigos. Es la única persona a la que le he querido pegar en estado sobrio en los últimos 40 años.

Fue en la sala de máquinas, y Percy estaba en su estado anímico normal, tenso, histérico y de mal humor. Recuerdo haberle hecho una broma ligeramente irónica y el agarró un manual de IBM, que era especialista en hacerlos densos, grandes, gruesos y pesados ¡y me lo tiró violentamente a la cara! Me le fui encima, totalmente fuera de control y a duras penas, César y Dusan lograron contenerme. Cesitar me decía, “¡Gordo piensa en tu futuro, no la cagues!” y Dusan, mas práctico y filosófico, sólo dijo “¡Ya olvídate, no le hagas caso a este enano!”

Me llevaron prácticamente cargado hasta mi oficina y tuvieron el buen tino de quedarse conmigo un buen rato hasta que la adrenalina bajó a niveles normales y volví a ser el mismo gordito simpático y bonachón que todos conocían.

Por esos días, dos personas trabajaban en Producción, y los demás en Operaciones. Ricardo y yo éramos Producción, pero alguien vino con la idea de trocar puestos, es decir, alguien de operaciones pasaría por Producción cada mes y Ricardo y yo haríamos lo mismo en Operaciones. No es necesario adivinar que el primero en ir a Producción conmigo fue Percy, creo que por votación unánime.

Todo el Centro de Cómputo, incluida Producción era área restringida, pero al poco tiempo se creó una línea imaginaria que él y solo él no podía cruzar.  Sin embargo, y sin sorpresa para nadie, la cruzaba todos los días. Todos los días lo hacían regresar pero el insistía.

Esta era una cualidad de Percy que hacía que al final siempre lograra lo que se proponía. Era incansable, insistente, perseverante y tenaz hasta el extremo. Terminaba ganando por cansancio cuando no era por alguna salida brillante que ponía el caso o el asunto en discusión en un nivel diferente y desde una óptica inesperada. En ese momento, y como maestro en el manejo de crisis, se empleaba a fondo y todo el mundo reconocía que era una solución muy aceptable, pero sentíamos de algún modo que nos había “enyucado”.

Un amigo común que estudió con él en el colegio, me contó una anécdota que da cierta idea de cómo es Percy. Con el carácter que tiene, no es sorpresa para nadie que más de uno haya querido pegarle, como puedo atestiguar, pero en este caso, era un muchacho que le llevaba más de una cabeza. Percy era el mas bajito de su clase, por cierto. Una vez más, los pronósticos estaban todos en su contra. Además, Percy tiene pie plano, y usa un inhalador para su asma.

Empezó la bronca y parece que duró poco. El oponente se vio atacado por un torbellino de patadas, puñetes, y todo lo que había en la humanidad de Percy, sin prácticamente opción a devolver un golpe. La pelea terminó como terminan todas esas peleas; uno en el suelo, y el otro sentado encima, sujetando los brazos con las rodillas. Una vez más, los observadores tenían la sensación que lo que habían visto no podía haber pasado… Y la sensación era siempre la misma: Percy había sacado una carta de debajo de la manga que nadie esperaba.

Recuerdo que para la despedida del gran Quichi, legendario operador, fuimos al chifa del papá de Ernesto, y se habían esmerado en hacer una comida extraordinaria. Todos los platos estaban deliciosos, eran desconocidos para la mayoría y tenían una presentación espectacular.  Mirábamos entre asombro y saliva involuntaria la fabulosa caravana y en eso, Percy que suelta un “¿Y el Wantán? ¿Dónde está el Wantán? Porque yo, si no como Wantán, no he ido al chifa.”

Silencio. El papá de Ernesto, que había estado mirando complacido las caras de todos nosotros, asimiló el golpe. Esto era como ir al Carlín y pedir papas fritas. Lo digo porque un primo mío así lo hizo, para embarazo mío y de los anfitriones.

El chino Ricardo, que era el que estaba a cargo de los “chupes”, como llamábamos a los operadores nuevos se encabronó, y dijo: ¿Quieres Wantán? Ahora vas a comer Wantán. Mirando al mozo, pidió 2 docenas de Wantán Frito y esa noche, Percy sólo pudo comer Wantán.

En otra ocasión, el día anterior a procesar los datos del examen de ingreso de la Universidad de Lima, Aldo, que era el control de turno en ese entonces, venía de almorzar con las autoridades de la Universidad, y entrando, alguien le dice: “La 2540 está malograda”. La 2540 era una lectora de tarjetas, la única con capacidad de leer tarjetas marcadas con lápiz (OCR), que obviamente eran las que llegarían al día siguiente después del examen para ser leídas y procesadas. Es evidente que esa frase sólo tenía sentido para unos pocos, y por supuesto, ninguno para los funcionarios de la de Lima. Percy, que además tenía el don de la ubicuidad desastrosa, estaba al lado de Aldo, y no se le ocurrió otra cosa que decir “Pobrecitos los de la de Lima, no van a poder procesar sus exámenes”.

Nuevamente, la vida de Percy estuvo en peligro.  Logró sacar de quicio a compañeros, gerentes, clientes y cuanto ser humano se le ponía delante. Rara cualidad que no era envidiada por nadie.

Quizás cuando sufrí la oportunidad de trabajar con él fue que empezamos a hacernos amigos. Perdí la paciencia innumerables veces. Marita me pedía que tuviera calma, pero algunas veces llegaba a la casa casi descompuesto. Para colmo de males, descubrí que vivía a una cuadra de mi casa. Dios siempre suele jugarme este tipo de bromas, situaciones en las que me hace preguntarle ¿Por qué yo, Dios mio?

Pero se ganó el respeto de todos y el mio también. Nunca he conocido a nadie que tenga una determinación y vehemencia tan grande por lograr lo que se propone. A veces pensaba en él como una piña, espinoso y poco atrayente por fuera, pero dulce y jugoso por dentro. Tenía un corazón de oro.

Se encariñó con mi hija Mónica, le regaló su primer triciclo, y siempre nos visitaba, para “conversar”. Una noche de domingo, Marita se fue a misa y nos dejó cuidando a Mónica. Muy contentos, estábamos tomando unos tragos y en eso descubrimos que había que cambiarle los pañales. El olor y el llanto fueron sutiles indicadores que no nos quedaba otra. En esos tiempos los pañales eran de tela, y era todo un arte el doblarlos y colocarlos, por lo menos para mi, y Percy tenia menos idea que yo, que no tenia ninguna.

Fase Uno: Procedimos a quitarle el pañal. Mediano éxito, manchamos la cuna y las sábanas, pero logramos tirarlo a la basura.

Fase Dos: Proceder a limpiarla y lavarla. No nos fue tan bien. No encontraba los “wipes” y gastamos un rollo de papel higiénico mojado, limpiándola y limpiándonos las manos. Movimos el tacho de basura al lado de la cuna demostrando creatividad e ingenio. Simplificamos una tarea que se había vuelto muy repetitiva, sobre todo después del segundo rollo de papel.

Fase Tres: Poner el pañal limpio. Solo puedo decir que nos tomó más de media hora, no lo pudimos colocar adecuadamente nunca, pero logramos el objetivo principal: Mónica estaba limpia y había dejado de llorar.

Marita regresó y orgullosos le contamos nuestra hazaña. Después de mirarnos seriamente y antes de cambiar a Mónica nuevamente, simplemente nos dijo: “Por favor lávense la cara. Tienen caca por todos lados.”  No he vuelto a poner un pañal en mi vida.

Finalmente Percy salio de Operaciones, y pasó por Ingenieria de Sistemas y Ventas, creando siempre los anticuerpos en ese estilo suyo tan propio, pero con resultados extraordinarios.

Por ese entonces, lo mandaron a USA a estudiar un lenguaje de Base de Datos, llamado SQL. El curso duraba una semana y era el primer viaje de Percy.

Pasó una semana y Percy no regresó. Paso otra y nada, Finalmente pudimos averiguar que corrigió tantas veces al profesor, que a éste lo mandaron a la casa y Percy se quedó 3 semanas mas para dictar él mismo el curso.

No sé cómo nacen los afectos. Pero entre Percy y yo nació un afecto muy grande, que se convirtió en una inseparable amistad, que ni los años ni los conflictos que sufrimos pudieron disminuir. La distancia, que destruye amores a mansalva y sin contemplaciones, parece hacer lo contrario en cuanto a cariño. Ese fue nuestro caso. Las pocas veces que nos vimos desde que salí del Perú, eran como si nos hubiéramos visto ayer. Lo que no logro explicarme es que yo sé que con el tiempo, las personas cambian. Unos se vuelven mejores, otros peores, algo así como el vino y la cerveza; la vida nos engríe y después nos golpea y esa montaña rusa tiene sus altos y sus bajos. Nos volvemos más viejos, no necesariamente más sabios, y somos, en definitiva, diferentes. Me ha pasado con otras personas, descubriendo dolorosamente que a veces no hay nada de que hablar y los recuerdos en común se han olvidado o desdibujado en el tiempo.

Con otros, con los amigos de toda la vida, es como si los hubiéramos visto hace un rato. Las mismas alegrías, las mismas jodas, las mismas tristezas y el mismo interés por el otro. Eso hace toda la diferencia.

Con Percy trabajamos juntos en otra compañía a la que el me llevó, donde sufrimos grandes emociones, de las buenas y de las malas. Nos distanciamos, nos acercamos, peleamos, discutimos, conversamos, abrimos nuestras almas y mentes y compartimos momentos muy difíciles.

Pero recuerdo que tuve que implantar una censura en sus cartas a clientes y proveedores. Eran tiempos en que el correo electrónico se circunscribía a algunas empresas grandes, y el Internet estaba recién empezando. Era normal y aceptable el escribir cartas para llamar la atención sobre un problema en el cliente o la cobranza con algún proveedor.

Percy solía utilizar en sus cartas términos como “Es completamente inaceptable…”, ”Absolutamente equivocado…”,  “Totalmente falso…” y perlas por el estilo. Tuve que explicarle que había que decir “No estoy de acuerdo…”, “No se ajusta a la realidad…” y “No es exacto…”, porque cuando uno leía sus cartas, tenía la impresión que estaba gritando. 

Pero aprendió. Porque Percy aprendía todo, siempre tenía mil cosas en la cabeza y trataba de encargarse de todas al mismo tiempo.

Después, cada uno por su lado, tuvimos oportunidad de trabajar cada uno en su compañía, y el me ayudó a mi mucho mas que yo a él. Percy regresó a IBM y yo me vine a USA.
Y dejamos de vernos por muchos años De vez en cuando un correo, o una llamada, pero muy poco en realidad.

Siempre he escuchado cuando hablan de alguien valeroso, decir frases como “No conoce el miedo” o “No tiene miedo de nada”. En mi opinión, aquellos no son valientes, sino mas bien sufren algún tipo de limitación, que raya en la debilidad mental o la escasez de luces. Valiente es aquel que conociendo el miedo perfectamente, logra actuar y hacer a pesar de él.

La frase favorita de Percy era “Me cago de miedo”. Y yo le creía y le creo. Pero eso nunca fue obstáculo para enfrentarse a lo que se le pusiera delante, cuando muchas veces yo, prudentemente, me ponía de lado.

Mi amigo Percy tiene cáncer. Y del malo. Del agresivo. Y el sí es valiente. Fue diagnosticado hace 4 años con cáncer al colon en etapa IV, y le dieron 6 meses de vida. Esos 6 meses pronto se convirtieron en un año, luego en dos, en tres y en cuatro. Ya vamos por el quinto. Estuve con él en el MD Anderson Hospital cuando le diagnosticaron el cáncer al hígado, cuando lo operaron y lo cerraron casi sin tocarlo, y cuando lo radiaron después por casi dos meses.

Dicho sea de paso, en la operación, le pusieron una cánula en la médula con un switch para que se auto inyectara morfina por el dolor post operatorio. Se la pusieron mal, y cada día llegaba el “Pain Team” a ver como seguía. El insistía en que se la sacaran, porque terco como la mula que es, no lo usó ni una vez, y el dolor que más le molestaba era el de la bendita cánula. Finalmente aceptaron.  Otra vez, Percy tenía razón.

Le contagiaron también el estafilococo dorado en la sala de operaciones, y el corte que le hicieron, que era mas como uno de esos cierres relámpagos para abrir y cerrar una mochila, se infectó tremendamente.

Lo vi cuando comía y su cuerpo rechazaba todo alimento. Una hora después, y con una fuerza de voluntad a prueba  de gladiadores, volvía a comer, y así durante el día. Lo vi cuando tenia sus noches negras y sus despertares grandiosos, con esa actitud de pónganme lo que sea al frente, que tantos que lo conocen han podido disfrutar o sufrir, de acuerdo a su humor.

Al poco tiempo, Percy tuvo que ser operado por un tumor al cerebro. Sin embargo, celebró el año nuevo, celebró sus 50 años a lo grande, tuvo otra operación mas, y sigue metido en mil cosas, en la directiva del Regatas, en sus planes para llevar educación por Internet a todo el Perú, preocupándose no solo de su mujer y sus hijos, sino de sus hermanos, de su papá y su mamá, y hasta de los amigos. Me ha buscado trabajo varias veces, a mí y a otros.

Por lo que sé, su médico le ha dicho que ahora están en “uncharted territory”, es decir, contra todos los pronósticos, otra vez Percy ha llegado a donde nadie lo esperaba. Sigue adelante, con ciertas limitaciones, pero ahí está, dando la lucha. Ciertamente pienso que el cáncer no sabe con quien se ha metido.

Eso no quita que siga siendo el mismo metiche, insolente, terco generador de crisis que ha sido siempre. Pero aquellos que han podido leer sus comentarios en Facebook, y toda la gente que lo rodea, ha aprendido no solo a admirarlo, sino a respetarlo y sobre todo a quererlo.

Mi amigo Percy es así. Toda su vida ha sido con la corriente en contra, y para él, las cosas siempre son mas difíciles que para los demás.

Creo que Dios ha querido hacer de él un ejemplo de inspiración para aquellos que se rinden antes de empezar y para aquellos que se cansan de luchar.

Para mí, es una fuente de energía. Verlo y escucharlo, aunque este histérico, o negro como una nube tormentosa, me alimenta y me contagia de esa electricidad que posee, en la que todo lo que le rodea tiene que vibrar y girar a cien por hora.

El único misterio en todo esto, y que no logro explicar, es como y sobre todo porqué lo quiere tanto la gente. Porque Percy es un sabor adquirido, así como el sushi o el ceviche. Hay que paladearlo varias veces para saber todo lo que vale y puede dar.

En cuanto a mí, me considero inmensamente afortunado en tener una relación de hermano con este pingüino al que quiero tanto.

diciembre 09, 2012

La Mujer Maravilla


Mujer Maravilla: 
Superhéroe de “comics” o chistes que posee la belleza de Venus, la sabiduría de Minerva, la fuerza de Hércules, y la velocidad de Mercurio. Sus armas son la tiara, que es un proyectil mortífero, los brazaletes indestructibles que la hacen invulnerable, y el lazo de la verdad que tiene la fuerza de un portaaviones. Técnicamente hablando, es el único personaje indestructible después de Superman.

Superman
A veces miro a mi mujer, y  es así como la veo.

Tengo la certeza que me estoy metiendo en problemas con este relato. En primer lugar porque no creo estar a la altura moral ni gramatical para escribirlo. Y en segundo lugar, porque Marita se va a molestar mucho conmigo.

Pero desde que empecé a escribir como un pasatiempo que siempre quise tener, las historias y sentimientos sin relatar se pasean a su antojo por mi mente. Es un fenómeno nuevo y extraordinariamente curioso. Parece reemplazar a mis preocupaciones obsesivas, por lo que es una especie de catarsis, diría yo. Sin embargo, mantiene la misma compulsividad que ha caracterizado a mis imaginaciones siempre. Y esa compulsión me obliga a escribir esto. 

Lo siento, mi amor.

Marita, mi esposa de casi 33 años, ve con agrado que ocupe mi tiempo de esta manera, con ciertos reparos. Cuando hablo de ella en términos graciosos, le gusta. Cuando describo mi papel de víctima en el matrimonio, como diciendo que soy el empleado de la casa y que de vez en cuando no le reporto a ella sino a los perros, no le gusta, pero bueno, lo deja pasar. Pero odia que hable bien de ella. En serio. Simplemente no lo tolera. ¡Con lo que a mi me gusta que hablen bien de mí! Pero esa es una más de las razones que me hacen quererla tanto.

Venus
No quiero parecer cursi, aunque lo soy, así que no pienso hablar de cómo me enamoré ni de las pocas cosas románticas que me salieron bien con ella. Mi torpeza y muchas veces mi falta de tino son las culpables. Baste decir que para mí sí fue un amor a primera vista. La vi y supe que era ella, y con el tiempo nos casamos.


El matrimonio no es fácil para nadie. Tampoco lo fue para nosotros. Uno se enamora de un ideal, de una imagen, de gestos y actitudes que nos parecen maravillosos. Pero la diferencia entre la ilusión y el amor es la misma que hay entre aprender a jugar fútbol por correspondencia o con un equipo en una cancha. Todo se ve maravilloso, hasta los defectos lucen encantadores. Pero la primera patada en la canilla nos regresa dura e instantáneamente a la realidad.

 Y nosotros nos hemos dado incontables patadas en las canillas, el hígado, la cabeza y otras partes. No creo que haya muchas parejas en una relación duradera en que el deseo recíproco de asesinar al cónyuge no fuera  considerado más de una vez. Como escuché decir alguna vez, hay gente que no lo ha hecho porque ha visto CSI.

Pero la adoro. Me he preguntado muchas veces, y así se lo he hecho saber, porqué la quiero y no lo sé, pero la quiero. No es un elogio, por el contrario, esta frase suele cruzar mi cabeza en momentos como cuando uno está de compras un domingo a las 4 de la tarde en vez de estar en la cama viendo televisión. Dicho sea de paso, ir de compras no me gusta ni me gustará jamás.

Siempre he oído decir que los polos opuestos se atraen. Pero también he oído que la afinidad entre ambos es importante. Es decir, algunos justifican el éxito de una relación cuando tienen intereses, gustos y aficiones totalmente opuestos, mientras que otros sostienen exactamente lo contrario.
Minerva

Yo no lo sé. Y creo que no quiero saberlo tampoco. Sólo sé que después de todo este tiempo, la miro y me parece aún más bella que cuando la conocí.

Si hay dos personas diferentes en el mundo, somos Marita y yo. Ajustarnos a vivir juntos cuando recién nos casamos fue muy difícil. Alquilamos un departamento de 50 metros cuadrados, de un solo ambiente, cocina y baño. Lo pintamos, lo enceramos, lo arreglamos y lo decoramos como pudimos.

Nos compramos un dormitorio con una cama de dos plazas, pero tuvimos que usar mi colchón de plaza y media porque no alcanzó para uno nuevo. Los problemas empezaron con a qué lado quieres dormir, que si la luz de la mesa de noche me molesta, que apaga el televisor, hasta despertarme con Marita dormida botándome de la cama. Terminé en el suelo varias veces. Ella terminó con moretones de patadas y puñetazos que yo le di completamente dormido.

Que yo duermo tarde y ella temprano y ella necesita ocho horas y yo seis, que no tomo desayuno y ella sí, yo llego tarde al trabajo y ella tarde a los matrimonios, y detalles así, no por decenas sino por cientos. Me encanta ver deportes y ella los detesta, juegos de mesa, yo sí y ella no, etc., etc., etc.

Pero si hay dos personas afines en este mundo, somos Marita y yo. Nos encanta salir y viajar a veces sin rumbo y sin planear nada, escuchar música juntos, socializar como pocos, el cine y el teatro, los atardeceres y los animales, conversar de nada y de todo, ayudar a otros, besarnos en la boca y abrazarnos cada vez que nos despertamos, nos despedimos o llegamos. Incluso hoy.

Mercurio
Sin darnos cuenta y al mismo tiempo, nos buscamos las manos cuando caminamos o cuando ella maneja el auto. Cuando salimos juntos, ya no manejo; su angustia y sus advertencias cada 10 segundos fueron demasiado para mí.  Nos gusta mirarnos a los ojos y nos gusta estar en silencio, nos encantan las aceitunas amargas y el champus caliente. Hay miles de cosas que nos gustan a los dos, así como miles que le gustan a sólo uno.

En nuestros primeros años, cuando por los cierres de mes yo trabajaba 18 horas o me amanecía, ella se quedaba sola y sufría. Un día, en un detalle que la describe perfectamente, llegué tarde y la encontré sentada en la mesa con unas ramitas de perejil y culantro en la cabeza. Le pregunté por qué se había puesto eso en la cabeza y me contestó: “Es que hace tanto tiempo que no salimos que me están saliendo hongos en la cabeza”. Sin comentarios. 

En otra ocasión, profundamente dormido a las 3 de la mañana, me despertó bruscamente para decirme: “Adivina con que he soñado”. Es así como debe haber ocurrido más de un crimen.

Un día, caminando por San Isidro, vimos un choque de dos autos. Nos acercamos rápidamente y ambos conductores estaban ilesos y discutiendo sobre quien tenía la culpa. Como nadie resultó herido, me convertí en espectador. Me encanta ver a la gente discutir, argumentar y suelo tomar partido rápidamente, reservándome mi opinión, por supuesto. De repente escucho una tercera voz, que reconocí de inmediato:

-        ¡Usted tiene la culpa! ¿No se da cuenta que venía muy rápido?
-        ¿Yo, señorita? ¡Por favor! 
-        Sí, sí, usted, no se haga el sonso. Todos hemos visto que venía muy rápido 

Todos éramos solamente un señor que se escabulló instantáneamente, Marita y yo. La cosa no terminó bien, ni para el aludido, ni para mí. Llegó la policía, Marita les contó su versión, el otro que discutía y yo que trataba de agarrarla porque se le quería ir encima. En esa época, Marita tenía 18 años y pesaba 43 kilos.

Hércules
Otra vez, saliendo de retroceso de un restaurante, choqué con un auto estacionado. Pensando en cuadrarme para ver el daño, la miré y me dice: “¿Qué esperas? ¡Arranca, arranca!”.  Obedientemente, arranqué a toda velocidad.

Poco a poco, mientras la fantasía daba paso a la realidad, la ilusión intensa daba paso al amor profundo. Tuvimos problemas tremendos. Pensamos incluso en separarnos y divorciarnos. Dolorosas pruebas que tuvimos que pasar, sobre todo ella y que cada vez me hacían no digo quererla, sino hacerla más parte de mí  o quizás hacerme más parte de ella.

Creo que debo explicar algunas cosas. Yo escribí un relato sobre mi madre, la cual perdí cuando yo tenía 11 años. Algún día escribiré un relato sobre mi padre, un hombre extraordinario que murió repentinamente cuando acababa yo de cumplir 19 años. Para este relato, basta decir que consideré que esto era demasiado, y que Dios simplemente había decidido hacer de mí un experimento sobre cómo joderle la vida a uno. En una palabra, yo era el siguiente Job, el personaje de la Biblia al que Dios lo hace pasar innumerables penurias para probar su fe. Solo que mi fe mas bien se arrastraba, en vez de caminar.

Decidí entonces vivir bajo la ley de la selva. Me llené de amargura, rencor y odio, caminando así por la vida, con muy malos resultados por cierto. Seguí además con mis hábitos bohemios y dudosas costumbres, por decir lo menos, adquiridos algunos años antes.

Después  de conocer a Marita y cuando ya estaba loco por ella, empecé a conocer algunas cosas de su vida, pues era muy reservada. Me tomó mucho tiempo saber que su mamá había muerto cuando ella tenía 13 años y su papá menos de dos años después. Y ella era una castañuela que siempre estaba de buen ánimo, dulce como un suspiro y luchadora como ninguna.

Entonces me di cuenta. Era una especie de retrato de Dorian Wilde a la inversa. No podía ser una coincidencia. Aquí había algo más. Me estaba mirando en un espejo mágico viendo lo que pude ser y no fui. Cuando me imagino todo lo que ella tuvo que pasar, me dan escalofríos de culpabilidad.

Respeto mucho las creencias de las personas. Si creen en Dios o no, si creen en el Karma, la reencarnación o la fatalidad. Mi opinión personal es que todos tienen derecho a creer lo que les plazca. Yo he decidió creer en Dios, pero tenía mi versión personal y particular.

Y de improviso, Dios me había puesto en frente a una persona que había sufrido más que yo, reaccionado completamente diferente y me había dicho: “Esta es la mujer que escogí para ti. A ver si te desahuevas de una vez”. ¡Paf, Paf! Un par de cachetadas…

Los Super Héroes
Porque yo no era un santo que digamos. Mas bien todo lo contrario. De personalidad pasivo-agresiva, solía decir sí a todo y después hacia lo que me diera la gana. Para mi padre y mi familia, acostumbrados mas bien al enfrentamiento directo y a la discusión abierta, era muy desconcertante. A mí, que me gusta tomarle el pelo a la gente sin que se dé cuenta y como soy un artista en zafar el cuerpo, la situación me daba cierto placer. Además era engreído, flojo, dejado y muy egoísta. Vamos, una joyita. A mi favor tenía mucha sensibilidad, una inteligencia razonablemente aceptable y un buen corazón que probablemente venía de haber leído tantas novelas de caballería de niño.

Y bueno, aquí estamos. Mi mujer y yo. Pero la idea de este relato no es comparar. Lo que quiero es que de alguna manera, la gente sepa que suerte que tuve.

Definitivamente, yo tengo ciertos problemas mentales. Soy una mezcla de maníaco depresivo con bipolar moderado. Le pongo pasión a todo lo que me interesa hasta que un día me aburro y no lo vuelvo a hacer nunca más. Tengo días negros y mis hermanos dicen que tengo una nube gris propia sobre la cabeza.

Además, sigo siendo ocioso, desordenado e inconsistente. A pesar de entender perfectamente las reglas sociales y tener mucho tacto para tratar a las personas, mi naturaleza me traiciona y soy políticamente incorrecto hasta extremos inaceptables. No me puedo quedar callado, siempre tengo que decir algo irónico, hiriente u ofensivo, aunque sepa que no debo hacerlo por mi propio bienestar. Está en mi naturaleza.

Ella
Soy terriblemente tímido. Vivo siempre con miedo y a veces hasta con terror. De adolescente me era imposible hablar con una chica. Recuerdo que a los 12 años, me enamoré de una chica que iba a la casa de unos amigos que tenían piscina. Mi hermano y yo íbamos también todos los días. Éramos un grupo grande y no había manera de estar solos. Creo que le hablé tres o cuatro veces, pero me ilusioné con ella. Entonces decidí darle un papelito que decía: ¿Quieres ser mi enamorada? Así que escribí la notita en un cuaderno y arranqué la hoja. No contaba con que mi hermano me había estado observando.

Sí, Eduardo, la ladilla. Se dio el trabajo de descifrar las marcas de mi escritura dejadas en la siguiente hoja y se encargó de contárselo a todo el mundo. Imposible entregar  la nota y mis sueños de amor primero se desvanecieron.

La primera vez que hablé en público, las piernas y la voz me temblaban de tal manera que me la tuve que pasar caminando y hablar más fuerte a pedido de la audiencia porque nadie podía escuchar lo que yo decía.

Y ahora, después de 35 años de estar juntos, veo que mi vida tuvo sentido porque me casé con Marita.

Y me gustaría mencionar porqué.

No conozco a nadie que sea capaz de levantar el ánimo de una persona como ella. No solo el mío, sino el de las personas que la rodean. Acá y en Lima, siempre había alguien en la casa o en el teléfono hablando con ella sobre algún problema, y ella dando consejos y animando a la gente siempre. Yo era el cliente con beneficios.

Es incapaz de observar algo incorrecto y no hacer nada. Cuando mi hermana fue internada en una clínica local, con amenaza de aborto de su primera hija, y contra mi opinión, muy lógica por cierto, movió cielo y tierra y la trasladó a otra clínica. Tres días después nació mi preciosa sobrina y ahijada  Brenda.

Cuando hay un problema en su familia, y a pesar de ser la quinta hermana, ella es la que recibe las llamadas y la que consuela a todos. Nunca he visto a nadie consolar a la gente como lo hace ella. A veces simplemente la escucho porque me hace sentir bien hasta a mí. 

Una vez a solas, llora inconsolablemente, porque sufre y yo sufro con ella, pero inmediatamente se recupera y sigue adelante. Aunque a la gente le gusta como escribo, me es imposible consolar a alguien, termino diciendo estupideces y que cuánto lo siento, que pena, todo pasa y punto. Mi esposa no. Tiene, sin duda, un don mágico que cura heridas emocionales.

Con Jenny y Abigail, igual de indomables
Y sin embargo, nunca piensa en ella. Podemos estar a dos golpes y un repique y su hermana o nuestra hija menor tienen algún problema financiero y ella prefiere no comer y ayudar. Por supuesto, yo, sus hijas y su nieta estamos primero. Nos cuida, nos engríe y hace todo por nosotros. Cuando le quiero regalar algo, o sacarla a comer a un buen sitio, me dice que prefiere hacerle un regalo a una de sus hijas, o comprarle algo a la nieta.

Es divertida, imprevisible y graciosa. Escuchar su risa es maravilloso. Los que me conocen saben que hay que tener mucha paciencia conmigo, y que soy un conchudo de marca mayor. Ella tiene toda la paciencia del mundo, y aunque me resondra casi todos los días con razón, se le pasa casi de inmediato. Yo en cambio puedo estar resentido por días, y en mi familia hay resentimientos que duran años. 

¡Y cómo me cuida! Una noche de invierno, estábamos en la cama, ella durmiendo y yo viendo televisión. Estoy pensando en patentar una abrazadera para dormir con el control remoto en la mano. Como sujeto compulsivo que soy, suelo ver a veces hasta 3 programas a la vez. Estábamos abrazados cuando absolutamente dormida, Marita me toca el brazo en el que tengo el control remoto, levanta la frazada y me tapa el brazo completamente. Supongo que para que no me resfríe…

¡Esta mujer me cuida hasta cuando duerme, Dios mío! Hay días en que ella está durmiendo y yo la miro sin despertarla, y pienso ¡cómo pudo casarse conmigo! Y después ¡y encima se ha quedado conmigo todos estos años!  Para luego ¡y definitivamente no es tonta, sino muy inteligente! Entonces, casi como un silogismo, viene la conclusión final: Me quiere como yo la quiero, sin saber por qué me quiere, pero me quiere.

Y somos felices a nuestro modo. Lo de intereses opuestos o afines, no funciona para nosotros. Mi conclusión es que ella me completa y yo la completo a ella. Separados, no somos dos, somos cero. ¡Juntos somos uno solo, pero muy, muy grande!

Por eso, mi héroe cotidiano, la electricidad que enciende mi luz, es mi mujer, Marita 

¡La Mujer Maravilla! 

diciembre 08, 2012

¿Qué Se Siente?


Bueno. Ya tengo una nieta.

Previamente al acontecimiento, le preguntaba a mi hermano y a todos los abuelos que conocía: ¿Cómo es? ¿Qué se siente? Uno nunca quiere estar desprevenido ante algo así.

Abigail - Dos horas de nacida
Todas las respuestas que recibí eran vagas, difusas y en resumen inútiles para prepararme. Decidí buscar en Internet. Pero Internet tiene además del abrumante volumen de información falsa, opiniones sesgadas unas, parcializadas otras, estúpidas la mayoría.

Busqué dentro de mí, tratando de recordar cómo fue cuando tuve a mis hijas. Gracias a Alzheimer, la arteriosclerosis y la edad, los recuerdos no eran claros; eran luminosos, sí, y algunos definitivamente grabados en piedra.

Pero en ellos había una sensación indescriptible de felicidad, orgullo, responsabilidad y temor.

Algo así como - Huy chucha, que bacán, ¿y ahora qué hago? Voy a tener que empezar a ser responsable sí o sí. Ya no hay opción, sino tirar para adelante y cuidar a estos ángeles. ¿Y si les pasa algo? ¿Si resultan ser como yo? ¡Dios Mío, no!

Hice lo mejor que pude. Incluso dejé de tomar. Y otras perlitas más... Pero eso es harina de otro costal. Y las hijas también.

En fin, traté de prepararme de la única manera que sabía: anticipándome a los hechos y construyendo todos los eventos, consecuencias y actos en mi fértil, exagerada e impenitentemente equivocada imaginación.

Y continué viviendo mi vida, cada día añadiendo un poquito más a la ya diseñada y en construcción escena de la nieta.

Mi hija no me quería decir el nombre. Decía que decidiría cuando la viera. Sugerí nombres a diestra y siniestra, sabiendo que después de que ella rechazara Fernanda (precioso nombre), todas mis sugerencias contribuirían por lo menos a que no se llamara como yo no quería.

Mis tres generaciones de mujeres
Un día fuimos a ver sus fotos en el vientre, con unos aparatitos nuevos que construyen la imagen basándose en el sonograma. La enana estaba escondida atrás de algo, y no pudimos verle la cara. Los años me han enseñado a ser civilizadamente impaciente. Es decir, mantener el arroz con mango dentro de uno. Así lo hice.

Hasta ese momento, todo era relativamente correcto. Simplemente era una ocurrencia importante, pero sin riesgo alguno, así que fue fácil. Lo que me sorprendió e hizo tambalear el escenario mental, fue como me afectaba. Estaba sumamente nervioso y externamente impaciente.

Lo primero que se me vino a la cabeza fue obviamente si esto era normal, el no poder verle la cara. Observando el entorno, asumí que era normal. Todavía faltaban casi dos meses, tiempo más que suficiente para terminar de construir el esquema mental y creer que estaba preparado para el acontecimiento. Quedamos en ir la siguiente semana para tomarle sus primeras fotos a la nieta.

Así las cosas, me fui a trabajar el lunes como cualquier lunes, renegando. Al medio día llamé a Marita y me dijo que Mónica no se había sentido bien desde el domingo; yo por supuesto, recién me enteraba y pregunte qué pasa. Marita me dijo que nada, que parecían alergias que se complican con el embarazo. Llamé a las dos de la tarde y me enteré que seguía sintiéndose mal, y que la iban a internar. Bueno, aparentemente y dentro de las circunstancias, todo estaba normal, simplemente una precaución adicional. Llamé a las cinco y Mónica estaba internada y que si seguía mal, le iban a inducir el embarazo. ¿Por una alergia? No, ni hablar. A las siete llegué a la clínica y me dijeron que la bebe ¡debería nacer como a las nueve y media de la noche!

Yo tengo 3 imaginaciones, la Positiva, la Genial y la Aterradora. Los nombres las describen por si solas.
Un hombre feliz

Las imaginaciones van todas a cien por hora tratando de arreglar el escenario mental, excepto la Genial que pide calma para investigar que puede haber pasado. La Genial, además de chiquita, es cojuda de campeonato.

¿Qué puede contribuir el saber el porqué, cuando el hecho está a las puertas de ocurrir? Sin embargo la Positiva que ha venido creciendo un poco últimamente, corre en su ayuda y la conforta con frases como está todo bajo control, la clínica es de lo mejor, el médico es muy bueno, y a Mónica se le ve de muy buen ánimo. Marita está muy tranquila, etc.

Aterradora, que ha venido trabajando compulsivamente, como siempre, ya ha recordado que nuestra vecina Casey nos había dicho que la clínica era muy nueva y que todavía les faltaba coordinar mejor todo, luego se enteró que el doctor no era el que se suponía, y empezó a revisar todas las habitaciones para encontrar problemas. Descubrió un par de enfermeras que en su concepto eran ligeramente fronterizas y no le gustó el aspecto del doctor suplente, que tenía un tufillo al "Indio Fernández", pero más limpio.
El pensamiento guía, que debió haber sido "Hoy nace un nuevo ser humano que es mi nieta", elabora algo mucho más egoísta y prosaico: "¡Voy a ser abuelo, carajo!". Como me levanto, me siento, camino, entro, salgo, verborreo, todo al mismo tiempo, veo que mi presencia empieza a ser vista como un mal necesario, así que decido sentarme y quedarme callado.

¡Eso alimenta el fuego! Quedarme sentado realmente empieza el torbellino interno. Con todo el trajín, el ir y venir de lo que puede salir mal, las imaginaciones no solo no han podido construir un escenario mental, sino que han destruido el que existía. Me quedo contemplando al pensamiento guía mirando un campo similar al de un maizal después de la cosecha. No hay nada que recuperar, y sólo queda, por supuesto, la línea directa.

Ahora el número de Dios es uno de los programados en mi teléfono mental, así que a pesar de todo, hablo con él con frecuencia y le pido que atienda el caso, pues yo soy incapaz.

En su color favorito
Con los años y el esfuerzo, he descubierto también que hay un pequeño balcon en mi mente al que nadie puede entrar. Es chiquito, pero silencioso y relativamente oscuro. Me hace acordar al cuarto oscuro en que nos metían en kindergarten. Era en realidad un closet sin luz. En esa época, la palabra trauma estaba aún fuera del diccionario. La verdad que a mí me gustaba, pero como me portaba bien, me metían muy pocas veces. Otros chicos parecían vivir ahí.

Me quedo así un buen rato, hasta que se llevan a Mónica al quirófano. ¡Mierda, otro tsunami! Aterradora, en franco descontrol cabalga por el maizal como jinete del Apocalipsis. Positiva, que aunque chiquita, es bien macha, se le enfrenta en lucha desigual. Genial está llorando, acurrucadita. ¡No solo no vas a ser abuelo, sino que te vas a quedar sin una hija! ¿Cuántas veces amenazas con profecías que nunca resultan? ¡Ya no jodas y anda acuéstate! Bueno, muchas me han resultado, ¿sí o no? Genial grita con su vocecita: ¡menos del 5 por ciento!...

Pasan como 2 horas virtuales. Miro mi reloj y en tiempo real, son sólo 20 minutos. Marita y yo estamos sentados en la habitación en silencio, cada uno con sus propias angustias. Mi cara me traiciona así que me pongo a jugar con el teléfono y me pongo de costado, para que ella no vea que estoy hecho un hisopo usado.


Quiero salir a fumar, pero no puedo. Tendría que caminar como 10 minutos para llegar a mi auto, porque el hospital, incluida el área de parqueo, es zona de no fumar. Evalúo el riesgo de fumar en el baño aunque sea medio cigarro, pero descarto la idea no por riesgosa sino porque me puedo perder cualquier detalle. Me ha pasado antes.

Las imaginaciones siguen alimentando mis emociones a rienda suelta. El teléfono casi se me cae debido al abundante sudor de mis manos. Siento que el corazón está al borde de saltar a un abismo. ¡Dios Mío, que todo salga bien! ¡Te ofrezco un brazo si es necesario! La Genial me responde: ¿Y qué haría Dios con tu brazo? Tendrías que ofrecerle tu vida, y no estás seguro de adonde irías, arriba o abajo… ¡No importa, te ofrezco mi vida pero que se salven las dos!

Mi mujer siempre ha conservado la ecuanimidad mejor que yo. Está mirando televisión y no se le ve ni siquiera preocupada. Me provoca decirle: ¿Pero no has visto la cara de bruto del médico? ¡Una de las enfermeras es oligofrénica, y tu hija y tu nieta están bajo las manos de esta gente! Por supuesto, no digo nada y sigo sufriendo y aguantando en silencio.

Sus Ojos
Mi cabeza parece vacía. Las imaginaciones están agotadas, y yo con ellas. Solo hay una inmensa angustia, negra, sin fondo. Me retiro a mi cuartito oscuro.

No puedo seguir sentado. Empiezo a caminar de la habitación a la puerta del área de operaciones, ida y vuelta, ida y vuelta.

Recuerdo a mi abuelo, que cuando nos portábamos mal, para calmarse, hacía lo mismo: de la sala al comedor, del comedor a la sala. ¡Pobre viejo, como lo hicimos sufrir! Una vez nos metimos al jardín de una casa vecina, solo por joder, y nos robamos una virgencita que estaba en una gruta.

Mi abuelo, hombre profundamente religioso, nos preguntó: ¿Y esta virgen? – La encontramos en la basura, abuelito – Pudimos ver como se iluminaba su rostro; ¡sus nietos eran de los elegidos! Me imagino que visualizaba Lourdes o Fátima en el Perú. Por varios días se le veía caminar casi en éxtasis, hasta que el fin de semana llegó mi padre de Chimbote y le contó la milagrosa aparición.

El viejo nos miró, no dijo nada y más tarde, cuando el abuelo no estaba presente, se sentó frente a nosotros, los elegidos, y cariñosamente nos preguntó: ¿De dónde mierda se han robado esa virgen, carajo? Ante tal demostración de amor paternal, inmediatamente le dijimos la verdad. No, si el amor abre las puertas de la honestidad y sinceridad. Tuvimos que devolverla, pedir disculpas y permanecer castigados por un mes. El abuelo nos perdonó el castigo al segundo día.

Repentinamente, ruido, pasos, la puerta se abre: “¡Es preciosa! ¡Todo salió bien y pesó casi cuatro libras!”, nos dice la enfermera en inglés.

Ojos y Actitud
Gradualmente, las cosas empiezan a volver a su color natural y el piso vuelve a ser sólido; en la mente escucho a Positiva gritarle “Jódete” a Aterradora y la vida vuelve a ser hermosa. Siempre me pasa lo mismo en situaciones límite: y ahora, ¿Cómo me debo comportar? ¿Qué debo decir? ¿Debo abrazar a mi mujer o gritar a todo pulmón? ¿Qué hago? ¿Qué le digo a mi hija? Cuanto más nervioso me pongo, menos auténtico me siento. Pero ya son años de experiencia, y salgo airoso. Abrazo a mi mujer, la beso, le digo a mi hija que la adoro y concluyo que ya celebraré más adelante. Solo. Soy sincero y emotivo, pero tengo torpeza emocional.

Mis emociones se amontonan en la puerta y salen en desorden al exterior.
Yo sé, porque lo he leído, que las mujeres tienen el Síndrome de Depresión Post Parto. Lo poco que pude entender es que hay un desbalance porque se le da mucha atención al bebe y la madre, que ha sido objeto de atención durante 9 meses se siente desplazada. En resumen, no le preguntes a tu hija sobre la bebe, pregúntale sobre ella, cómo se siente. Así que mi primera pregunta fue:

- ¿Y cómo se llama?
- Abigail…
- ¿Y a quién se parece? - Brutísimo yo, cuando conscientemente sé que todos los bebitos se parecen solo a los otros bebitos. Pero es la torpeza emocional. Felizmente, mi mujer y mis hijas ya me conocen. Me pregunto quién en la familia se ha llamado Abigail o un nombre parecido. Resultado: Cero. Me doy cuenta que no le he preguntado cómo se siente, así que le pregunto
- ¿Y cómo está la bebe?
- Todo bien, papito. Se la han llevado a la incubadora porque es prematura.

Mónica está muy bien, se le ve muy cansada. Después de todo, ha sido cesárea, y el indio Fernández no lo ha hecho mal, pero necesita reposo. Las enfermeras se ven ahora más limpias, más inteligentes y definitivamente más bonitas. Ya se fue la que me dijo que no tocara la computadora que hay en el cuarto. Ahora cuando trato de acercarme, mi mujer y mi hija me gritan.

Asi se siente...
De repente, me doy cuenta que todavía no le he dicho a mi hijita linda cuánto la quiero y cómo se siente. Me acerco una vez más y le pregunto:
- ¿Y sabes cuándo la podemos ver? - Esto es como hablar en otra lengua. Lo que quiero decir no sale y lo que sale no es lo que quiero decir.
- Pregúntale a la enfermera – Le doy un beso, y finalmente logro decirle “Te adoro, hijita linda”

Ahora, a buscar a la enfermera. La encuentro y me dice que podemos incluso entrar a la sala de incubadoras. Bajamos Marita y yo, nos hacen lavarnos los brazos, no las manos, por dos minutos enteros con jabón especial y nos ponen guantes, mandil y cuanto hay antes de dejarnos pasar.

Abigail está terminando de ser lavada y vestida, y es minúscula. Pesa 1 Kilo 750 gramos y está llena de cables pegados al pecho, la cabeza, las piernas. Parece un sapito rosado y tiene ya un chupón que le tapa media cara, al cual agarra con sus dos manitas. Los ojos abiertos como faroles y llena de vida. ¡Me dejan cargarla! ¿Nadie les ha hablado de mi torpeza? Solo veo los ojos de Marita como huevos duros porque ella sí sabe. Se me acerca sospechosamente. Ella cree que no me doy cuenta, pero no digo nada.

Los Cómplices
Tengo en mis brazos a mi nieta. Es más pequeña que mi antebrazo y sin embargo, transmite mucha energía. Es increíble. Ahora si estoy en terreno virgen. Nunca he estado en esta situación. Y ahora, ¿Qué hago? Por primera vez en mucho tiempo, me dejo llevar. Le miro los ojos grandes, hermosos. Tiene el ceño fruncido y se ve que está molesta. ¡Claro, ella tenía que salir dos meses después! Más gordita, más grande, más todo.

Súbitamente, ella me mira y de repente todo se va a la mierda. Las lágrimas se me salen, es una mezcla de felicidad con temor, de inmensidad y eternidad con la fragilidad de esta cosita que tengo enfrente. Estoy absolutamente perdido. Me doy cuenta que ahora quiero vivir hasta que ella sea grande, quiero verla crecer, estudiar, trabajar, tener hijos, quiero ser parte de toda su vida. ¡Qué locura!

Lo más importante de todo esto, es como siempre, el amor. Conforme uno envejece, resulta más difícil acercarse a la gente, y mucho más difícil hacer amigos. La piel está curtida, las cicatrices emocionales han dejado huellas profundas y evitamos acercarnos a otros seres humanos. A esto le llamamos “respeto por nuestra privacidad”. A mí por lo menos, me resulta muy difícil entablar una relación de amistad verdadera a mi edad. No es fácil abrir el corazón a los 60 años.

Y llega esta cosita, me mira a los ojos y todas las barreras, mecanismos de defensa, trucos psicológicos que usamos para proteger nuestros sentimientos y emociones son barridos de un soplo, y estoy dispuesto a darle todo, todo a este sapito rosado…

Ha pasado poco más de un año. El sapito rosado se ha convertido en un pequeño, hermoso e impetuoso tornado. Su abuelo es sin duda, su juguete más grande y hace lo que le da la gana conmigo. Tiene los ojos mas grandes y lindos del mundo y es curiosa, vehemente, impaciente, aventurera y cochina como su abuelo. Conmigo tiene una relación que es a todas luces diferente que con los demás miembros de la familia. Estamos conectados a otro nivel.

Ella y yo
Yo doy gracias a Dios que la veo por lo menos dos veces por semana, y si alguien me pregunta que se siente ser abuelo, como mi prima China me preguntó hace un tiempo, ya tengo una respuesta clara y definitiva: “Es como llegar al cielo”. Esto para los que no son abuelos. Los que ya lo son, saben perfectamente de que estoy hablando.

Ni más ni menos

Contabilidad Boliviana

Cuando entré a trabajar a IBM en Setiembre del 75, estaba absolutamente seguro que habían cometido un mágico error y por algunos meses esperé la malhadada llamada telefónica en la que escucharía la voz de alguien de Personal: ¿Fernando, puedes venir un ratito? Cuando pasaron los 3 meses de ley para tener estabilidad laboral lo primero que pensé con alivio fue: “¡Se olvidaron!” .

Y es que en esos años IBM era a mis ojos la mejor compañía del mundo. Creo que esta idea era compartida por casi todo el mundo, excepto sus competidores, claro está. Eventualmente pasaba por el local de 28 de Julio y Washington, las cortinas abiertas y una sala inmensa llena de máquinas, con luces y cintas magnéticas dando vueltas y pensaba que era una extensión de “Viaje a las Estrellas”. Solo me faltaba ver a alguien con orejas puntiagudas para transportarme por completo. Me quedaba mirando a través de la luna por un buen rato y veía a la gente caminar y mirar las luces, revisar listados impresos, conversar. Para mi todos eran genios.

Recuerdo haber ido a recoger algunos reportes para mi trabajo anterior y entrar al área de administración. Todos con terno y camisa blanca. En eso sale Kichi (legendario operador y gran amigo) de la Sala de Máquinas con el pelo largo y despeinado, chiquito, camisa color mostaza, y descachalandrado, como siempre andaba. Inmediatamente pensé: “este tipo tiene que ser recontra genio” 

Durante los primeros meses cometí todos los errores que se podían cometer. Me equivoqué cada día, varias veces al día, sin fallar uno. Y es que yo no sabía nada de sistemas. La persona a la que yo iba a reemplazar era una persona contratada que tenía que entrenarme. Yo tampoco le enseñaría nada a quien me está quitando el pan de la boca. Aunque terminamos como amigos, casi todo lo que aprendí fue lo que mi conserje Benigno me enseñó. Mi trabajo sonaba muy simple; solo tenía que preparar los lotes de tarjetas, las cintas magnéticas y los manuales necesarios para procesar todos los trabajos internos de sistemas de IBM.

Es decir, la planilla, contabilidad, stock, ventas, servicios, etc. Todo se procesaba en la noche, porque en el día, los dos computadores IBM 360-40, monstruos de la época, con 512K de memoria, estaban asignados a clientes. Recién a las 8 de la noche empezaban a procesar lo mío, y les tomaba hasta las 5 o 6 de la mañana. Un error y había que esperar un día mas para obtener resultados. Los usuarios me ametrallaban por teléfono y a veces solo quería meterme debajo de mi cama. Para mi defensa, añadiré que las cintas daban errores casi siempre, los manuales estaban desactualizados, los operadores se equivocaban, y las máquinas se colgaban tanto o más que una PC con Windows Vista.

Cuando era chico, le pregunté a mi padre si la familia tenía un escudo de armas, y me contestó: Sí, hijo – ¿Y cual es? – Es un burro en campo de pasto sobre dos garrotes cruzados, hijo. En esa época yo leía muchas novelas de caballería, y Carlomagno y Orlando eran algunos de mis ídolos principales, así que sabia algo de heráldica. Campos de gules, flores de lis, sable y plata y así. – Pero papá, eso no existe en la heráldica – Mi padre me dice: Mira, el escudo de los Salmerón es único en el mundo. Simboliza la tozudez y terquedad familiar. Después de conocer a muchos miembros de mi familia paterna, he concluido que mi padre era sabio y digno del escudo familiar, como yo y casi todos mis parientes paternos.

Después de un mes de ver que todos los días había algo que se retrasaba, me salió el burro del alma y decidí quedarme todos los días hasta que todos los procesos hubieran terminado. Aún así, siempre quedaban cosas para el fin de semana, que lo pasaba en la oficina. Recuerdo más de una vez haber entrado a trabajar el viernes en la mañana y salir el domingo en la madrugada para dormir unas horas, ducharme y volver a trabajar. Pero a tercos no nos gana nadie, así que tiré para adelante nomás.

Mantuve ese ritmo más de un año, y me di cuenta en primer lugar, que no era tan bruto como pensaba, en segundo lugar ser terco y trabajar como una mula funciona casi siempre y en tercer lugar, las mentes que encontré en IBM funcionaban en su mayoría de una manera diferente a la mía. Eran inteligencias mas claras, mas ordenadas, mas limpias y mucho mas enfocadas. Mi manera de pensar era mas desordenada, más difusa, bastante más salvaje y mas libre, pero en la mayoría de los casos, y a excepción de unas cuantas mentes absolutamente excepcionales, mi coeficiente intelectual era similar.

Me costó mucho adecuarme a ese estilo. Para tener una idea, cada vez que se iba a hacer un tipo de facturación específico, había que cambiar el número en la columna 72 de la tarjeta perforada. El problema es que la tarjeta tenía perforada desde la columna 1 la frase (textual): “*Se va ha introducir manualmente el numero de factura “. Sinceramente a mi los errores ortográficos me han mortificado mucho siempre. Por alguna razón, los detesto. No los acentos, sino las palabras mal escritas. Entonces corregí la tarjeta para evitar el grosero “ha” y le puse “a”. Increíblemente, el programa donde iba esta tarjeta canceló. Estaba esperando la “h”…

Al final, aprendí, me integré y progresé. Había siempre un orgullo íntimo de ser empleado de IBM. Como dice mi hermano, la camiseta no nos la poníamos, sino la tatuábamos. Hice extraordinarios amigos, que tengo la suerte de conservar hasta ahora, y lo pase en grande. Uno de los aspectos mas agradables de trabajar en IBM era el poder salir a comer a los mejores sitios cuando uno trabajaba hasta tarde. En mi caso todos los días. Pero nada se comparaba a la visita mensual de la gente de Contabilidad de IBM Bolivia.

Ellos venían una vez al mes por 3 o 4 días, para hacer el cierre contable en Lima, ya que no tenían un computador en La Paz. Cada noche salíamos a los mejores restaurantes y regábamos las comidas con extraordinarios Pisco Sours que eran su debilidad. Después de comer y beber abundantemente, regresábamos a la oficina, para corregir las inconsistencias y asegurarnos que el proceso terminara. Una vez terminado, volvíamos a salir, pero para celebrar. Cada mes venia uno, y todos eran muy simpáticos, pero el gerente de Contabilidad, Julito, merece una mención especial. Muy inteligente, con una capacidad pantagruélica para el alcohol, era la versión andina del criollo peruano. Siempre con la frase precisa, el puntillazo o la salida perfecta ante cualquier problema. Nos hicimos grandes amigos, y corrimos mil aventuras, tanto en Lima como en Bolivia.

Si esto era un relajo cada mes, el cierre de año era la locura. En vez de venir uno, venían dos, y se quedaban por más de una semana, pues hacían los ajustes correspondientes a la operación anual. El que solía venir con Julito era Huguito, un personaje sumamente correcto y compuestito, de pelos ondulado y engominado con goma tragacanto... Tenía solo dos debilidades que se complementaban: enamoraba a todas las mujeres y tomaba como beduino sin camello. Cuanto más tomaba, mas enamorador se volvía, y cuanto más miraba a una mujer más tomaba. Este circulo vicioso nos puso en peligro de muerte (sin joda) mas de una vez. Juan Carlos, mi compañero de varios años y gran amigo también, había sido promovido. Juan Carlos no era normal. Su habilidad con sistemas rayaba en la locura, y si estaba concentrado en algo, podía pasar 16 horas solo fumando y tomando café sin moverse de la silla ni para hacer pichi. Cuando yo le preguntaba como resolvía algo, siempre estaba llano a explicarlo.

Aprendí que cuando empezaba diciendo: “Es fácil…”, ya no había esperanzas. Estaba muy por encima de mi capacidad de comprensión. No tomaba ni una cerveza. Hasta que conoció a los bolivianos. Estos lo pusieron al día rapidito. La gente del Centro de Cómputo y Producción éramos en su mayoría jóvenes en la Universidad y muy brillantes, pero nos gustaba la buena vida como al que mas, y esperábamos a los bolivianos con ansias, pues ellos invitaban a todo el que podían a comer y beber. Para este fin de año en particular, yo tenia un nuevo compañero en Producción, Ricardo, de 19 o 20 años que estaba recién aprendiendo todos los detalles de este trabajo. Con el me une una extraordinaria y filial amistad hasta hoy. 

Le advertí que esa noche íbamos a trabajar de amanecida, pues Bolivia ya estaba en la corrida final de ajustes. Durante toda la semana, el había asistido a almuerzos y comidas abundantes y regadas copiosamente en estoico silencio. De que comía, comía, y de que tomaba, más, pero no decía nada. Los bolivianos terminaron sus ajustes y nosotros estábamos esperando para salir a comer.

Ellos habían traído a un paisano, periodista, que habían conocido en el avión y que se alojaba en el mismo hotel. Este señor era bajito, gordito y mientras estuvo en la Sala de Máquinas su cara reflejaba un auténtico asombro. Era evidente que el entorno iba más allá de su concepto de ciencia ficción. Era igualito al actor Nathan Lane, pero medio metro mas bajo.

Saliendo a comer, nos encontramos con Pipo, y otros operadores que ya no recuerdo. Juan Carlos y Ricardo también iban con nosotros. Por supuesto, fueron invitados a comer por Julito, y por supuesto, ellos aceptaron. Por supuesto también, Pipo ofreció su auto para ir. Pipo, otro personaje del Centro de Cómputo, era espléndido. Siempre quería pagar y nunca escatimaba en gastos. Enamorador, entrador, mechador, con carro y plata en el bolsillo, ¿Ya que mas?

Me hacia acordar a mi tío Max, que decía: “Tez sonrosada, nariz aguileña, pelo árabe, ojos verdes, hincha del Municipal… ¿Que mas quieres pues compadre?”. Debo añadir que mi tío Max era simpatiquísimo, pero feo, feo, feo… El único problema es que éramos 9 y Pipo tenía un VW escarabajo. Metimos a Nathan Lane en el huequito de atrás, Juan Carlos y Ricardo que eran flacos de solemnidad con 3 mas en el asiento de atrás, y Julito y yo por ser los mas voluminosos, adelante, con Pipo. Nos dirigimos al Carlín, restaurant que aparte de estupenda comida, preparaba un Pisco Sour extraordinario.

Cuando llegamos, Julito ordena de inmediato una Jarra de Pisco Sour y vasos grandes para todos. El Carlín siempre andaba lleno, así que preparar una mesa para 9 tomaría algún tiempo. Nos sentamos en unos sofás de la entrada a conversar y disfrutar del Pisco Sour. Cuando uno lo pasa bien, el tiempo es absolutamente relativo. Si lo mido en jarras de Pisco Sour, tomamos 4 y media antes de sentarnos en una mesa. Julito pidió la sexta antes de mirar el menú.

Todos estábamos picados, por no decir borrachos, pero en especial Nathan. Nos miraba a todos como quien mira a los Dioses del Olimpo, y solo atinaba a decirle a cada uno: “¡Eres grande!”. Hasta hoy no estoy seguro si se refería al tamaño, porque yo soy bajo, pero le llevaba casi una cabeza. A Pipo, cada vez que se toma unos tragos, le da por cantar rancheras. No tiene mala voz, pero el Carlín, restaurante pequeño, discreto y exclusivo, no es precisamente el mejor sitio para hacerlo. Sobre todo si el resto de guanacos que lo acompañan se pone a cantar con él. Después de “Sigo siendo el rey”, todos notamos que Ricardo, el silencioso, había cantado a todo pulmón. Y cuando digo todos, me refiero a todos en el restaurante.

Honestamente, solo una vez había escuchado a alguien mas desentonado, cuando en el colegio dos hermanos chinos cantaban en misa, pero creo que ellos lo hacían a propósito. En el caso de Ricardo, ponía alma, corazón y vida en destrozar la canción. Con la diplomacia que me caracteriza, inmediatamente exclamé: “¡Hay que cantar una que Ricardo no sepa!” Se dice fácil, pero se sabía todas las canciones. Afortunadamente, vino la comida y la séptima jarra de Pisco Sour y no se cantó más.

Mientras tanto, en una mesa un poco más allá, estaba sentada una mujer muy guapa con su pareja. Empezando por Huguito, luego Pipo y otros sapos, empezaron a hacerle brindis y sonrisitas. Yo le tengo terror a eso porque he visto como puede terminar más de una vez. Pero ella sonreía y bajaba los ojos. Para mi alivio, al poco rato se levantaron para irse, y al pasar al lado nuestro, Pipo le dice al acompañante, “Compadre, no te molestes, pero es que tu pareja es muy guapa”. El tipo voltea y dice: “Porque me voy a molestar, si es mi mamá”. Plop. Después de una jarra más y varias peticiones del maitre para bajar no solo el volumen, sino el tono de la conversación, nos preparamos para volver a trabajar. Esta vez con más dificultad, logramos entrar en el carro de Pipo. El bulto Nathan de cualquier manera, y los demás uno encima del otro.

Tomamos la Avenida Arequipa en medio de gritos y maldiciones de la chusma de atrás. Era una verdadera ensalada de pies y manos. Yo estaba sentado adelante, al medio, y muy cómodo, la verdad. Julito había sacado medio cuerpo por la ventana y enviaba mensajes sonoros de todo calibre a los peatones. En eso Pipo dice, “Hay un huevón que me quiere pasar” Pude ver por el espejo retrovisor que le hacia cambio de luces, y entre los gritos de la chusma, digo “No lo dejes pasar carajo”; Julito también reaccionó y empezó a hacerle pichulitas desde la ventana.

De repente, luces azules y rojas empiezan a parpadear. ¡Mierda, era un patrullero! Obviamente, nos cuadramos porque todos éramos ciudadanos de bien, deseosos de cumplir con la ley. 8 voces gritaban diferentes versiones de “Tranquilos, tranquilos, yo hablo con el tombo”. Solo Nathan miraba las luces de la calle a través de la ventana del VW, en silencio. Se bajan Pipo, Julito, y el resto trata de desatorarse de alguna manera para salir. Ante los ojos atónitos del policía, empieza a contar 1,2,…9 personas en el VW! A Nathan lo tuvieron que sacar y lo colocaron como quien pone un adorno, apoyado en el auto. Con él no era. Seguía sonriendo, mirando la luna. Los otros 8 tratamos de convencer amigablemente al policía. Personalmente, nunca he podido tratar a un borracho, a no ser que yo esté en las mismas condiciones. Son repetitivos, obcecados, y no entienden razones. Le ganamos al policía por cansancio, y dijo “OK, los voy a dejar ir, pero que maneje el que está sano”. ¡Y le dio las llaves a Nathan! 

Nathan mira al policía y le dice: “¡Eres grande!”. Le agradecimos mucho, entre todos colocamos a Nathan en el asiento del chofer, y empezamos a subir al auto. Pipo le agarra el brazo a Nathan y se lo levanta para que les haga adiós, ellos contestaron, y se fueron. Inmediatamente tiraron a Nathan a su hueco, nos acomodamos y llegamos a IBM. Apenas llegamos, Juan Carlos y otros operadores se fueron, porque ellos no tenían que trabajar. En realidad, solo Julito y yo teníamos que trabajar. Los bolivianos no se podían ir y Ricardo estaba ahí para aprender.

Mientras esperábamos que Julito corrigiera, Ricardo, sentado en una esquina, con voz muy seria, me dice: “Voy a pedir mi cambio, Salmerón”. - ¿Qué? – “Voy a pedir mi cambio”. Pensé que se había ofendido por el honesto comentario hecho a su espantosa voz, y le pregunto, “¿Por qué, qué pasa?” Me mira fijamente y me dice “No sé que día es hoy, no sé que hora es, no me acuerdo a que hora llegué a trabajar, ni a que hora llegué a mi casa ayer. Estoy borracho desde el lunes. (Era jueves) Yo no puedo seguir así. No aprendo nada y mas bien me estoy olvidando de lo que sé. Así no se puede trabajar”. Solo me quedó reírme y confiar que estuviera bromeando. Nunca lo supe, porque al siguiente día, no se acordaba de nada.

Los resultados contables de IBM Bolivia ese año fueron excepcionales…