agosto 11, 2012

El gringo Mark

En mis años mozos, viví en una cantidad regular de pensiones. Dado que por circunstancias de la vida, empecé a vivir fuera de casa desde que tenía 14 años, las pensiones resultaban ser una solución perfecta a alguien como yo, desordenado, torpe y completamente inútil en labores domesticas.

En la pensión me limpiaban el cuarto, el baño, me tendían la cama e incluso en algunas me lavaban la ropa. En las que no era así, logre convencer a las dueñas de enviar mi ropa a la lavandería. Solo en una tuve problemas, porque no aceptaban medias ni ropa interior. Finalmente llegue a un acuerdo con una de las empleadas y a partir de ahí, tuve medias limpitas y calzoncillos de un solo color.

En las pensiones suelen vivir muchos provincianos que están estudiando, pero también muchas personas que por una u otra razón, prefieren vivir solos. Gays, neuroticos, e intelectuales en su mayoría. Están también los que no tienen otra alternativa. Solterones, solitarios y algunos personajes definitivamente raros, de diferente pelaje. Recuerdo aun a un estudiante perpetuo, que vivía en una pensión por 17 años, y aun estaba en la Universidad. Un día le pregunte cuales eran sus planes para el futuro y sin contestarme, me dio una mirada como si le hubiera preguntado la solución a la cuadratura del circulo. Ahí quedo.

Otro, ya mayorcito, sin familia conocida, me comento que solo esperaba la muerte. Tenía todo arreglado y estaba convencido cada día que seria el último. Sorprendentemente, lo vivía como si fuera el día siguiente. No hacia nada, no decía nada, y solo esperaba la nada. Sin embargo, gozaba de perfecta salud.

No, si de que los hay, los hay.

Como en el 75, estaba yo en una pensión pequeña, donde vivíamos como huéspedes estables un muchacho huancaíno y su hermana, un escuálido personaje, hijo natural de alguien que le pagaba los gastos de alimentación y hospedaje para acallar su conciencia, un australiano completamente antisocial y silencioso, y siempre había una población flotante. Además estaba el hijo de la dueña, la señora Simito, que tenía más o menos nuestra edad. (la del huancaíno y mía)

Un buen día, llego a la pensión una chica americana, con recomendaciones de alguien que estuvo allí previamente y que venia para realizar un estudio de verano en un pueblo joven. Ignoro la naturaleza del estudio, solo se que eran varios estudiantes y ella la única que se quedo con nosotros. La chica, Sunny, era gordita y no muy bonita, pero era amigable, y causo cierta excitación febril en el huancaíno. No era sorpresa; este pata se excitaba mirando dibujos animados de Minnie y Mickey Mouse. 

La chapa de este muchacho era TifiTifi. Flaco de última, nariz afilada, achinado y la cara parecía pintada por el Greco. Cuando mi amigo Manuco le puso la chapa, no hubo discusión, solo una carcajada en pleno, pues una vez mas, el ingenio daba una descripción exacta de la sensación producida. El padre de TifiTifi era empresario y eso le proveía de un buen auto y de una cuenta de gastos sumamente razonable.

El hijo de la señora Simito se llamaba Lucho y mi amigo el escuálido era Tito, A Tito nadie le puso chapa, porque tenia un problema de retardo mental ligero, lo suficiente para que no nos pudiéramos burlar de el. Baste decir que era mas flaco que TifiTifi, tenia la mirada desviada y un aire permanentemente ausente.

Así las cosas, resulto ser que Sunny era tremendamente amigable con sus compañeros del proyecto. No con uno ni con dos, sino con los cuatro que conocimos. Todas las tardes venia del trabajo de campo con uno y a veces dos de sus compañeritos, subían a su habitación y pasaban un par de horas en lo que todo el mundo asumía era recopilación de notas y apuntes del dichos estudio.
TifiTifi fue el primero en descubrir que los sonidos provenientes del cuarto de Sunny no correspondían necesariamente a conversaciones o lápices escribiendo duramente sobre el papel, pues su habitación era contigua a la de ella. 

Yo me entere cuando lo encontré en el comedor buscando copas y vasos a los que estudiaba con cuidadoso detenimiento. No supo darme una respuesta adecuada y finalmente confeso que estaba buscando un aditamento para pegarlo a la pared y poder escuchar mejor lo que pasaba. Hizo varios experimentos y finalmente concluyo que una lata de leche sin el fondo y sin la tapa era la que realizaba el mejor trabajo.

Debo concluir que así era. Todas las películas en que se ve a la gente con una copa escuchando en la pared han perdido el tiempo. La lata es mejor de lejos.
Mientras TifiTifi trataba en vano de abordar a Sunny, (labor harto difícil ya que no hablaba una puta palabra en ingles) en mi relativamente aceptable ingles, me entere que tenia novio (boyfriend) y que estaban muy enamorados, tanto así que la ultima semana en Lima, su novio vendría de alguna parte de Iowa o Idaho, para pasarlo juntos.
Huelga decir que Sunny no tenía idea que su sonoridad había trascendido las cuatro paredes de su habitación.

Con TifiTifi en estado frustrante y febril, un día se apareció Mark, el novio.
Mark media como 1.85mt y era rubio, rubio, ojos azul pálido y blanco como la leche. Se podían ver sus venas (azules, claro esta) en su frente, y tenia una cara de querubín, con una inocencia y un candor conmovedores. En resumen, se notaba a la legua que era aburridísimo y virgen como el día en que nació.

Mark no fumaba, no tomaba, no usaba drogas, no maldecía y en mi opinión, no se divertía. Estudiaba (que mas?) filosofía y sonreía siempre, sin importar lo que se le preguntara. Era el ser humano más químicamente puro que haya visto en mi vida. Algo así como un hombre destilado.

TifiTifi y el se hicieron amigos casi de inmediato. Probablemente los hermano el compartir la misma carencia de sexo. Yo tenia que actuar de traductor, y me quedo claro que TifiTifi quería corromper al gringo a como diera lugar. Lo invito a comer ceviche con una cervecita. Mark no comía picante ni alcohol.

Lo llevo al Pigalle y al Embassy, Mark sonreía pero seguía sin tomar y sus ojos no demostraban ninguna variación en su estado de ánimo ante los strip tease de señoras que nos doblaban la edad.

Subió a su auto a un par de trabajadoras sociales de la Avenida Arequipa, que lo toquetearon y algo más. Los ojos y la sonrisa seguían igual.

Hubo tantos intentos fallidos que terminaron desarrollando más que una amistad, una afinidad opuesta. Como que se acostumbraron a jugar este juego de intenciones encontradas, y lo tomaban deportivamente. Creo que internamente, ambos sabían que tenían algo en común.

 Finalmente,  ante un TifiTifi de rodillas, Mark acepto salir de juerga con todos y le prometió a TifiTifi que “intentaría” tomarse un vaso de cerveza.

Y llego el gran día. Se apuntaron para esta aventura, Lucho, Tito, Mark, TifiTifi y yo.
Fui nombrado guía de la expedición turística por unanimidad, gesto que agradecí muy formalmente, y me propuse hacer un itinerario en el que la oportunidad de que Mark tomara un trago estuviera siempre presente.
Llegamos primero al Sagitario, un barcito simpaticon en la avenida del Country, casi frente a El Dorado. Lugar discreto y en el que podíamos hacer bulla a las 7:00 de la noche y ejercer presión, incluso física, contra Mark. El dueño era amigo y sabia del fin de la “expedición”. Le ofrecimos todo tipo de cocteles, subrepticiamente mezclamos su Coca-Cola con licor. Intentamos recurrir al razonamiento, a la suplica, a la amenaza. Todo fue inútil.  El único resultado fue que Mark decidió tomar agua de ahí en adelante.

Fuimos luego a la pena Poggi en Barranco, donde tenía yo una especie de relación “artística” con Gino y Ricardo, los hijos de Don Mario Poggi. Ellos tocaban guitarra y cajón y yo que me sabía todas las letras, cantaba, pero completamente fuera de nota. Lo importante es que alguien en el público cantara para animar la cosa.

Lo estábamos pasando en grande. Les dije a los Poggi que no le dieran agua (ni siquiera de caño) al gringo y que sirvieran abundante cancha, con mucha, mucha sal.

Estoicamente, mientras nosotros consumíamos cerveza a velocidad superior al promedio, Mark ni se mojo los labios con cerveza. Al final, nos dimos por vencidos, y nos retiramos, aceptando nuestra derrota.

Antes de regresar a la pensión, fuimos al San Carlos, restaurante en la cuadra cuatro de la Avenida Grau, donde servían una parihuela, que es una sopa de pescado y mariscos levanta muertos para poder cortar un poco la tranca que llevábamos. En calidad de bulto iba Lucho, Tito decía cosas sin sentido, lo cual no era ninguna sorpresa, y Mark estaba francamente feliz. Aparentemente, su autoestima había aumentado por encima de la boca reseca y casi cuarteada.

Llegamos al San Carlos, pedimos cinco parihuelas,  y cuatro cervezas. Aunque derrotados, seguíamos firmes en la “ley seca”. Trajeron las humeantes y olorosas sopas, de un color naranja oscuro amenazador, limón y rocoto picadito por separado para darle ese empujón adicional que pateaba el cerebro.

El gringo probó la parihuela, y le encanto. Le puso un poco de limón y rocoto, y se sentía tan criollo como si fuera de abajo el puente.

Todo iba bien hasta que en eso, escucho un grito espantoso y veo que Mark se tira un vaso de cerveza al ojo!

Tito, que no se daba cuenta de nada, exclama: Que mala puntería!
El gringo dio tres saltos por encima de mesas y parroquianos para llegar al baño.

Para aquellos que no conocen el San Carlos, que no es precisamente un Cinco estrellas, bastara decir que casi todos los comensales están borrachos o mas, y que el baño es un cuarto de 1 metro de ancho con una pared que llega un poco mas encima de la cintura.  Es decir cuando uno orina, puede observar a todo el mundo, y todo el mundo sabe lo que uno esta haciendo, pero decorosamente, la parte inferior del cuerpo esta tapada por la pared.

A la entrada esta el lavatorio mas pequeño del mundo, con un caño oxidado y la loza cuarteada, renegrida, con un fondo blanco sucio. Hacia ahí se dirigió Mark, y creo que era el único en todo el restaurant que no sabia que el caño no funcionaba hace mas de diez años por lo menos!

TifiTifi y yo sabíamos que el problema habia sido que se echo el rocoto picadito en la parihuela con la mano, y después inconscientemente se habia frotado el ojo. Sucede con frecuencia, en particular en personas que no comen picante regularmente.

Una vez mas, Mark decidió saltar sobre las mesas y sillas para llegar a la barra y pedir agua. El que ha estado en el San Carlos, sabe que hacer esto es como caminar sobre un campo minado. Aparentemente, gente que ha estado tomado unos tragos y consume pacíficamente una parihuelita, no entiende el dolor que puede causar un rocoto en el ojo y no les gusta que salten por encima de ellos o que un zapato gigante pise su sopita.

TifiTifi lo saco fuera y yo conseguí una botella de agua para lavarle el ojo, mientras Tito y Lucho seguían tomando su sopa tranquilamente. Hubieron hasta dos tipos que nos persiguieron como una cuadra, paro al final la sangre no llego al rio. Poco a poco se calmo y el dolor dio rienda suelta a las lágrimas.
Pasamos a recoger a Lucho y Tito, que ya habian terminado y seguían sentados en la mesa esperando que alguien pagara su cuenta.

Subimos todos nuevamente al auto y llegamos a la pension. El gringo habia terminado de llorar y con el llanto, habia tambien desaparecido cualquier demostración de afecto o aceptación de su parte. Ingrato!

Dos días después, se fueron, Sunny y el, sin despedirse ni nada.

Me pregunto que habra sido de su vida, casi cuarenta años después…

agosto 07, 2012

Epopeya Cañetana I

El otro  ía  conversando con  mi amigo Armando  (aka Chilalo), vinieron a  la memoria algunos etílicos recuerdos post-colegio, de los que fuimos entusiastas y asiduos protagonistas.

Se que mis amigos Miguel (Pocho), y Guillermo (Abuelo), se acordaran del whisky boliviano marca “Bellows”, con el que chupábamos cuando se podía. Era caro, casi 100 soles o alrededor de 2 dólares y pico!
Si no, también estaba el  “Coñac Gran Marsella – 3 estrellas” . Este lo vendían en San Eugenio como a  30 soles cuando el dólar estaba a 45 soles.
También estaba el “conejito” que era un liquido lechoso. Tomaba ese color al mezclar anisado con agua, Ojo que digo anisado, y no anís.
Porque hay una gran diferencia. (Como de 300 soles en esa época). Es un milagro que nos hayan quedado neuronas utilizables…  
Ya se imaginan la resaca… Y hablando de resacas;

Armando me pidió que recordara aquella vez en Cañete cuando él, Pocho y yo, fuimos a visitar a Lauri, la hermana de Miguel. En realidad íbamos a ver a su cuñado Lucho, medico que opinaba que el alcohol puede curar la mayoría de las enfermedades o por lo menos que uno se olvide que las tiene.

Bueno, el asunto fue que llegamos a media mañana y Lucho empezó a servir pisco puro en jarrita, pero a velocidad de cerveza. No crean que era un vasito, y salud y conversar!
Noooo, Lucho no entraba en huevadas, a cada uno su vaso grande y atento a llenarlo apenas bajaba el nivel aunque fuera un par de micras. Que bestia!

Esto era para darnos la bienvenida y calentar el cuerpo mientras esperábamos que empezara una “chuscada” en la casa del vecino. Una “chuscada” es una pelea de gallos sin navaja y solo a ver quien pega mas fuerte, es decir, no hay muertos entre los gallos, mas no así entre los asistentes, porque la consigna parece ser chupar hasta morir. 

Después de los primeros topetazos, cervecitas, vinos de chacra y un pisco rose del cual 40 años después todavía recuerdo con escalofríos el olor,  calculo que estuve como una media hora mas entre Pisco y Nazca, y como siempre, fui el primero en doblar el pico y terminar durmiendo en el muro limítrofe entre la casa del vecino y la de Laura.  Aun era de día, pero ya tardecito, como 6:30 mas o menos.
Yo siempre tuve el gaznate amplio…

Finalmente las almas caritativas de Laura (y alguien mas, pero no me acuerdo quien) me tiraron a un colchón.  Entre los vapores y brumas recuerdo algunos “slides” mentales, uno de los cuales es el dolor de cabeza mas grande que haya tenido en mi vida!

Y eso que yo me he caído de un segundo piso, me he volteado en auto, me he chocado de frente, y de costado, caí también a una piscina sin agua  (sobrio)... amen de otras peripecias en las cuales mi torpeza y mi inconsciencia jugaron papeles preponderantes. La verdad, pensé que me moría. 

Felizmente, me tome todos los Darvon del botiquín y eso aminoro un poco la oleada de sufrimiento.  Por alguna misteriosa razón, me vino a la memoria nuestro compañero de colegio Roger, quien sabe por sus “Heraldos Negros” que me los aprendí de memoria debido a que los recitaba cada puta vez que había algún evento en el colegio. Eso y el chino Chen con su violín…
Esa parte que dice:

“golpes como el odio de Dios,
como si la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma, yo no se…”

Palabra clave: resaca. Por lo menos puedo decir que sufrí igualito que Cesar Vallejo esa noche.

Después de mi, cayo Armando, y como a la media noche, cuando yo me despertaba, cayo Pocho. No crean que es ningún merito porque la verdad es que Pocho era un artista para amarrar trago. Como a las 3 de la mañana se despertó Armando con el consiguiente dolor mitral. Lo malo es que ya no habían ni Mejoralitos, y para colmo no había agua!

Mientras tanto Don Pocho estaba tirado en el piso usando el  colchón de almohada.
La casa de Laura quedaba frente al hospital de Cañete, así que fuimos a pedirles agua: Nos mandaron a la mierda, a lo cual respondimos educadamente con unos cuantos jijuna gramputas y conchetumadres, como corresponde a dos borrachos que se respeten. Finalmente descubrimos un caño en el jardín y poco falto para que nos bañáramos en un lodazal de barro y geranios destrozados. Que delicia!

Bueno, ya mas calmados regresamos a la casa, dimos una vuelta (en el carro de Miguel, por supuesto) por todas las haciendas y fundos contiguos y solo la debilidad de cuerpo impidió que llenáramos el auto con costales de algodón cosechado. Bueno eso y que el algodón no se toma ni se come.  Querido Miguel, me acabo de dar cuenta que nunca supiste que nos habíamos robado tu carro, pero tranquilo, que el que manejaba era Armando, que solo se choca de costado…
Nos sentamos como quien dice a esperar el amanecer, en el cual el arcángel San Miguel se despertaría, para verle la carita cuando le doliera la cabeza.

Nuestra paciencia tuvo sus frutos:

Ha quedado grabado en mi memoria el rictus dantesco de Miguelito cuando se despertó y vio a dos cojudos delante de el cagándose de risa, mientras que a el se le caían trozos de cráneo! Les juro que le tomo como 5 minutos salir del estado semi-comatoso en que se encontraba y darse cuenta de lo que estaba pasando.  

Eso es lo que yo llamo un recuerdo “Mastercard”: Priceless !!!

agosto 04, 2012

Como volar en avión sin tren de aterrizaje



Veníamos de Tacna. Marzo de 1969. Habíamos hecho un viaje en auto desde Trujillo. Toda la familia, mi padre, mi madrastra, mis hermanos Eduardo, Patty y Carlos. Incluso la empleada. Tomamos un avión LANSA (uno de esos turbo hélice, que terminaron cayéndose todos). El vuelo era con destino a Lima, con escala en Arequipa. Una vez que llegamos a Arequipa y anunciaron que íbamos a descender, sentí el sonido del tren de aterrizaje, pero no vi bajar las ruedas. La pregunté a mi padre si a su lado bajaban las ruedas, y me dijo que sí. 

Todas mis alarmas mentales se activaron y la adrenalina tomó control en ese momento. Después de hacer unas cuantas bajadas y subidas bruscas con el avión, el piloto, con mucha calma, anunció que habían decidido seguir vuelo a Lima por un ligero desperfecto mecánico. En ese momento pensé que hay que ser bien cojudo para creer que esto es un ligero desperfecto mecánico, pero más cojudo es pensar que la gente se va a tragar ese cuento.

En fin, seguimos viaje a Lima. El avión parecía un sapo enorme, dando saltos cada 5 minutos, para ver si salían las ruedas, pero nada. Fueron más o menos 50 minutos, en los que pensaba que era muy joven para morir, que no era justo. A esa edad, todavía creía que la vida era justa (hablando de cojudos...).
Cuando llegamos a Lima, el piloto anunció que para eliminar el exceso de gasolina, daríamos unas cuantas vueltas sobre Lima. Nunca dijo por qué había que eliminar el exceso de gasolina, pero me imaginé que todos entendíamos que era para evitar morir como chorizos en parrilla.

Solo recuerdo ver desde arriba el Callao, después el Regatas, el cerro San Cosme y de nuevo el Callao, Regatas, etc. por más de una hora.

En ese momento, mi cabeza iba a más de mil por hora. Por encima de todo, como pensamiento guía -soy muy joven para morir- iluminando el tortuoso sendero...

Más abajo estaban todas las cosas que hubiera querido hacer: ser millonario, médico, viajar por todo el mundo, el yate de Onassis, los tronchitos de colombiana, Natalie Wood, en fin, todo junto. Al costado, un teléfono con línea directa a Dios, preocupado que no me atienda, porque hacía tiempo que no lo llamaba.

Me sentía como en una playa solitaria y agreste, con un mar embravecido y amenazando con un tsunami que barriera todo. Este mar mental, ahora completamente irracional, era un sentimiento de impaciencia que decía ¡a la mierda con todo, si nos vamos a matar, que así sea, pero que sea Ahora!



En el siguiente nivel, jugando un papel absolutamente crucial, estaba lo que yo llamo mi aterradora imaginación. Es la que se encarga de elaborar los "Y si..." Tiene como compañeras a mi genial imaginación, muy chiquita y a mi positiva imaginación, mas chica todavía, casi embrionaria.



La genial estaba pensando, ¿y si nos tiramos al mar? Aunque sea sin paracaídas, si el piloto vuela bajito, hay una buena chance de salvarse. Por lo menos yo...

Después se puso a desvariar, pensando en diferentes modos de construir aviones y dispositivos de prevención para evitar cosas como estas. Terminó medio loca por ahí, sin que nadie la escuchara.

La positiva recibió un increíble refuerzo del capitán, que salió de la cabina, saludó a todos, y cuando regresaba, como que recién se acuerda, se dio vuelta y dijo 

- Ah, por si acaso, esta no es una operación de rutina evidentemente, pero no reviste mayor peligro, ¡así que no se preocupen! 

¡Claro! ¡Ahí está! ¡Acá estaba el hombre en control, que sabía lo que estaba haciendo, así que mandé a la aterradora a acostarse, a dormir de nuevo!

La aterradora, que no ha estado durmiendo, (la verdad, nunca me ha hecho caso), se ha dado cuenta que somos 13 pasajeros, y que nuestra familia estaba en la fila 13 del avión. Pero ante el refuerzo del capitán, andaba como medio noqueada, hasta que decidió hacerme voltear la cabeza, para mirar a los otros pasajeros. 

Vi primero a un gringo, que a esas alturas, ya estaba borracho perdido, y todo le llegaba al huevo. Luego una viejita de unos 70 años, que parecía estar en su primer (y último) viaje en avión. No se daba cuenta de nada. Me miró y sonrió con esa sonrisa de gente mayor, que solo transmite un "soy inofensiva".

En la última fila encontré lo que buscaba: las dos aeromozas sentadas, una llorando a moco tendido y la otra rezando con un rosario. ¡Lo sabía - El capitán es un pendejo que ya nos metió el dedo una vez con el ligero desperfecto mecánico! ¡Y tú, positiva, volviendo a atracar, no seas cojuda!
Gracias a Dios, todo esto ocurría dentro de mí y no fuera.

Finalmente, nos preparamos a aterrizar. Las aeromozas, haciendo de tripas corazón, estaban dándonos las instrucciones a seguir. Todos debíamos poner la cabeza entre nuestras rodillas, quitarnos los anteojos, y las mujeres, los zapatos de taco. Nos enseñaron las salidas de emergencia, y nos colocaron en la posición que visualicé iba a ser en la que encuentren mi cuerpo achicharrado. 

Empezó un descenso que parecía interminable. No podía más. Si me iba a morir ahí, quería saber lo que estaba pasando. Me puse los anteojos y me levanté para mirar por la ventanilla. Estábamos como a metro y medio del piso. Me volví a agachar. De nuevo no aguantaba más. Volví a mirar por la ventanilla y vi el piso casi a mi nivel. Me agache otra vez y en ese momento el avión tocó el suelo y empezó a vibrar ensordecedoramente. Volví a levantarme. Por la ventanilla solo podía ver humo blanco y la vibración no cesaba. Noté que ya íbamos un poco más despacio, no mucho, pero finalmente la velocidad disminuyó notoriamente. 
De pronto, el avión hizo un giro violento como de 90 grados y se detuvo. Hemos aterrizado y salimos entre aplausos de ambulancias, bomberos, patrulleros, y ayayeros. 

Yo salí cargando a mi hermano Carlos de 2 años y mi hermano Eduardo con Patty de 6. Las puertas de emergencia eran simplemente puertas. No hay escalerita, ni tobogán. Hubo que saltar su metro y medio por lo menos.

Una vez fuera, el pensamiento guía ha desaparecido, y pude darme el lujo de ayudar a mi madrastra y a una aeromoza a caminar sin zapatos para llegar a una Kombi. Fuera de las pistas el aeropuerto tenía muchas piedras filosas. 

Después me enteré que la viejita tiene una ligera contusión porque la empleada la empujó por la puerta para que se apurara.

No pude evitar pensar por que no usaban las flamantes ambulancias que estaban al costado. Las dos mujeres sufrían de una real crisis de nervios. En la Kombi les dieron algún tranquilizante, que una hora después aún las tenía estupidizadas.

Ya a las 3 de la tarde, el viejo ha decidido hacer el viaje de Lima a Trujillo en auto. Con la empleada y el chofer éramos 6 grandes y dos chicos. Un poco incómodos.

Me pregunté porque no enviaría a la empleada y al chofer en avión.

Me tomó muchos años superar el temor a los aviones. Lo interesante del caso es que un día, años atrás, conversando con mi hermano, el me comentó que gracias a ese accidente, sabía que nunca se iba a matar en un avión, porque la probabilidad era infinitesimal. Yo, por el contrario, fatalista, pensaba que era mi karma. Hoy, la verdad, ya no me importa en absoluto.


Un mes después mi padre invitó al Capitán Forno, comandante del avión, a una parrillada en la casa. Lo pasaron en grande. Tres meses después, murió en el accidente de Lansa en la selva peruana, que tuvo una única sobreviviente, Giuliana Koepcke.