diciembre 17, 2012

Mi Amigo Percy



Yo tengo un amigo que se llama Percy y al cual conozco hace más de 30 años. Es sin duda uno de esos amigos para toda la vida, y nuestra relación es prácticamente de hermanos. Lo conocí cuando entró de operador de computador a IBM y yo trabajaba en el área de producción. Las circunstancias de su ingreso fueron curiosas. Los otros tres muchachos que ingresaron eran hijos de empleados. Uno de los operadores, Dicky, decidió adoptarlo, porque se le conocía como el hijo de nadie.

Para ser sinceros, nadie daba medio por él. Bajito, gordito, con un aire de pingüinito rubio, y con una inteligencia social cercana a cero. Lograba exasperar hasta a un muchacho llamado Pepe, que era consagrado de una orden religiosa laica. Era intolerable. Además andaba siempre desaliñado y parecía haberse robado las corbatas que su viejo había dado de baja.

Empezaron a circular apuestas sobre si pasaba el mes sin que lo boten. Algunos le daban dos semanas. En ningún caso, pasaría los 3 meses de ley, según los más conservadores.

Esta era la época en que el Centro de Cómputo de IBM empezaba a ser el semillero del que IBM nutrió muchos de sus cuadros gerenciales y técnicos. Siempre había alrededor de 15 o 16 jóvenes, cada uno más brillante que el otro, pero con personalidades de todos los sabores. 

Varios de ellos llegaron a Gerentes Generales, no solo en el Perú, sino en otros países y regiones, e incluso a niveles más altos. La realidad es que los peruanos de IBM son considerados muy por encima de la mayoría de países del mundo, incluyendo Europa, Asia y Norteamérica. Perdón, me olvide de África y Oceanía…

Pero Percy era especial. Ante propios y extraños, logró permanecer en IBM. Nadie ganó la apuesta porque ni uno de nosotros había pensado que iba a durar. Pingui seguía creando antipatías y generando conflictos. Pero había que admitir que bruto no era. Insoportable sí
.
Después de tantos años, todavía me sigo preguntando como fue que pudimos hacernos tan amigos. Es la única persona a la que le he querido pegar en estado sobrio en los últimos 40 años.

Fue en la sala de máquinas, y Percy estaba en su estado anímico normal, tenso, histérico y de mal humor. Recuerdo haberle hecho una broma ligeramente irónica y el agarró un manual de IBM, que era especialista en hacerlos densos, grandes, gruesos y pesados ¡y me lo tiró violentamente a la cara! Me le fui encima, totalmente fuera de control y a duras penas, César y Dusan lograron contenerme. Cesitar me decía, “¡Gordo piensa en tu futuro, no la cagues!” y Dusan, mas práctico y filosófico, sólo dijo “¡Ya olvídate, no le hagas caso a este enano!”

Me llevaron prácticamente cargado hasta mi oficina y tuvieron el buen tino de quedarse conmigo un buen rato hasta que la adrenalina bajó a niveles normales y volví a ser el mismo gordito simpático y bonachón que todos conocían.

Por esos días, dos personas trabajaban en Producción, y los demás en Operaciones. Ricardo y yo éramos Producción, pero alguien vino con la idea de trocar puestos, es decir, alguien de operaciones pasaría por Producción cada mes y Ricardo y yo haríamos lo mismo en Operaciones. No es necesario adivinar que el primero en ir a Producción conmigo fue Percy, creo que por votación unánime.

Todo el Centro de Cómputo, incluida Producción era área restringida, pero al poco tiempo se creó una línea imaginaria que él y solo él no podía cruzar.  Sin embargo, y sin sorpresa para nadie, la cruzaba todos los días. Todos los días lo hacían regresar pero el insistía.

Esta era una cualidad de Percy que hacía que al final siempre lograra lo que se proponía. Era incansable, insistente, perseverante y tenaz hasta el extremo. Terminaba ganando por cansancio cuando no era por alguna salida brillante que ponía el caso o el asunto en discusión en un nivel diferente y desde una óptica inesperada. En ese momento, y como maestro en el manejo de crisis, se empleaba a fondo y todo el mundo reconocía que era una solución muy aceptable, pero sentíamos de algún modo que nos había “enyucado”.

Un amigo común que estudió con él en el colegio, me contó una anécdota que da cierta idea de cómo es Percy. Con el carácter que tiene, no es sorpresa para nadie que más de uno haya querido pegarle, como puedo atestiguar, pero en este caso, era un muchacho que le llevaba más de una cabeza. Percy era el mas bajito de su clase, por cierto. Una vez más, los pronósticos estaban todos en su contra. Además, Percy tiene pie plano, y usa un inhalador para su asma.

Empezó la bronca y parece que duró poco. El oponente se vio atacado por un torbellino de patadas, puñetes, y todo lo que había en la humanidad de Percy, sin prácticamente opción a devolver un golpe. La pelea terminó como terminan todas esas peleas; uno en el suelo, y el otro sentado encima, sujetando los brazos con las rodillas. Una vez más, los observadores tenían la sensación que lo que habían visto no podía haber pasado… Y la sensación era siempre la misma: Percy había sacado una carta de debajo de la manga que nadie esperaba.

Recuerdo que para la despedida del gran Quichi, legendario operador, fuimos al chifa del papá de Ernesto, y se habían esmerado en hacer una comida extraordinaria. Todos los platos estaban deliciosos, eran desconocidos para la mayoría y tenían una presentación espectacular.  Mirábamos entre asombro y saliva involuntaria la fabulosa caravana y en eso, Percy que suelta un “¿Y el Wantán? ¿Dónde está el Wantán? Porque yo, si no como Wantán, no he ido al chifa.”

Silencio. El papá de Ernesto, que había estado mirando complacido las caras de todos nosotros, asimiló el golpe. Esto era como ir al Carlín y pedir papas fritas. Lo digo porque un primo mío así lo hizo, para embarazo mío y de los anfitriones.

El chino Ricardo, que era el que estaba a cargo de los “chupes”, como llamábamos a los operadores nuevos se encabronó, y dijo: ¿Quieres Wantán? Ahora vas a comer Wantán. Mirando al mozo, pidió 2 docenas de Wantán Frito y esa noche, Percy sólo pudo comer Wantán.

En otra ocasión, el día anterior a procesar los datos del examen de ingreso de la Universidad de Lima, Aldo, que era el control de turno en ese entonces, venía de almorzar con las autoridades de la Universidad, y entrando, alguien le dice: “La 2540 está malograda”. La 2540 era una lectora de tarjetas, la única con capacidad de leer tarjetas marcadas con lápiz (OCR), que obviamente eran las que llegarían al día siguiente después del examen para ser leídas y procesadas. Es evidente que esa frase sólo tenía sentido para unos pocos, y por supuesto, ninguno para los funcionarios de la de Lima. Percy, que además tenía el don de la ubicuidad desastrosa, estaba al lado de Aldo, y no se le ocurrió otra cosa que decir “Pobrecitos los de la de Lima, no van a poder procesar sus exámenes”.

Nuevamente, la vida de Percy estuvo en peligro.  Logró sacar de quicio a compañeros, gerentes, clientes y cuanto ser humano se le ponía delante. Rara cualidad que no era envidiada por nadie.

Quizás cuando sufrí la oportunidad de trabajar con él fue que empezamos a hacernos amigos. Perdí la paciencia innumerables veces. Marita me pedía que tuviera calma, pero algunas veces llegaba a la casa casi descompuesto. Para colmo de males, descubrí que vivía a una cuadra de mi casa. Dios siempre suele jugarme este tipo de bromas, situaciones en las que me hace preguntarle ¿Por qué yo, Dios mio?

Pero se ganó el respeto de todos y el mio también. Nunca he conocido a nadie que tenga una determinación y vehemencia tan grande por lograr lo que se propone. A veces pensaba en él como una piña, espinoso y poco atrayente por fuera, pero dulce y jugoso por dentro. Tenía un corazón de oro.

Se encariñó con mi hija Mónica, le regaló su primer triciclo, y siempre nos visitaba, para “conversar”. Una noche de domingo, Marita se fue a misa y nos dejó cuidando a Mónica. Muy contentos, estábamos tomando unos tragos y en eso descubrimos que había que cambiarle los pañales. El olor y el llanto fueron sutiles indicadores que no nos quedaba otra. En esos tiempos los pañales eran de tela, y era todo un arte el doblarlos y colocarlos, por lo menos para mi, y Percy tenia menos idea que yo, que no tenia ninguna.

Fase Uno: Procedimos a quitarle el pañal. Mediano éxito, manchamos la cuna y las sábanas, pero logramos tirarlo a la basura.

Fase Dos: Proceder a limpiarla y lavarla. No nos fue tan bien. No encontraba los “wipes” y gastamos un rollo de papel higiénico mojado, limpiándola y limpiándonos las manos. Movimos el tacho de basura al lado de la cuna demostrando creatividad e ingenio. Simplificamos una tarea que se había vuelto muy repetitiva, sobre todo después del segundo rollo de papel.

Fase Tres: Poner el pañal limpio. Solo puedo decir que nos tomó más de media hora, no lo pudimos colocar adecuadamente nunca, pero logramos el objetivo principal: Mónica estaba limpia y había dejado de llorar.

Marita regresó y orgullosos le contamos nuestra hazaña. Después de mirarnos seriamente y antes de cambiar a Mónica nuevamente, simplemente nos dijo: “Por favor lávense la cara. Tienen caca por todos lados.”  No he vuelto a poner un pañal en mi vida.

Finalmente Percy salio de Operaciones, y pasó por Ingenieria de Sistemas y Ventas, creando siempre los anticuerpos en ese estilo suyo tan propio, pero con resultados extraordinarios.

Por ese entonces, lo mandaron a USA a estudiar un lenguaje de Base de Datos, llamado SQL. El curso duraba una semana y era el primer viaje de Percy.

Pasó una semana y Percy no regresó. Paso otra y nada, Finalmente pudimos averiguar que corrigió tantas veces al profesor, que a éste lo mandaron a la casa y Percy se quedó 3 semanas mas para dictar él mismo el curso.

No sé cómo nacen los afectos. Pero entre Percy y yo nació un afecto muy grande, que se convirtió en una inseparable amistad, que ni los años ni los conflictos que sufrimos pudieron disminuir. La distancia, que destruye amores a mansalva y sin contemplaciones, parece hacer lo contrario en cuanto a cariño. Ese fue nuestro caso. Las pocas veces que nos vimos desde que salí del Perú, eran como si nos hubiéramos visto ayer. Lo que no logro explicarme es que yo sé que con el tiempo, las personas cambian. Unos se vuelven mejores, otros peores, algo así como el vino y la cerveza; la vida nos engríe y después nos golpea y esa montaña rusa tiene sus altos y sus bajos. Nos volvemos más viejos, no necesariamente más sabios, y somos, en definitiva, diferentes. Me ha pasado con otras personas, descubriendo dolorosamente que a veces no hay nada de que hablar y los recuerdos en común se han olvidado o desdibujado en el tiempo.

Con otros, con los amigos de toda la vida, es como si los hubiéramos visto hace un rato. Las mismas alegrías, las mismas jodas, las mismas tristezas y el mismo interés por el otro. Eso hace toda la diferencia.

Con Percy trabajamos juntos en otra compañía a la que el me llevó, donde sufrimos grandes emociones, de las buenas y de las malas. Nos distanciamos, nos acercamos, peleamos, discutimos, conversamos, abrimos nuestras almas y mentes y compartimos momentos muy difíciles.

Pero recuerdo que tuve que implantar una censura en sus cartas a clientes y proveedores. Eran tiempos en que el correo electrónico se circunscribía a algunas empresas grandes, y el Internet estaba recién empezando. Era normal y aceptable el escribir cartas para llamar la atención sobre un problema en el cliente o la cobranza con algún proveedor.

Percy solía utilizar en sus cartas términos como “Es completamente inaceptable…”, ”Absolutamente equivocado…”,  “Totalmente falso…” y perlas por el estilo. Tuve que explicarle que había que decir “No estoy de acuerdo…”, “No se ajusta a la realidad…” y “No es exacto…”, porque cuando uno leía sus cartas, tenía la impresión que estaba gritando. 

Pero aprendió. Porque Percy aprendía todo, siempre tenía mil cosas en la cabeza y trataba de encargarse de todas al mismo tiempo.

Después, cada uno por su lado, tuvimos oportunidad de trabajar cada uno en su compañía, y el me ayudó a mi mucho mas que yo a él. Percy regresó a IBM y yo me vine a USA.
Y dejamos de vernos por muchos años De vez en cuando un correo, o una llamada, pero muy poco en realidad.

Siempre he escuchado cuando hablan de alguien valeroso, decir frases como “No conoce el miedo” o “No tiene miedo de nada”. En mi opinión, aquellos no son valientes, sino mas bien sufren algún tipo de limitación, que raya en la debilidad mental o la escasez de luces. Valiente es aquel que conociendo el miedo perfectamente, logra actuar y hacer a pesar de él.

La frase favorita de Percy era “Me cago de miedo”. Y yo le creía y le creo. Pero eso nunca fue obstáculo para enfrentarse a lo que se le pusiera delante, cuando muchas veces yo, prudentemente, me ponía de lado.

Mi amigo Percy tiene cáncer. Y del malo. Del agresivo. Y el sí es valiente. Fue diagnosticado hace 4 años con cáncer al colon en etapa IV, y le dieron 6 meses de vida. Esos 6 meses pronto se convirtieron en un año, luego en dos, en tres y en cuatro. Ya vamos por el quinto. Estuve con él en el MD Anderson Hospital cuando le diagnosticaron el cáncer al hígado, cuando lo operaron y lo cerraron casi sin tocarlo, y cuando lo radiaron después por casi dos meses.

Dicho sea de paso, en la operación, le pusieron una cánula en la médula con un switch para que se auto inyectara morfina por el dolor post operatorio. Se la pusieron mal, y cada día llegaba el “Pain Team” a ver como seguía. El insistía en que se la sacaran, porque terco como la mula que es, no lo usó ni una vez, y el dolor que más le molestaba era el de la bendita cánula. Finalmente aceptaron.  Otra vez, Percy tenía razón.

Le contagiaron también el estafilococo dorado en la sala de operaciones, y el corte que le hicieron, que era mas como uno de esos cierres relámpagos para abrir y cerrar una mochila, se infectó tremendamente.

Lo vi cuando comía y su cuerpo rechazaba todo alimento. Una hora después, y con una fuerza de voluntad a prueba  de gladiadores, volvía a comer, y así durante el día. Lo vi cuando tenia sus noches negras y sus despertares grandiosos, con esa actitud de pónganme lo que sea al frente, que tantos que lo conocen han podido disfrutar o sufrir, de acuerdo a su humor.

Al poco tiempo, Percy tuvo que ser operado por un tumor al cerebro. Sin embargo, celebró el año nuevo, celebró sus 50 años a lo grande, tuvo otra operación mas, y sigue metido en mil cosas, en la directiva del Regatas, en sus planes para llevar educación por Internet a todo el Perú, preocupándose no solo de su mujer y sus hijos, sino de sus hermanos, de su papá y su mamá, y hasta de los amigos. Me ha buscado trabajo varias veces, a mí y a otros.

Por lo que sé, su médico le ha dicho que ahora están en “uncharted territory”, es decir, contra todos los pronósticos, otra vez Percy ha llegado a donde nadie lo esperaba. Sigue adelante, con ciertas limitaciones, pero ahí está, dando la lucha. Ciertamente pienso que el cáncer no sabe con quien se ha metido.

Eso no quita que siga siendo el mismo metiche, insolente, terco generador de crisis que ha sido siempre. Pero aquellos que han podido leer sus comentarios en Facebook, y toda la gente que lo rodea, ha aprendido no solo a admirarlo, sino a respetarlo y sobre todo a quererlo.

Mi amigo Percy es así. Toda su vida ha sido con la corriente en contra, y para él, las cosas siempre son mas difíciles que para los demás.

Creo que Dios ha querido hacer de él un ejemplo de inspiración para aquellos que se rinden antes de empezar y para aquellos que se cansan de luchar.

Para mí, es una fuente de energía. Verlo y escucharlo, aunque este histérico, o negro como una nube tormentosa, me alimenta y me contagia de esa electricidad que posee, en la que todo lo que le rodea tiene que vibrar y girar a cien por hora.

El único misterio en todo esto, y que no logro explicar, es como y sobre todo porqué lo quiere tanto la gente. Porque Percy es un sabor adquirido, así como el sushi o el ceviche. Hay que paladearlo varias veces para saber todo lo que vale y puede dar.

En cuanto a mí, me considero inmensamente afortunado en tener una relación de hermano con este pingüino al que quiero tanto.

diciembre 09, 2012

La Mujer Maravilla


Mujer Maravilla: 
Superhéroe de “comics” o chistes que posee la belleza de Venus, la sabiduría de Minerva, la fuerza de Hércules, y la velocidad de Mercurio. Sus armas son la tiara, que es un proyectil mortífero, los brazaletes indestructibles que la hacen invulnerable, y el lazo de la verdad que tiene la fuerza de un portaaviones. Técnicamente hablando, es el único personaje indestructible después de Superman.

Superman
A veces miro a mi mujer, y  es así como la veo.

Tengo la certeza que me estoy metiendo en problemas con este relato. En primer lugar porque no creo estar a la altura moral ni gramatical para escribirlo. Y en segundo lugar, porque Marita se va a molestar mucho conmigo.

Pero desde que empecé a escribir como un pasatiempo que siempre quise tener, las historias y sentimientos sin relatar se pasean a su antojo por mi mente. Es un fenómeno nuevo y extraordinariamente curioso. Parece reemplazar a mis preocupaciones obsesivas, por lo que es una especie de catarsis, diría yo. Sin embargo, mantiene la misma compulsividad que ha caracterizado a mis imaginaciones siempre. Y esa compulsión me obliga a escribir esto. 

Lo siento, mi amor.

Marita, mi esposa de casi 33 años, ve con agrado que ocupe mi tiempo de esta manera, con ciertos reparos. Cuando hablo de ella en términos graciosos, le gusta. Cuando describo mi papel de víctima en el matrimonio, como diciendo que soy el empleado de la casa y que de vez en cuando no le reporto a ella sino a los perros, no le gusta, pero bueno, lo deja pasar. Pero odia que hable bien de ella. En serio. Simplemente no lo tolera. ¡Con lo que a mi me gusta que hablen bien de mí! Pero esa es una más de las razones que me hacen quererla tanto.

Venus
No quiero parecer cursi, aunque lo soy, así que no pienso hablar de cómo me enamoré ni de las pocas cosas románticas que me salieron bien con ella. Mi torpeza y muchas veces mi falta de tino son las culpables. Baste decir que para mí sí fue un amor a primera vista. La vi y supe que era ella, y con el tiempo nos casamos.


El matrimonio no es fácil para nadie. Tampoco lo fue para nosotros. Uno se enamora de un ideal, de una imagen, de gestos y actitudes que nos parecen maravillosos. Pero la diferencia entre la ilusión y el amor es la misma que hay entre aprender a jugar fútbol por correspondencia o con un equipo en una cancha. Todo se ve maravilloso, hasta los defectos lucen encantadores. Pero la primera patada en la canilla nos regresa dura e instantáneamente a la realidad.

 Y nosotros nos hemos dado incontables patadas en las canillas, el hígado, la cabeza y otras partes. No creo que haya muchas parejas en una relación duradera en que el deseo recíproco de asesinar al cónyuge no fuera  considerado más de una vez. Como escuché decir alguna vez, hay gente que no lo ha hecho porque ha visto CSI.

Pero la adoro. Me he preguntado muchas veces, y así se lo he hecho saber, porqué la quiero y no lo sé, pero la quiero. No es un elogio, por el contrario, esta frase suele cruzar mi cabeza en momentos como cuando uno está de compras un domingo a las 4 de la tarde en vez de estar en la cama viendo televisión. Dicho sea de paso, ir de compras no me gusta ni me gustará jamás.

Siempre he oído decir que los polos opuestos se atraen. Pero también he oído que la afinidad entre ambos es importante. Es decir, algunos justifican el éxito de una relación cuando tienen intereses, gustos y aficiones totalmente opuestos, mientras que otros sostienen exactamente lo contrario.
Minerva

Yo no lo sé. Y creo que no quiero saberlo tampoco. Sólo sé que después de todo este tiempo, la miro y me parece aún más bella que cuando la conocí.

Si hay dos personas diferentes en el mundo, somos Marita y yo. Ajustarnos a vivir juntos cuando recién nos casamos fue muy difícil. Alquilamos un departamento de 50 metros cuadrados, de un solo ambiente, cocina y baño. Lo pintamos, lo enceramos, lo arreglamos y lo decoramos como pudimos.

Nos compramos un dormitorio con una cama de dos plazas, pero tuvimos que usar mi colchón de plaza y media porque no alcanzó para uno nuevo. Los problemas empezaron con a qué lado quieres dormir, que si la luz de la mesa de noche me molesta, que apaga el televisor, hasta despertarme con Marita dormida botándome de la cama. Terminé en el suelo varias veces. Ella terminó con moretones de patadas y puñetazos que yo le di completamente dormido.

Que yo duermo tarde y ella temprano y ella necesita ocho horas y yo seis, que no tomo desayuno y ella sí, yo llego tarde al trabajo y ella tarde a los matrimonios, y detalles así, no por decenas sino por cientos. Me encanta ver deportes y ella los detesta, juegos de mesa, yo sí y ella no, etc., etc., etc.

Pero si hay dos personas afines en este mundo, somos Marita y yo. Nos encanta salir y viajar a veces sin rumbo y sin planear nada, escuchar música juntos, socializar como pocos, el cine y el teatro, los atardeceres y los animales, conversar de nada y de todo, ayudar a otros, besarnos en la boca y abrazarnos cada vez que nos despertamos, nos despedimos o llegamos. Incluso hoy.

Mercurio
Sin darnos cuenta y al mismo tiempo, nos buscamos las manos cuando caminamos o cuando ella maneja el auto. Cuando salimos juntos, ya no manejo; su angustia y sus advertencias cada 10 segundos fueron demasiado para mí.  Nos gusta mirarnos a los ojos y nos gusta estar en silencio, nos encantan las aceitunas amargas y el champus caliente. Hay miles de cosas que nos gustan a los dos, así como miles que le gustan a sólo uno.

En nuestros primeros años, cuando por los cierres de mes yo trabajaba 18 horas o me amanecía, ella se quedaba sola y sufría. Un día, en un detalle que la describe perfectamente, llegué tarde y la encontré sentada en la mesa con unas ramitas de perejil y culantro en la cabeza. Le pregunté por qué se había puesto eso en la cabeza y me contestó: “Es que hace tanto tiempo que no salimos que me están saliendo hongos en la cabeza”. Sin comentarios. 

En otra ocasión, profundamente dormido a las 3 de la mañana, me despertó bruscamente para decirme: “Adivina con que he soñado”. Es así como debe haber ocurrido más de un crimen.

Un día, caminando por San Isidro, vimos un choque de dos autos. Nos acercamos rápidamente y ambos conductores estaban ilesos y discutiendo sobre quien tenía la culpa. Como nadie resultó herido, me convertí en espectador. Me encanta ver a la gente discutir, argumentar y suelo tomar partido rápidamente, reservándome mi opinión, por supuesto. De repente escucho una tercera voz, que reconocí de inmediato:

-        ¡Usted tiene la culpa! ¿No se da cuenta que venía muy rápido?
-        ¿Yo, señorita? ¡Por favor! 
-        Sí, sí, usted, no se haga el sonso. Todos hemos visto que venía muy rápido 

Todos éramos solamente un señor que se escabulló instantáneamente, Marita y yo. La cosa no terminó bien, ni para el aludido, ni para mí. Llegó la policía, Marita les contó su versión, el otro que discutía y yo que trataba de agarrarla porque se le quería ir encima. En esa época, Marita tenía 18 años y pesaba 43 kilos.

Hércules
Otra vez, saliendo de retroceso de un restaurante, choqué con un auto estacionado. Pensando en cuadrarme para ver el daño, la miré y me dice: “¿Qué esperas? ¡Arranca, arranca!”.  Obedientemente, arranqué a toda velocidad.

Poco a poco, mientras la fantasía daba paso a la realidad, la ilusión intensa daba paso al amor profundo. Tuvimos problemas tremendos. Pensamos incluso en separarnos y divorciarnos. Dolorosas pruebas que tuvimos que pasar, sobre todo ella y que cada vez me hacían no digo quererla, sino hacerla más parte de mí  o quizás hacerme más parte de ella.

Creo que debo explicar algunas cosas. Yo escribí un relato sobre mi madre, la cual perdí cuando yo tenía 11 años. Algún día escribiré un relato sobre mi padre, un hombre extraordinario que murió repentinamente cuando acababa yo de cumplir 19 años. Para este relato, basta decir que consideré que esto era demasiado, y que Dios simplemente había decidido hacer de mí un experimento sobre cómo joderle la vida a uno. En una palabra, yo era el siguiente Job, el personaje de la Biblia al que Dios lo hace pasar innumerables penurias para probar su fe. Solo que mi fe mas bien se arrastraba, en vez de caminar.

Decidí entonces vivir bajo la ley de la selva. Me llené de amargura, rencor y odio, caminando así por la vida, con muy malos resultados por cierto. Seguí además con mis hábitos bohemios y dudosas costumbres, por decir lo menos, adquiridos algunos años antes.

Después  de conocer a Marita y cuando ya estaba loco por ella, empecé a conocer algunas cosas de su vida, pues era muy reservada. Me tomó mucho tiempo saber que su mamá había muerto cuando ella tenía 13 años y su papá menos de dos años después. Y ella era una castañuela que siempre estaba de buen ánimo, dulce como un suspiro y luchadora como ninguna.

Entonces me di cuenta. Era una especie de retrato de Dorian Wilde a la inversa. No podía ser una coincidencia. Aquí había algo más. Me estaba mirando en un espejo mágico viendo lo que pude ser y no fui. Cuando me imagino todo lo que ella tuvo que pasar, me dan escalofríos de culpabilidad.

Respeto mucho las creencias de las personas. Si creen en Dios o no, si creen en el Karma, la reencarnación o la fatalidad. Mi opinión personal es que todos tienen derecho a creer lo que les plazca. Yo he decidió creer en Dios, pero tenía mi versión personal y particular.

Y de improviso, Dios me había puesto en frente a una persona que había sufrido más que yo, reaccionado completamente diferente y me había dicho: “Esta es la mujer que escogí para ti. A ver si te desahuevas de una vez”. ¡Paf, Paf! Un par de cachetadas…

Los Super Héroes
Porque yo no era un santo que digamos. Mas bien todo lo contrario. De personalidad pasivo-agresiva, solía decir sí a todo y después hacia lo que me diera la gana. Para mi padre y mi familia, acostumbrados mas bien al enfrentamiento directo y a la discusión abierta, era muy desconcertante. A mí, que me gusta tomarle el pelo a la gente sin que se dé cuenta y como soy un artista en zafar el cuerpo, la situación me daba cierto placer. Además era engreído, flojo, dejado y muy egoísta. Vamos, una joyita. A mi favor tenía mucha sensibilidad, una inteligencia razonablemente aceptable y un buen corazón que probablemente venía de haber leído tantas novelas de caballería de niño.

Y bueno, aquí estamos. Mi mujer y yo. Pero la idea de este relato no es comparar. Lo que quiero es que de alguna manera, la gente sepa que suerte que tuve.

Definitivamente, yo tengo ciertos problemas mentales. Soy una mezcla de maníaco depresivo con bipolar moderado. Le pongo pasión a todo lo que me interesa hasta que un día me aburro y no lo vuelvo a hacer nunca más. Tengo días negros y mis hermanos dicen que tengo una nube gris propia sobre la cabeza.

Además, sigo siendo ocioso, desordenado e inconsistente. A pesar de entender perfectamente las reglas sociales y tener mucho tacto para tratar a las personas, mi naturaleza me traiciona y soy políticamente incorrecto hasta extremos inaceptables. No me puedo quedar callado, siempre tengo que decir algo irónico, hiriente u ofensivo, aunque sepa que no debo hacerlo por mi propio bienestar. Está en mi naturaleza.

Ella
Soy terriblemente tímido. Vivo siempre con miedo y a veces hasta con terror. De adolescente me era imposible hablar con una chica. Recuerdo que a los 12 años, me enamoré de una chica que iba a la casa de unos amigos que tenían piscina. Mi hermano y yo íbamos también todos los días. Éramos un grupo grande y no había manera de estar solos. Creo que le hablé tres o cuatro veces, pero me ilusioné con ella. Entonces decidí darle un papelito que decía: ¿Quieres ser mi enamorada? Así que escribí la notita en un cuaderno y arranqué la hoja. No contaba con que mi hermano me había estado observando.

Sí, Eduardo, la ladilla. Se dio el trabajo de descifrar las marcas de mi escritura dejadas en la siguiente hoja y se encargó de contárselo a todo el mundo. Imposible entregar  la nota y mis sueños de amor primero se desvanecieron.

La primera vez que hablé en público, las piernas y la voz me temblaban de tal manera que me la tuve que pasar caminando y hablar más fuerte a pedido de la audiencia porque nadie podía escuchar lo que yo decía.

Y ahora, después de 35 años de estar juntos, veo que mi vida tuvo sentido porque me casé con Marita.

Y me gustaría mencionar porqué.

No conozco a nadie que sea capaz de levantar el ánimo de una persona como ella. No solo el mío, sino el de las personas que la rodean. Acá y en Lima, siempre había alguien en la casa o en el teléfono hablando con ella sobre algún problema, y ella dando consejos y animando a la gente siempre. Yo era el cliente con beneficios.

Es incapaz de observar algo incorrecto y no hacer nada. Cuando mi hermana fue internada en una clínica local, con amenaza de aborto de su primera hija, y contra mi opinión, muy lógica por cierto, movió cielo y tierra y la trasladó a otra clínica. Tres días después nació mi preciosa sobrina y ahijada  Brenda.

Cuando hay un problema en su familia, y a pesar de ser la quinta hermana, ella es la que recibe las llamadas y la que consuela a todos. Nunca he visto a nadie consolar a la gente como lo hace ella. A veces simplemente la escucho porque me hace sentir bien hasta a mí. 

Una vez a solas, llora inconsolablemente, porque sufre y yo sufro con ella, pero inmediatamente se recupera y sigue adelante. Aunque a la gente le gusta como escribo, me es imposible consolar a alguien, termino diciendo estupideces y que cuánto lo siento, que pena, todo pasa y punto. Mi esposa no. Tiene, sin duda, un don mágico que cura heridas emocionales.

Con Jenny y Abigail, igual de indomables
Y sin embargo, nunca piensa en ella. Podemos estar a dos golpes y un repique y su hermana o nuestra hija menor tienen algún problema financiero y ella prefiere no comer y ayudar. Por supuesto, yo, sus hijas y su nieta estamos primero. Nos cuida, nos engríe y hace todo por nosotros. Cuando le quiero regalar algo, o sacarla a comer a un buen sitio, me dice que prefiere hacerle un regalo a una de sus hijas, o comprarle algo a la nieta.

Es divertida, imprevisible y graciosa. Escuchar su risa es maravilloso. Los que me conocen saben que hay que tener mucha paciencia conmigo, y que soy un conchudo de marca mayor. Ella tiene toda la paciencia del mundo, y aunque me resondra casi todos los días con razón, se le pasa casi de inmediato. Yo en cambio puedo estar resentido por días, y en mi familia hay resentimientos que duran años. 

¡Y cómo me cuida! Una noche de invierno, estábamos en la cama, ella durmiendo y yo viendo televisión. Estoy pensando en patentar una abrazadera para dormir con el control remoto en la mano. Como sujeto compulsivo que soy, suelo ver a veces hasta 3 programas a la vez. Estábamos abrazados cuando absolutamente dormida, Marita me toca el brazo en el que tengo el control remoto, levanta la frazada y me tapa el brazo completamente. Supongo que para que no me resfríe…

¡Esta mujer me cuida hasta cuando duerme, Dios mío! Hay días en que ella está durmiendo y yo la miro sin despertarla, y pienso ¡cómo pudo casarse conmigo! Y después ¡y encima se ha quedado conmigo todos estos años!  Para luego ¡y definitivamente no es tonta, sino muy inteligente! Entonces, casi como un silogismo, viene la conclusión final: Me quiere como yo la quiero, sin saber por qué me quiere, pero me quiere.

Y somos felices a nuestro modo. Lo de intereses opuestos o afines, no funciona para nosotros. Mi conclusión es que ella me completa y yo la completo a ella. Separados, no somos dos, somos cero. ¡Juntos somos uno solo, pero muy, muy grande!

Por eso, mi héroe cotidiano, la electricidad que enciende mi luz, es mi mujer, Marita 

¡La Mujer Maravilla! 

diciembre 08, 2012

Jenny Número Uno


Jenny Numero Uno
Es mucho más fácil escribir sobre recuerdos agradables o graciosos. Pero lamentablemente, la vida tiene un poco de todo. Hay momentos felices, momentos graciosos, momentos agitados, momentos tranquilos, momentos espeluznantes y momentos tristes y trágicos.

Pero pienso que uno es afortunado en la vida si ésta es entretenida. No digo feliz, ni trágica, simplemente entretenida. Creo que el infierno, en vez de tener esos fuegos abrasadores con que lo pintan, debe ser más bien el clímax total del aburrimiento, algo así como la quintaesencia del tedio absoluto.

Me pregunto si yo en realidad he tenido eso en mi vida. Los resultados me dicen que sí, no sé si por circunstancias o por iniciativa propia, probablemente un poco de ambas. Difícilmente me he aburrido y prefiero pensar que he encontrado con los años, armonía, y con la armonía, paz.

Creo también que lo que uno recibe en sus primeros años es fundamental para lo que pasará en el futuro. La manera como cada uno recuerda, siente y reacciona de adulto es formado en la infancia. En mi caso, la óptica con que miro la vida está teñida de lo que pasó en mis primeros años.

Yo fui el primer hijo de mis padres (por lo menos de acuerdo a los registros municipales de Arequipa), y mis tres primeros años fueron los que se llamarían de abundancia. Muchos juguetes, casa grande, vida muy cómoda.

Solo dos incidentes que me fueron contados porque yo no los recuerdo, son dignos de destacar. Tuve meningitis y me caí de las escaleras del segundo piso abriéndome la frente. De ello solo quedan mi excesiva torpeza, algunos problemas de coordinación y una cicatriz entre las cejas, que luego me encargué de hacer más notoria.
Fernando y Jenny

A mis tres años nos tuvimos que mudar a Lima a la casa de la mamamita, la mamá de mi mamá, porque los negocios de la familia, que eran básicamente manejados por mi padre, quebraron por razones que no vienen al caso. Primero uno, luego otro, y así. No es que fueran muchos tampoco, pero permitían vivir bastante bien.

A los 28 años, mi padre tuvo que empezar no de cero, sino de más abajo, pues asumió las deudas pendientes. Consiguió un trabajo en el Ministerio de Fomento de esa época, para construir carreteras en la sierra de La Libertad. Recuerdo haber llegado hasta Huamachuco en la carretera que él construyó.

Mi madre, mi hermano Eduardo y yo tuvimos que compartir una habitación en la casa de la mamamita, una casa antigua en el centro de Lima. Aún recuerdo los tablones del piso, que estaban llenos de astillas, pues no había tratamiento adecuado para pisos de madera en ese entonces. Como caminábamos sin zapatos mi hermano y yo, teníamos que sacarnos las astillas con una aguja. No era agradable en modo alguno.

En esta casa no había jardín, sino corral. Recibíamos de mis tías del Norte, un pavo o dos cada cierto tiempo. La ventana de nuestro cuarto daba al corral y puedo dar fe de la estupidez de estos animales, que vanamente trataban de picotear en la ventana al pavo que veían al frente desde las seis de la mañana.

Fueron años difíciles. Mi madre tuvo que empezar a trabajar y pasábamos los días a cargo de la mamamita, mujer fuerte y autoritaria que manejaba la casa y las empleadas con una vara. No como la de las brujas o las hadas madrinas. Esta era gruesa, de medio metro más o menos y era para disciplinar a las empleadas. Eran otros tiempos obviamente. A nosotros nunca nos pegó, pero el recuerdo de una abuelita dulce y cariñosa que muchos de mis primos, menores que yo tienen, no llegó sino hasta algunos años después.

Jenny Número 2
Pasamos ahí cinco años. Cada año era más difícil controlarnos y éramos verdaderas joyitas, Eduardo y yo. Desde que recuerdo, nos agarrábamos a golpes todos los días. No recuerdo ni un solo motivo para iniciar las peleas, pero era como un guión estudiado que era siempre el mismo: Eduardo, menor que yo por año y medio, instintivamente ladilla, empezaba a joderme con algo, yo perdía la paciencia y le pegaba, él lloraba y me pegaba mientras yo me reía, hasta que finalmente me daba un golpe que me dolía, y empezábamos de nuevo. Podíamos hacer esto por horas...

Un día nos compraron unas espadas romanas de plástico duro y solo las pudimos usar por un día. Esa noche, mi mamá las botó a la basura al ver que sus dos hijitos parecían haber sido pintados a franjas rojas. Nos dimos de alma. ¡Que buen recuerdo éste!

Mi padre solía venir una vez cada mes o dos meses, pues sólo viajar hasta Trujillo desde Huamachuco tomaba casi dos días en ese entonces, y un día más para llegar a Lima. Se quedaba un par de días y de regreso a la Sierra. El pobre hacía lo que podía en esos dos días. Nos llevaba a las matinales del cine Tacna a ver dibujos animados del Pájaro Loco y el Conejo de la Suerte y trataba de pasar la mayor cantidad de tiempo con nosotros.

También tenía que dedicarle tiempo a mi madre, ¡y eran tan pocas horas!

Solo sé que nos adoraba, como adoró a todos sus hijos. Somos cuatro hermanos en total, dos del segundo matrimonio. Para todos los efectos somos hermanos, no medios hermanos u otra estupidez políticamente correcta. Entre nosotros, o se es o no se es hermano.

Mientras tanto, yo me convertía en un obsesivo lector de chistes o "comics", como les dicen ahora. Lo único que quería era que me compraran chistes, y hacía que una de las empleadas me los leyera una y otra vez. Cada vez que llegaban mis tías de visita, les pedía propina para chistes, y la tía Maruja en especial me daba siempre para un par de chistes. Mi mamá, por supuesto, me traía uno que otro casi cada día.

Incluso en los periódicos, me gustaba ver los avisos de publicidad. Un día, y así de repente, miré un aviso de un detergente que se llamaba Maravilla y sorprendido, ¡me di cuenta que podía leer todo lo que decía! Yo tendría 4 años probablemente, porque aún no iba al colegio y en esos días no había nido, "day care" o cunas infantiles.

Sin entender claramente lo que me estaba pasando, comprendí que eso iba a cambiar mi vida. ¡No más empleada, tener que rogarle, pedirle, ordenarle, suplicarle, acusarla para que me leyera un chiste! Mi primer paso hacia la libertad había sido dado.

Corriendo fui con mi mamá, a decirle que ya sabía leer, y así se lo demostré leyendo todo un artículo del periódico. Contrariamente a lo esperado, mi madre se molestó y fue inmediatamente con la empleada a pedirle explicaciones, pensando que ella me había enseñado a leer. Finalmente, y en reunión formal, toda la familia tuvo que aceptar el hecho que había aprendido a leer por mí mismo.

No fue sino hasta varios años después que me enteré de la razón de esta reacción; el médico que me trató de meningitis le había dicho a mi madre que era probable que quedaran algunas lesiones y que era preferible no obligarme a hacer ningún esfuerzo mental, e incluso a ponerme en el colegio un año más tarde de lo normal. En otras palabras: “Señora, no se angustie mucho si su hijo le sale un poco taradito.”

Jenny Número Tres
Me pusieron en kindergarten a la edad indicada y dos meses después me pasaron a transición. Mi mamá se enteró recién a medio año, cuando fue a la clausura del primer semestre. Ya era tarde. Resultó que no sólo no se me había atrasado de acuerdo a las indicaciones del médico, ¡sino que me habían adelantado un año!

No creo que tuviera una inteligencia superior, lo que tenía era una personalidad obsesiva, vehemente e impaciente y una curiosidad rayana en la locura que me han perseguido toda mi vida. Ahora, bruto tampoco, tampoco.

En fin, cuando mi madre aceptó que lo mío por leer era una pasión, empezó a comprarme cuidadosamente libros. Me compró Corazón de Edmundo de Amicis, bellísimo libro, otros de aventuras, no muy largos, para que no me canse.

Mi madre era también ávida lectora y recuerdo que estaba leyendo Ben-Hur, de Lewis Wallace, una novelita de alrededor de 600 páginas en rústica. Ese fue en realidad el primer libro que leí (a escondidas, claro está). Lo leí una y otra vez, y mi imaginación me transportaba a las galeras, al Coliseo Romano, a Jerusalén y África, y siempre con emoción, temor, alegría, y sobre todo pasión. Odiaba a Mesala con todas mis fuerzas. Lloraba, reía, sufría, era un torrente de emociones e imágenes que llenaban mi vida. Por supuesto a esas alturas, mi mamá vio que había partes del libro que las sabía de memoria, y no le quedó más remedio que llevarme a ver la película.

Fuimos al cine Metro, y me engalanaron y perfumaron, hasta terno me pusieron. Vi la película sin prácticamente moverme y casi sin respirar. Era sobrecogedora e impresionante. Otra obsesión había nacido en mí: el cine. Debo haber visto unos cuantos miles de películas. No tengo idea cuántos libros, pero en ambos casos, perdí mucho tiempo por no saber seleccionar. Era una máquina procesadora de textos e imágenes, salvaje y silvestre.

Ya por ese entonces, mi madre empezó a cultivar otras cosas en mí; me compraba discos de música clásica, y yo me sentaba a leer en la sala, con mi tocadiscos (sí, mío a los 6 años) y ponía a Beethoven, Tchaikovsky, Chopin en especial. Cuando solo quería escuchar música, ponía Zarzuelas, otra pasión de mis padres. Escuché Luisa Fernanda hasta que se gastaron los surcos. Hubo que comprar otro.

Indudablemente asistía a la temporada de Zarzuelas de la compañía de Don Faustino García. Fui con mi madre por varios años. Esta impresión solamente llenaría varias páginas más, sin duda.

También teníamos unas tías, hermanas de mi abuelo, que vivían encima del famoso Cordano del Centro de Lima, en la esquina de Palacio de Gobierno. Era la casa del bisabuelo, fallecido ya y en esa casa vivían todas las tías solteras. En realidad creo que todas se quedaron solteras. Mi tía Pepa, la mayor, era muy cariñosa, pero también muy feíta la pobre. El bisabuelo, fiel a la tradición, decidió que si no salía la primera no saldría la segunda, ni ninguna otra, condenando a la soltería a 5 tías abuelas.

Por cierto, fue él quien donó las pinturas del célebre Pancho Fierro a la Beneficencia de Lima, tras un arduo trabajo de clasificación y “bautizo” que hizo con Don Ricardo Palma. Digo “bautizo” porque Pancho Fierro era analfabeto y los títulos que se pueden ver en las pinturas fueron escritos por ellos. Hubo que ubicar la fecha de la pintura y sobre todo de la escena y a quiénes mostraba en ella.

Don Agustin de la Rosa Toro
Mi madre solía llevarnos de visita una vez al mes y nos daba propina para besar a la tía Pepa, porque tenía bigote y una voz muy gruesa. Este es tema de otra historia.

Para mí era un día especial. Mi mamá, con otra de mis tías (Emilia, creo), me llevaban a la biblioteca del bisabuelo. Era una habitación con muy poca luz, incluso artificial, y calculo que tendría unos 3,000 libros. Las cuatro paredes, casi desde el suelo hasta el techo, estaban llenas de libros, adicionalmente a unos muebles con libros también, al centro de la habitación.

Ellas se sentaban a conversar y me dejaban a mí que escogiera los libros que yo quisiera. Por supuesto casi no entendía ni los títulos ni los autores, pero estaban todos los libros de la Editorial Molino, y de la colección Robin Hood, que eran libros para jóvenes. Tuve así la suerte de conocer a Julio Verne, Emilio Salgari, Luisa May Alcott, Alejandro Dumas, entre otros.

Podía llevarme 4 o 5, de acuerdo al precio, porque la tía no era tonta. Cada libro costaba. Regateaban un poco, yo ponía cara de Cristo Pobre y salía feliz, con la nueva dosis de droga para el mes.

Lo que realmente admiré de mi madre fue su capacidad para hacerme ver las cosas en una manera que no eran impuestas. Pero una vez que algo estaba definido en mis gustos, no paraba de estimularlo de múltiples maneras.

Llegamos a compartir algunos libros y comentar sobre ellos, y a veces cuando llegaba y yo estaba escuchando a Luisa Fernanda, mi zarzuela favorita, se sentaba conmigo a disfrutarla. Hoy que recuerdo esos momentos aun con mucha claridad, me doy cuenta que la escena era completamente inusual, incluso para esa época. Creo que no conocí a nadie de mi edad en esos años que tuviera siquiera una idea de las zarzuelas y mucho menos de Luisa Fernanda.

Cuando cumplí ocho años, nos mudamos a San Antonio, y a nuestro padre le iba mucho mejor. Lo veíamos con más frecuencia y trabajaba en Chimbote, ya en una constructora privada. Mi madre dejó de trabajar y pudimos disfrutar unos meses de ella plenamente.

Al poco tiempo, le diagnosticaron cáncer linfático, fatal en esa época. Por supuesto, nosotros no teníamos ni idea, solo que le habían hecho una operación para sacarle unos ganglios.

Después de eso, todo es un poco difuso. Mi madre solía estar en cama muchos días con fuertes dolores, y solo estábamos con ella después de comer, para ver la telenovela “Mamá” que le gustaba mucho y que recuerdo hasta ahora. Aunque era chico, me encantaba ver a Cuchita Salazar, que era la novia de Fernando Larrañaga en la novela y de la cual estaba furiosamente enamorado, hasta que un accidente le deformó la cara. Se acabó el amor.

En el verano del 63 yo cumplí once años y entraba a primero de media. Nuestro padre organizó un viaje de Lima a Tumbes que duró casi un mes. Lo pasamos extraordinariamente. La enfermedad de mi madre parecía no nublar el horizonte y todo se veía muy bien.

Llegamos a Lima unos días antes pues ella se puso mal. Pasó unos días en el hospital de Neoplásicas y regresó a la casa, pero ya estaba siempre en cama.

Estudiaba en La Inmaculada, excelente colegio de jesuitas, y que tenía en la secundaria un método interesante para hacer estudiar a los alumnos. Cada dos meses, en vez del examen mensual, teníamos los “Concursos-Examen”. La peculiaridad es que durante una semana entera, solo dábamos exámenes, que valían doble, y antes de cada examen, contábamos con varias horas para estudiar.

Yo era buen alumno, siempre entre los tres primeros de la clase, más o menos. Sin embargo, no estudiaba mucho. La verdad, gracias a esta obsesión mía, prestaba mucha atención a las clases, y además leía hasta los periódicos que botaban a la basura. Me leía los libros de texto de cabo a rabo, no una sino varias veces. Creo que mi primer esfuerzo consciente por estudiar fue cuando postulé a la Universidad y sinceramente, me costó trabajo.

Cuando llegaron mis primeros Concursos-Examen, sentarme frente al libro materia del examen por dos horas o tres, era sensacional. Yo no entendía cuando veía a algunos de mis compañeros darse vuelta en las carpetas, desesperarse por no poder moverse o tratar de joder al prójimo para pasar el rato. Para mí esto no era problema.

En la Inmaculada había también otra tradición: la lectura de Notas. El padre Prefecto, Monseñor Bambarén en esos años, se sentaba en el escenario del Paraninfo del Colegio, frente a una mesa inmensa cubierta por franela verde, con las actas de notas de todo el año. Es decir, “A”, “B” y “C”.

Empezaba a llamar, uno por uno, a cada alumno. Leía todas las notas y después hacia un comentario, escasas veces positivo, y la mayoría, negativo al punto de la humillación. Recuerdo uno en especial, que me pareció cruel e insultante al extremo:

- ¿Pérez, tu sabes qué pasa cuando pones una manzana podrida en un barril de manzanas frescas?
- No, padre
- Bueno, te lo voy a hacer saber: se pudren todas. Y tú eres esa manzana podrida. A partir de este momento quedas expulsado del Colegio. Anda a tu clase y empieza a recoger todas tus cosas.

Obviamente Pérez quedó destrozado. Ser calificado de manzana podrida a los once o doce años es un poquito prematuro. Por lo que supe mucho después, Pérez regresó al colegio a pesar de la oposición de Bambarén y es hoy una persona bastante decente de acuerdo a los parámetros actuales. El nombre ha sido cambiado para proteger a los inocentes. El de Bambarén no, por si acaso. Me refiero sólo a los inocentes.

Después de más de dos horas de angustiante espera, finalmente llegó a la letra “S”, y luego a “Salmerón”. Yo nunca me he tenido confianza así que estaba dispuesto a esperar lo peor. Escucho entre brumas ¿Salmerón, sabes que puesto tienes? – No, padre – Eres el primero de todo Primerl año, y no solamente eso, te has distanciado del segundo en 21 puntos. Es la primera vez que ocurre una diferencia tan grande en el colegio. Te felicito.

Mi padre,  mi hermano Eduardo y yo al centro
Luego procedió a leer todas mis notas, y la verdad, eran bastante buenas. Honestamente, no esperaba algo así, y me tomó un largo rato descender a la realidad.

Camino al mástil, donde teníamos que formar para subir a los ómnibus que nos llevarían a nuestras casas, pensaba en lo feliz que se iba a sentir mi madre con esta noticia. Ella era particularmente competitiva en lo que a mí respecta. ¡Todo el camino imaginaba como decírselo y cuál sería su reacción!

El ómnibus me dejó y corrí a mi casa lo más rápido que pude; cuando llegué me enteré que esa mañana se habían llevado a mi madre a Neoplásicas de emergencia. Nunca más regresaría a la casa y nunca pude compartir mis logros con ella.

Y empezaron las visitas a Neoplásicas. Había orden estricta de no dejar pasar a nadie menor de catorce años debido a la posibilidad que llevaran algún virus o alguna enfermedad infantil que diezmaría a los pacientes si la adquirían.

Cuando llegábamos al Hospital nos sentaban en una banca en la entrada, frente al conserje, a mi hermano y a mí. Teníamos la consigna de aprovechar la menor distracción del conserje para salir corriendo y subir a toda velocidad hasta la habitación de mi madre.

Mi hermano siempre arrancaba primero. Eduardo era especial. Nunca podía estar tranquilo. Tenía sin duda una inteligencia superior y mucho más equilibrada que la mía. Reaccionaba siempre más rápido que todos, incluyendo a los tíos, tías, padre, madre y mamamita. Pero en especial, mucho más rápido que su hermano.

Siempre con la frase perfecta para desconcertar a los adultos y “lornear” a los chicos.

Éramos totalmente diferentes, peleábamos todo el tiempo, y sin embargo, creo que esta tragedia nos unió de una manera tal, que cincuenta años después, aun nos queremos hasta el tuétano.

Nos gustaba ir cuando estaba el tío Pepe. Pepe era el papá de los Menéndez, que en esa época eran sólo cinco. Llegarían a ser varios más.

El tío Pepe era bajito, calvo y tenía bigote y anteojos. Vehemente y apasionado, adoraba enfrascarse en discusiones, con o sin sentido, y era más de la Rosa Toro que muchos que yo conocí. Cuando él estaba en el Hospital, bajaba y se encaraba con el conserje a discutir y ¡vaya que si discutía! Apabullaba al pobre hombre que trataba de hacer su trabajo, mientras con una mano en la espalda, nos hacía señas para que zafáramos corriendo a las escaleras, y así lo hacíamos. No falló ni una vez.

Nuestra madre estaba en muy malas condiciones. Logró sobrevivir 5 meses en el Hospital, pero en esos días la quimio y radioterapia eran devastadoras. La última imagen que tuvimos de ella fue terrible, pero para nosotros era nuestra mamá, y la veíamos tan bella como siempre, sin exagerar. Sus ojos verdes inmensos y el amor que reflejaban eran suficientes.

Mi pobre padre lo estaba pasando muy mal. Solo muchos años después he podido comprender su tremenda angustia y sus temores y arrepentirme de las implacables críticas que uno hace de joven. Aceptando la muerte de mi madre, de la que él estaba consciente hacía ya varios años, estaba el caso de dos hijos de diez y once años, uno con reputación de genio y el otro con reputación de incorregible, a los que apenas conocía, debido a que había estado obligado a trabajar fuera de Lima casi toda nuestra vida. Por supuesto, cuando se tiene once años, se cree que todos los adultos han resuelto todo en su vida y no tienen debilidades. Mucho menos temores y angustias.

Cuando internaron a mi madre por última vez, nos fuimos a vivir con una familia muy amiga de mi padre, gente maravillosa que nos aceptó como hijos con todos los beneficios y responsabilidades. La tía Concho y el tío Ricardo, y Puchi, Ricardo y Eddie. Compararnos a Ricardo y Eddie, un poco menores que nosotros, era como tratar de encontrar semejanzas entre el cielo y el infierno.

Su cuarto era impecable. ¡Tenían una pared donde estaban colgados todos sus juguetes intactos! Nosotros no teníamos ni uno vivo, y la pelota de fútbol era de mi primo Rafo.

Cuando éramos más chicos, con Eduardo sacábamos todos nuestros juguetes de su caja de madera, los poníamos en el suelo, la caja encima de ellos y luego nos metíamos en ella y saltábamos hasta que no había ningún crujido. Siempre teníamos algún que otro juguete que nuestra madre compraba o que la tía Matilde nos traía cada domingo. Ninguno pasó de una semana.

Mis libros y chistes estaban destrozados y manoseados. ¡Ellos tenían sus chistes empastados! ¡Diez ejemplares por tomo! Lo máximo.

Ellos habían vivido toda su vida en la misma casa, y nosotros nos habíamos mudado como cinco veces a los más variados entornos, incluyendo largas temporadas en Chimbote y en la sierra de La Libertad.

El centro de Lima nos resultaba sumamente familiar y yo solía tomar el tranvía de la plaza San Martín hasta Reducto a los 9 años cuando salía tarde de la Inmaculada a las 7 de la noche; ellos no salían nunca de Miraflores.

Fue sin duda un impacto cultural muy grande para ambos lados. Mientras que en la casa del tío Ricardo comíamos con servilleta de tela sobre las piernas y 7 cubiertos en la mesa, nosotros veníamos de comer con un tenedor y una cuchara para la sopa, que los ponían en un individual de hule. Para la entrada, segundo y postre, le pasábamos una servilleta al tenedor y listo.

Sin embargo, desarrollamos una extraordinaria amistad que aún perdura. Me pregunto si ahora yo tendría los huevos de hacer lo que hicieron la tía Concho y el tío Ricardo por nosotros…. A los dos, mi hermano y yo les guardamos un tremendo respeto y un inmenso cariño.

Tumba de Jenny en el Angel
Un día mi padre me subió al auto y mientras manejaba, me explicó claramente la gravedad de la situación. Hasta ese momento yo no tenía conciencia clara que mi madre se iba a morir. Incluso después de esa conversación, abrigaba la secreta esperanza que se recuperara.

Recuerdo que era un Jueves, porque los Jueves eran los días que me ponía medias blancas, que me gustaban mucho, y se veían muy bien con el uniforme del colegio. A las 7 de la mañana, la tía Concho subió a nuestro dormitorio y nos avisó que nuestro padre estaba abajo. Corriendo, y listos para ir al colegio, bajamos a saludarlo.

Estaba con terno y anteojos oscuros, y la tía Maruja con él, también con anteojos oscuros. Cuando lo fui a saludar, me agarró de los hombros, se agachó y me dijo: “Tu mamá ya se fue al cielo”. Antes que hablara supe lo que me iba a decir y sentí un golpe demoledor. Creo que todas mis facultades bajaron la guardia, porque me fue imposible reaccionar. No podía pensar, hablar y mucho menos llorar. Sin embargo, parece que desde chicos todos tenemos convenciones sociales que debemos cumplir.

Escuché a Eduardo, que estaba con la tía Maruja, llorar desesperado y entendí que tenía que llorar. Sin embargo, las lágrimas no salían y sonidos de mi garganta tampoco. Estaba sentado sobre la pierna de mi padre y solo atiné a apoyar los ojos sobre su hombro. Aterrorizado, me sentí una mala persona, porque no podía llorar.

Lloré por primera vez, e inconsolablemente, 3 meses después, en la primera Navidad sin ella.

Años después, nació la primera hija del tío Max, mi prima Jennifer, y ella es Jenny Número Dos.

Jenny Número Tres es mi hija menor.

Curiosamente, tienen la misma mirada dulce, triste y hermosísimos ojos ambas, y son también artistas y soñadoras de corazón como mi madre.

Después dicen que el nombre no influye en el destino de las personas…



Septiembre 15, 2012