septiembre 24, 2014

El Amaneramiento del Idioma




A mí me gustan las palabras. Cada una tiene un significado preciso. Incluso cada sinónimo lleva implícita una diferencia de apreciación y de interpretación. Por ejemplo muchacho, joven, gañán, doncel y mancebo son palabras que generalmente se aplican para denominar a un ser humano de 15 a 25 años, alguien en lo que se suele denominar "la flor de la edad".

Pero cada uno es diferente: "Muchacho"  se identifica más con la apariencia juvenil que con la edad que el mencionado tiene. "Joven" es cualquiera que no ha llegado aún a la edad adulta, pero se encuentra cerca. "Gañan" término un poco rural si se quiere, implica un joven que trabaja en el campo, aunque el significado real no sea ese. "Doncel" es alguien que es virgen, no necesariamente joven, y "Mancebo" es alguien soltero.

No presumo de lingüista ni mucho menos, y confieso que soy un absoluto ignorante del tema, pero algo en mi interior me indica cuando debo usar una palabra y no la otra. Hay además otras dos variables a mi entender: la moda y la jerarquía.

Porque hay palabras que se ponen de moda en una época y luego desaparecen de escena, pasando a dormir el sueño del olvido en el diccionario. De joven había términos usados diariamente en la conversación, como "fariseo" o "faruco" por aquel que se rasgaba la vestidura por los marigüaneros, pero que en el fondo le importaba un comino. "Igual es", significaba me da lo mismo, "palta" era una situación preocupante que parecía no tener salida, "trome" era alguien experto en una o mil cosas, y así.

Por otro lado, existe la jerarquía: todos los sinónimos no son iguales. Unos son más elegantes, más aristócratas, y otros más plebeyos, humildes y hasta despreciables. Tomemos la palabra cama por ejemplo: podríamos ir desde catre, lecho, camastro hasta litera, cama, tálamo y algunas otras que debe haber por ahí.

Consecuentemente, y aunque significan lo mismo, no producen el mismo resultado las frases "Vamos al catre" y "Déjame llevarte a nuestro tálamo de amor".

Pero estos prolegómenos son simplemente para tratar de comprender lo que veo que sucede en el lenguaje actual. Indudablemente que el mundo cambia, y con él las sociedades, los modos de vida y por ende los seres humanos.

Mi impresión, muy personal por cierto, es que ahora usamos términos más suaves, más blandos y más hipócritas en comparación a los que usábamos antes. Explicaré porqué esto no me parece correcto.

En el mundo de hoy, por ejemplo, es más fácil despedir a alguien. En lugar de la dura frase "estás despedido", se dice cordialmente "te estamos dejando ir". Para el aludido significa lo mismo, pero al que lo dice, le resulta más fácil y hasta reparador de conciencia. Ergo, lo usará con más frecuencia.

Los autos ya no son "usados". Ahora son "pre-poseídos". Curiosa variante que implica que aunque el auto tuvo un propietario anterior, no necesariamente significa que ha sido usado. ¿Subliminal? Sin duda.
Pero me gusta más "semi-nuevo". Es casi como decir "semi-embarazada"

Su solicitud de crédito ya no es "rechazada" o "denegada". ¡No, por Dios! Ahora es "declinada" o "no aceptada"

Antes, un trámite administrativo que no prosperaba, era porque "no se podía". Ahora es porque "hay un pequeño problema".

Y el nuevo lenguaje no crea palabras ni las pone de moda o las jerarquiza. Les cambia impunemente el significado y la razón  por la cual aquellas fueron creadas.

Ahora que si vamos a hablar de palabras, debemos hallar primero una definición de esta corriente lingüística. Y no se me ocurre pensar en otra que eufemística. Iremos al diccionario para ver que nos dice:

"Eufemismo: Palabra o frase que tiene como finalidad sustituir a todas aquellas que denotan ofensa, mala educación o que no sean bien vistas socialmente."

Otras interpretaciones interesantes al respecto:

"El eufemismo es la manera técnica en la que se nombra al encontrar una forma menos agresiva, dura o grosera de decir las cosas."

"El eufemismo es de uso cotidiano, ya que siempre es necesario encontrar formas más educadas y propias de expresar nuestras ideas para evitar rechazo, problemas sociales e incluso ofender a la gente."

Sin embargo hay en todo esto algo que no logro digerir por completo. Yo tenía entendido que como dice la definición inicial, el propósito es no ofender, ser mal educado (que es casi lo mismo) o no ser visto bien socialmente. En todo caso, parece estar orientado a no hacer daño al prójimo y no ser grosero con nadie.

Pero me pregunto cómo puedo ser menos ofensivo o más educado al decirle a ese prójimo "te estoy dejando ir" en vez de "estás despedido". Vamos, me parece a mí que el golpe que la persona siente es exactamente igual. Se ha quedado sin trabajo y punto.
Y es que el quid del asunto está precisamente en eso: "Voy a decir exactamente lo mismo, pero de una manera que me haga sentir mejor a MÍ y no al prójimo". El prójimo me sigue importando un carajo, con perdón de la expresión.



Recuerdo la primera vez que tuve que despedir a una persona. No pude dormir por tres días. Me enfermé del estómago, me sentía miserable y finalmente encontré el valor para hacerlo. Pero fue duro. Si hace veinte años hubiera podido decirle a esa persona "te estamos dejando ir", ni la siesta se me habría interrumpido. Suena tan bonito, tan amigable y tan democrático...

No quiero opinar en contra de los términos "políticamente correctos", sobre todo ahora que en vez de "viejo" soy un "adulto mayor", aunque no entienda claramente lo que esto significa. Soy mayor que el menor, supongo.  Asumo que debo compararme con el término opuesto.

Para mí, viejo era sinónimo de respeto y cariño. Hasta hoy me refiero a mi padre como "el viejo" y así lo llamaba cuando él tenía cuarenta años. Murió a los cuarenta y tres, pero siempre fue y será "el viejo". No me siento ofendido ni insultado cuando alguien me dice viejo, pero ahora debo aceptar que he sido clasificado con un nombre supongo que más bonito, o menos agresivo. No me molesta. Y hasta comprendo que mucha gente prefiera el nuevo término.

Pero no son esos los vocablos o frases que me irritan. Lo que me molesta es que el nuevo estilo de lenguaje está orientado hacia dentro y no hacia fuera. Es decir, me permite hacer con menos análisis y preocupación, cosas que van a afectar al prójimo tremendamente.

Odio las frases como Fuego amigable, Daño colateral, Limpieza étnica,  País en vías de desarrollo o Técnicas avanzadas de interrogatorio.
A mi entender denotan cobardía y sinceramente, mucho, mucho egoísmo.

No es así como crecí ni es así como soy.

agosto 17, 2014

Un Sueño Políticamente Incorrecto



Después de casi quince años de vivir en los Estados Unidos, todavía me cuesta bastante acostumbrarme a muchas de las interacciones diarias con otros seres humanos en este país.  No cabe duda, es una cultura y un sistema de vida muy diferentes a lo que los latinoamericanos estamos acostumbrados.

A raíz de todos los problemas de salud que he tenido en el último año y de los cuales estoy casi recuperado gracias a Dios, he tenido que interactuar con el sistema de salud americano y con el seguro médico que afortunadamente tenemos. Lleno de contradicciones y absurdos, siempre termina desconcertándome porque no he leído un par de líneas en la factura, en las indicaciones del médico, en fin.

Pero me quería referir a un tipo específico de medicinas, que son sin duda un problema grande de adicción en este país: las medicinas para el dolor o "painkillers" como se les conoce aquí y de los cuales, debido a las cirugías que he tenido, me han recetado una amplia variedad.

Cuando uno toma medicamentos para el dolor, sobre todo "de los buenos", es importante leer las contraindicaciones que tienen. No conducir automóviles, ni operar maquinaria pesada, verificar alergias, problemas hepáticos y renales, y otras recomendaciones que por lo menos a mí, me hacen sentir que con cada pastilla estoy tomando una decisión que podría cambiar toda mi vida. Y parece que cuanto más efectiva es, más advertencias y contraindicaciones tiene.


Hay algo de absurdo en todo esto, ya que se supone que los medicamentos se toman para prolongar y mejorar el nivel de vida. Me pregunto qué pasaría si cada hamburguesa de McDonald tuviera una  liberación de responsabilidad similar (Léase "disclaimer" en inglés) por cada hamburguesa que vendiera. Exactamente como ocurre en las farmacias de este país:
  • – Bienvenido a McDonald. ¿En que lo puedo ayudar?
  • – Quiero una hamburguesa con queso y tocino, papas fritas y una Coca Cola.
  • – Con todo gusto. ¿Me permite un documento de identidad con fotografía?
  • – ¿Para comprar una hamburguesa? Hágame el favor...
  • – Vea señor, estos son nuevos procedimiento que se han implementado para proteger su salud. ¿Tiene usted su documento?
  • – Está bien, aquí esta.
  • – Muchas gracias señor Salmerón. Su orden estará lista en 3 minutos.
Definitivamente, el concepto de "comida rápida" funciona a la perfección. Menos de 3 minutos después:
  • – Señor Salmerón, aquí está su hamburguesa con queso y tocino y sus papas fritas. ¿Dígame, ya ha consumido este artículo con nosotros?
  • – No, es la primera vez que la pido con tocino.
  • – En ese caso, déjeme llamar al cocinero sanitario de turno.
  • – Gracias, pero estoy un poco apurado.
  • – Lo lamento señor Salmerón. Este es un requerimiento legal que debemos cumplir. Y además es por su propio bienestar.
Diez minutos después, el ocupadísimo cocinero sanitario se acerca al mostrador para explicarme las consecuencias de comer una hamburguesa con queso y tocino, si sé que mi colesterol va a subir, que las arterias se me pueden bloquear, que voy a subir más de peso y si estoy consumiendo algún otro tipo de alimento que podría complicar mi digestión y perjudicar aún mas mi salud. Me indica también que debo leer las dos páginas adjuntas en las que están detallados los mecanismos de funcionamiento de los componentes en el cuerpo, los riesgos que estoy tomando y las contraindicaciones que debo saber. Al preguntarme si he entendido, debo contestar afirmativamente para que me den la hamburguesa.

Antes de pagar, debo también firmar una planilla en la que acepto que no me es posible responsabilizar a McDonald por cualquier problema relacionado a la ingestión de la dichosa hamburguesa.

Finalmente, con la hamburguesa fría, chorreando grasa en un pan ya sin consistencia alguna, y unas papas fritas pegajosas y almidonadas, trataré de comerla, pero probablemente termine tirando todo a la basura. Eso sí, separando el papel de la comida, por el asunto del reciclaje.


Volviendo al tema, ninguna de las contraindicaciones en el "disclaimer"  advierte que los sueños bajo la influencia de estos calmantes, suelen ser aterradoramente claros, absurdos y por alguna extraña razón, desagradables. Uno suele despertarse con el corazón latiendo a mil por hora, con sudor frío y sin la más absoluta noción de donde y con quien se está.


Yo hace muchos años que no recuerdo mis sueños, salvo esporádicas ocasiones y suelen haber sido olvidados antes del mediodía. Pero estos sueños quedan grabados a fuego y una semana después, los recuerdo como si fueran hechos reales. 

Es curioso que me olvide de las cosas que deseo recordar y recuerde aquellas que deseo olvidar. Naturaleza humana, que le dicen.

Lo que me ocurrió algunos días atrás con uno de estos sueños me dejó confundido y preocupado, así que quisiera compartirlo. Quiero remarcar que lo que soñé de ninguna manera refleja mis opiniones personales sobre este país y su cultura, simplemente trato de relatarlo tal y como ocurrió.


Como cualquier otro día, antes de acostarme me tomé mis dos pastillitas de Oxycontin  (10 contraindicaciones severas y 63 efectos secundarios posibles, de acuerdo a www.drugs.com. Por cierto, en ninguna parte había una sola palabra sobre pesadillas o sueños anormales).


Conciliar el sueño me toma más o menos una hora y me despierto una o dos veces por un rato. Usualmente a las 5 de la mañana ya estoy despierto y listo para un buen café. No siempre es así, pero es lo más usual.


Esa noche en mi último ciclo de sueño, al empezar a quedarme dormido sentí que me sumergía en una especie de sopor letárgico, en que la conciencia sigue despierta, pero es imposible abrir los ojos o mover alguna parte del cuerpo. Poco a poco empecé a sentirme etéreo (difícil para alguien de mi peso) y repentinamente me encontré en un limbo blanco, cuya mejor descripción sería la de una escena en el cielo de una comedia de segunda clase. Todo parecía ficticio, pero con cierto realismo que me impedía aceptar que era un sueño.


Sin saber realmente qué hacer, comencé a caminar sin rumbo alguno, pues daba lo mismo cualquier dirección, ya que no había caminos ni puntos de orientación. Solo una bruma blanca siempre a unos 10 metros alrededor de mí. Lleno de dudas y temores, me preguntaba si habría llegado al cielo, a una estación intermedia o a la antesala de algo importante y misterioso.


A lo lejos, logré divisar una borrosa silueta y cuanto más me aproximaba, mas desconcertado me sentía. Tenía frente a mí a un anciano rollizo, con barba y pelo muy blancos, vestido sólo con ropa interior blanca y un par de botas negras. Sin embargo, no es eso lo que me confundió. Lo curioso era que el hombre estaba sentado en un escusado, blanco también, calzoncillos abajo y leyendo el periódico, haciendo notoriamente sus necesidades fisiológicas. Digo notorias porque eran ruidosas y las emanaciones eran dolorosas al olfato.
De todas maneras, era la primera persona que me podía dar una idea de donde me encontraba y qué estaba pasando, así que con la mayor normalidad posible, le pregunté, como para entrar en confianza, que es lo que estaba haciendo. Su respuesta fue la única que no esperaba:


  • – ¿Cómo, no ve? Estoy buscando trabajo, pues.
  • – ¿Trabajo? ¿Aquí? ¿Y qué sabe hacer usted?
  • – Me parece que usted no se da cuenta de nada, jovencito. Vamos a dárselo fácil: Yo soy Papa Noel y justo después de la última Navidad me quedé sin trabajo. Me pusieron en la calle a mí, mis renos y mis duendes.
  • – ¡Pero eso no puede ser! Siempre tiene que existir Papa Noel. Es parte de los más gratos recuerdos de la niñez. Y estoy seguro que hablo en nombre de millones de niños y adultos que disfrutaron de su leyenda, de sus cuentos, y sobre todo de los regalos.
  • – Oiga joven, usted sigue sin entender nada de nada. La Navidad continúa, y Papa Noel también. Solo que el trabajo se lo han dado a otro.
  • – ¿Qué pasó? ¿Usted no hacía bien su trabajo?
  • – A las mil maravillas. Nunca una queja, siempre a tiempo, impecable y amable. Pero surgió un movimiento a favor de la diversidad Navideña, y en el gremio de Trabajadores Afro Americanos de la Navidad - TAAN (Afro American Christmas Workers o AACW por sus siglas en inglés) - elevaron una solicitud para que con el tema de igualdad de oportunidades, le dieran el trabajo de Papa Noel a uno de sus miembros.
    Inmediatamente el Senador por Alaska apoyó la moción, así como la Asociación Nacional para la Superación de la Gente de Color (NAACP o National Association for the Advancement of Colored People), y otras entidades a favor de la diversidad. Las redes sociales hicieron lo suyo y Tweeter y Facebook abrieron hashtags y páginas a favor.
  • – Cuando me di cuenta, me llegó una carta del Polo Norte agradeciéndome mis leales servicios, pero que ya era tiempo de cambio.
  • – ¿Y qué va a pasar ahora? Francamente me deja usted alelado.
  • – El próximo Papa Noel es afro americano, los renos han sido reemplazados por búfalos africanos y mis duendes por pigmeos de África Central. Me pregunto cómo volarán esos búfalos. No va a ser fácil entrenarlos. ¿Cómo harán los pigmeos con el frío que hace en el Polo Norte? No sé, no sé...
    Me imagino que los renos se quedarán por los bosques del norte. Aunque me es difícil visualizar una realidad así.
    Con decirle que el pobre Rudolph está en rehabilitación, pues se deprimió tanto con la noticia, que se dedicó a las drogas. Tuvo el problema de joven, pero se había recuperado estupendamente. Ahora tiene la nariz como una fresa gigante.
  • – ¿O sea que este año Papa Noel va a ser negro? Eso no tiene sentido, ni pies ni cabeza. Desde que se inició la tradición, Papa Noel ha sido blanco y sonrosado. ¿Y ahora va a ser negro y con la barba blanca?
  • – Definitivamente no puedo hablar con usted, Le agradeceré que no repita esa palabra cuando se dirija a mí. El término correcto es afro americano. El que usted usa es altamente ofensivo. ¡Que tenga usted un buen día!

Me tuve que retirar. El hombre se veía sumamente alterado. Sinceramente yo usé la palabra "negro" porque es mas cortita, sin pretender ofender a nadie, pero el pobre había tomado el tema de los términos apropiados muy en serio. Ni modo. Seguí caminando, pero seguía tanto o más confundido que antes.

En mis sueños, y en los sueños de muchos, me imagino yo, muchas situaciones absurdas como en la que yo me encontraba, no son cuestionadas, sino que se asume que son parte natural de una nueva realidad. Por ejemplo si en mis sueños se aparece mi hermano, y lleva puestas unas zapatillas rojas, algo que en la vida real difícilmente haría, me llamaría tanto la atención que la sospecha de estar en un sueño interrumpiría súbitamente toda la trama. Pero si apareciera saltando desde lo alto de un edificio de diez pisos, me parecería la cosa más natural del mundo.

Mientras más caminaba, más extraño sentía el ambiente, y donde miraba podía vislumbrar a lo lejos borrosas siluetas sin forma definida, por lo que decidí caminar al azar, que era lo mismo que trazarme un rumbo, pues no tenía ningún punto de orientación. No habían caminos, la luz blanquecina era uniforme y la bruma permanecía a mi alrededor.

Al poco rato, el ruido de voces me llamó la atención, y al acercarme pude ver que era un  grupo de negros, perdón, afro americanos, jugando a los dados en el piso. Todos ellos eran altos y fornidos y estaban muy bien vestidos con frac, corbata y guantes blancos. Aunque la indumentaria estaba limpia y de buena calidad, se notaba que conoció mejores tiempos. Las mangas de la camisa y los bordes de la levita se veían sumamente gastados.

Estaban tan concentrados en el juego que no se percataron de mi presencia hasta que en una pausa, me atreví a preguntarles si sabían dónde me encontraba. En vez de responderme, empezaron a preguntarme que como había llegado allí, que si ya había encontrado trabajo y si los podía recomendar para cualquier cosa. Una vez más, volví a preguntar qué hacían allí y a que se dedicaban.

Entonces el moreno más anciano, que ya tenía algunas canas, me dijo:

-        Nosotros somos cargadores de ataúdes en cementerios y nos hemos quedado sin trabajo hace ya tiempo. Hemos hecho esto por tantos años que prácticamente es la única habilidad que tenemos. Por eso mismo lo hacemos a la perfección. Cargar un féretro no es cosa de juego. Hay que pensar que el servicio tiene que ser perfecto, pues se debe respetar el dolor de los deudos. Como ve, somos fuertes, altos, y casi de la misma estatura. Cuando caminamos con el ataúd parece que éste flotara en el aire. No es fácil, no.
-        ¿Pero qué pasó? Siendo tan buenos en eso, ¿Por qué los botaron? ¿Drogas, alcohol, inasistencias?
-        De ninguna manera, mi amigo. Lo que pasó es que un buen día se nos acusó de exclusión y discriminación, pues como ve, somos todos afro americanos. Se planteó una demanda de la Cofradía Irlandesa Americana (Irish-American Brotherhood o IAB) en la que se decía que por años habíamos hecho este trabajo sin dar oportunidad a otros gremios o etnias que tenían el mismo derecho y aparentemente la misma capacidad para hacerlo.
-        ¡Pero los que siempre se quejan son ustedes, los afro americanos!
-        Los tiempos han cambiado mucho. Ya no es como antes. Demás está decir que primero la ciudad, después el estado y finalmente todo el país, apoyaron esta iniciativa  y de buenas a primeras nos vimos todos en la calle mientras que los cementerios estaban llenos de irlandeses grandes y pelirrojos, nariz hinchada  y cara de muy pocos amigos.
No hemos vuelto a ningún cementerio pero creo adivinar que no les debe haber sido fácil el armar los equipos, pues cuando empezaron lo único que hacían todo el tiempo era discutir y amenazar con irse de golpes a cada momento.
Ahora dígame, ¿no tiene usted un trabajito, algo que pudiéramos hacer?
-        No, lo siento mucho. Yo estoy perdido y tratando de salir de este lugar. ¿Usted me puede ayudar con eso? No tengo idea de cómo llegué y qué estoy haciendo aquí.
-        Bueno, lo que le puedo decir es que este lugar es donde vienen a parar los inútiles. No me malentienda por favor. Me refiero a aquellos que por una u otra razón no son de utilidad para esta nueva época. Es decir, inútiles, pues.

Sentí un escalofrió espantoso que me recorrió toda la espina dorsal. ¿Así que algo o alguien me había catalogado como inútil y me había archivado en este limbo desabrido y aburrido?

Por enésima vez en mi vida, decidí empezar a luchar de nuevo contra esta nueva adversidad. Este monstruo informe y despiadado que sin consultar ni avisar, me había desterrado del mundo real, de mis dolores, angustias y sufrimientos.

No podía dejar que esto ocurriera, así que me despedí del anciano y empecé a caminar con más prisa, sin rumbo aun, pero con un objetivo claro.
Sumido en mis pensamientos y resoluciones casi tropiezo con un poste. Al no poder ver la parte superior, no sabía si era de alumbrado o solo para sostener cables. No me di cuenta tampoco que abrazado al poste estaba un individuo de muy pequeña estatura, al que en mis tiempos se les denominaba enanos y que ahora se identifican como "pequeñas personas”, al que casi atropello.
Sin embargo, el pequeño personaje ni se inmutó. Es más, creo que ni se dio cuenta de mi presencia, tan absorto estaba mirando hacia arriba. Vestía librea y tenía puesta una peluca blanca como las que se usaban en la Francia de Luis XV. Ante tan curioso atuendo, hube de interrumpirlo para hacerle las preguntas de rigor con la curiosidad que me comía vivo.
-        Estoy tratando de ver para dónde van los cables de este poste. Es el primero que veo en casi un año que estoy aquí y estoy seguro que me llevará a algún lugar donde pueda conseguir un trabajo.
Acostumbrado ya a estas situaciones absurdas, le pregunté qué trabajo estaba buscando.
-        Pues yo era pasador de páginas para pianistas en las orquestas sinfónicas. Como el pianista toca a dos manos, se necesita alguien que le pase las páginas de la música. Debido a mi corta estatura pasaba desapercibido, pero en caso que alguien me viera, se daría cuenta de mi importancia por la elegante vestimenta que llevo y no desentonaría de ninguna manera en un ambiente tan exquisito.
-        ¿Y por qué  perdió el trabajo?
-        La Organización de Personas Altas (TPO por sus siglas en inglés) elevó su protesta, porque este trabajo solo se lo daban a Personas Pequeñas, lo cual era discriminatorio y anti inclusionista, así que tras una breve campaña en contra mía y de mis compañeros, se nos despidió y se contrató a Personas Altas solamente. Es todo un problema, pues deben medir más de un metro noventa para postular y ya están exigiendo un seguro médico adicional, debido que el estar tanto tiempo agachados o de cuclillas les está creando problemas en la columna.

Me alejé a toda prisa. Ya no podía seguir escuchando más quejas de desplazados o inútiles. Era una tortura terrible. Decidí seguir caminando y ya no perder el tiempo hablando con esta gente que lo único que hacía era angustiarme y deprimirme más.

Tuve suerte, pues tras unas horas, encontré un edificio inmenso, lleno de gente muy apurada, que caminaba de un lado a otro con voluminosos expedientes bajo el brazo.
Lleno de entusiasmo, pues un edificio como este representaba algún tipo de autoridad y operatividad, lo que me hizo creer que podría salir de allí.
Me acerqué al área de recepción, donde varias señoritas atendían al público. Tuve la suerte que una me ofreciera su ayuda casi de inmediato.
-        Señorita, disculpe usted, pero estoy perdido. No sé cómo llegue aquí y no sé cómo irme. ¿Me puede ayudar? Por lo menos decirme donde me encuentro, por favor
-        Con mucho gusto señor. Está usted en el "Ministerio de Asuntos Étnicos y Raciales". Somos la entidad que define las etnias y defiende sus derechos, y por consecuencia, nos encargamos de todos los grupos minoritarios, marginados, maltratados u olvidados. También nos encargamos de depurar el lenguaje para evitar que algún ser humano sea identificado con términos ofensivos. Lo que se conoce como "políticamente correcto", vaya.
-        No sabía que existía una entidad así. ¿O sea que ustedes son los que definieron los términos nativo americano, afro americano, blanco, hispánico, etc.?
-        Efectivamente. Al principio fue bastante simple. Hicimos grandes grupos humanos de acuerdo a las etnias y clasificábamos a las personas por los rasgos propios de cada biotipo.
-        No veo que la cosa se pueda complicar mucho más después de eso. ¿O sí?
-        ¡Ay señor! Si usted supiera... Cada día se pone peor y ya no nos damos abasto para atender todas las solicitudes, denuncias, reclamos y quejas que recibimos.
Solo para darle un ejemplo, acabo de recibir una solicitud para la creación de una etnia adicional. La "Agrupación de Bosquimanos Americanos" (ABA) nos exige que creemos una etnia con ese nombre.
Mi compañera recibió ayer otro requerimiento similar  de los  "Luchadores Independientes del Movimiento Vaisia Dravidiano Americano" (LIMVDA), procedentes de algunas provincias del sureste de la India. Parece que tienen un color de piel más oscuro que el de los africanos, pero con otro origen étnico.
-        ¿Y estos dos grupos, como  están clasificados ahora?
-        Bueno, ambos son afro americanos y la mayoría de sus rasgos genéticos coinciden con esta etnia. Aparentemente, ambos grupos tienen sentimientos muy negativos hacia los africanos y se sienten ofendidos de ser denominados de esa manera.
-        No sabía que hubieran tantos bosquimanos de origen en los Estados Unidos.
-        No, sólo son 36, pero también tienen derechos. El otro grupo es un poco más grande. Algo así como 43 o 44 miembros, pero son muy apasionados al respecto.

A este punto, mi desesperación y confusión llego al límite, y me desperté con una angustia tremenda y la respiración muy agitada. Últimamente me toma más tiempo recuperar noción total de mi entorno, pero finalmente logré ubicarme y agradecer a Dios que no fue más que un sueño.

Sin embargo, me quedé pensando por varios días en este absurdo sueño y en las discusiones que tengo con mis hijas sobre el uso de términos políticamente incorrectos.

Como ejemplo, hace unos días, al ver por primera vez con ellas un "reality show" que trata de personas pequeñas y de cómo su vida trata de ser normal a pesar de todos los desafíos que les impone su estatura, exclamé:

-        ¡Todos son enanos!
-        ¡Papá! Esa palabra ya no se usa. Se les llama personas pequeñas.
-        Pero el término correcto es enano. Incluso en medicina, se usa la palabra para denominar la insuficiencia de tamaño.

Con ellas hay que usar argumentos poderosos y contundentes. De otra manera, me envuelven con sus conocimientos de la nueva realidad, recurren a "Google" en el "iPhone" inmediatamente y encuentran la manera de refutar todos y cada uno de mis argumentos.

Simplemente me respondieron:

-        No estamos hablando de medicina. Estamos hablando de sociedad. Y esa palabra es ofensiva y peyorativa para ellos.

Era inútil discutir. Al querer llevarme a los temas sociales, ellas y yo sabemos que llevo las de perder. Tengo que dar la discusión por terminada.

Pero mi realidad es otra. Siendo yo de corta estatura, incluso en el Perú, aquí en los Estados Unidos estoy muy por debajo del promedio de la población. En otras palabras, soy pequeño, y para usar un término clasificatorio, soy una persona pequeña. Es decir, "era" una persona pequeña.

Ahora los seres humanos que padecen de enanismo se han apropiado del término y yo tengo que buscar un término que pueda usar, pues el que me correspondía ha sido usurpado. 

¡Exijo una explicación!  Mientras tanto, lo pienso dos veces antes de tomar una pastilla para el dolor antes de dormir.

febrero 04, 2014

El Infantil - 1959 - 1960



Algunos años son en la vida de uno más importantes que otros y hay unos pocos que definitivamente marcan un cambio radical.

1959 fue para mí uno de estos últimos. Yo tenía ocho años y me consideraba una persona grande. Grande significaba que podía pensar, leer, escribir y hablar igual que ellos. Muchos años después me he sorprendido al ver que mi claridad de pensamiento entonces era mejor que la que tuve después, tal es nuestro herrumbroso, obsoleto y dolorosos proceso de aprendizaje y maduración emocional.

Ese año, y tras largas batallas libradas por mis padres, logré ingresar a Segundo Año "A" de primaria en La Inmaculada. Por razones que nunca conoceré, La Inmaculada era en la casa de mi abuela materna donde vivíamos, la institución educativa más importante del mundo. ¿Alguna relación con los jesuitas? Ninguna. ¿Alguien de la familia estudió en un colegio jesuita? Nadie. Solo mis primos, hijos de mi tía Malena, hermana de mi mamá, habían entrado y por los escasos comentarios que escuchaba en las sobremesas, sentado en las rodillas de mi madre, no les iba muy bien.

El único contacto formal era de mi abuelo paterno con el padre Fernando Vargas, en Arequipa, cuando mi abuelo era joven y el padre Vargas un jesuita recién egresado. Como buen español, mi abuelo buscaba compatriotas en Arequipa y sin duda, la comunidad jesuita era una mina de oro para él. Ahí se conocieron y entablaron una amistad formal. Pero mi abuelo estaba ya en España y para decirlo en términos eclesiásticos, no era santo de la devoción de mi abuela materna. Eso hasta yo lo sabía.

Pero mi madre era un cancerbero incansable. Por puro cansancio, la Madre Superiora del Infantil, como se le llamaba al colegio de Monterrico, que tenía a los alumnos de kindergarten a tercero de primaria, Eladia Garayar, aceptó tener una "cita" conmigo. Me llamó la atención la palabrita, pero en realidad era la adecuada. Una entrevista, evaluación, reunión, etc. hubiera implicado un compromiso posterior. Cita era más limpia y libre. Implicaba que no había obligación posterior alguna. Lima ha sido una ciudad siempre muy cuidadosa con el uso de la palabra y abundante en el uso de eufemismos.

Recuerdo la entrada principal, imponente y la Madre Eladia, más imponente todavía. Brevemente me dijo "Ven por aquí" y yo la seguí, mientas veía a mi tía Malena y a mi madre con el corazón en los ojos. Felizmente que no entendí su angustia, porque si no, hubiera corrido hacia ellas.

Entramos a una pequeña sala, me sentó frente a una mesa, y ella al frente me hizo algunas preguntas, supongo que para ver si hablaba castellano. No sé ni me acuerdo, pero luego entro otra monjita, muy dulce, y que posteriormente identificaría como la madre Carmen. Llevaba unas hojas, y un lápiz. Me hicieron leer y escribir. (Como con la claridad de pensamiento, mi escritura nunca fue mejor que ese día)
Después sumas, restas, y de pronto: ¡multiplicación y división! Eso no me lo habían enseñado en Primero de primaria y así se los hice saber. Entonces, la madre Carmen, con ese tono de voz tan suavecito y placenteramente agudo, me dijo "Vale, si no sabes, no te preocupes". Yo le dije que no me lo habían enseñado, pero que de saber, sabia. ¡Ah, la previsión materna! Mi madre me había enseñado la tabla de multiplicar y la multiplicación de por sí, es una operación simple. Estaba preparado.

Ahora que escribo esto, me doy cuenta que ese fue el punto de quiebre. Hice las multiplicaciones y divisiones y me llevaron de vuelta a mi madre, o mejor sería decir a dos ojos rodeados de un cuerpo, que brillaron solo de verme. Creo que ella estaba más segura que yo que iba a lograrlo. Este sentimiento me ha ocurrido a menudo con otras personas y en otras circunstancias. La gente parece creer más en mí que yo. Pero eso es otra historia.

Primer día de clases. Me recogió la góndola "1", que venía de La Punta, porque vivíamos en el Centro. Absolutamente cagado de miedo. Todos hablaban entusiastamente, contando sus aventuras de vacaciones, la playa y todas las cosas buenas del verano, más aun en La Punta. Mientras tanto, sentados en el ómnibus, mi hermano Eduardo, de 6 años y yo, ni siquiera nos hablábamos, del miedo que teníamos. Eduardo iba a transición y ya a esa edad amenazaba convertirse en una plaga. Inquieto, travieso, extrovertido y con un talento innato para la pendejada, me hacía la vida imposible cada día. Cada día durante años, nos peleamos físicamente en una rutina que a mí me llenó de paciencia y a él de recursos para escapar a la paliza. En realidad, era muy simple, apenas se despertaba, tenía como obligación ver como joderme la vida. Yo aguantaba, aguantaba (la eterna monserga de eres el hermano mayor, tienes que dar el ejemplo, etc.) hasta que reventaba, y le pegaba de alma. El lloraba, se molestaba y me pegaba en venganza mientras yo reía hasta que un golpe me dolía y empezábamos de nuevo. Así por horas. Hace 56 años de esto y creo que nunca ha habido una pareja de hermanos más unida que nosotros. Algunas lecciones de psicología infantil podrían hacer buen uso de esta experiencia.

Mientras tanto, sentía la incomodidad del uniforme. Se veía lindo y mi mamá lloró de emoción cuando nos vio a los dos ataviados con éste. Saquito azul sin solapas, borde celeste, pantaloncito corto gris, medias blancas, zapatos negros, camisa blanca y corbata celeste. La camisa merece comentario aparte. No tenía cuello, sino unos botones para colocar un cuello de plástico blanco, redondo, semiduro, imposible de sacar e incomodísimo. Un gorrito azul marino con tiras celestes y finalmente la gloriosa insignia del colegio en el bolsillo superior izquierdo del saco: CI.

Para mí eso era lo más bacán. La insignia por alguna razón despertaba sentimientos de orgullo, pertenencia y por qué no decirlo, superioridad. Definitivamente, desde que supe que iría a La Inmaculada, me convencí que era el mejor colegio del mundo, y el tiempo se encargó de darme la razón. Por lo menos en Lima.

El viaje tomo más de una hora, pero llegamos. Recuerdo haber dejado a Eduardo con la madre Nelly, con una cara de luna llena y bondad que iba más allá de la cofia. ¡Linda madrecita!

Me dirigí a Segundo "A". Era el primer salón entrando. Miré a mis futuros compañeros, todos conversando en grupos, alguno por ahí tejiendo llaveritos con hilos brillantes de plástico, otro con una pelota de futbol en su red, y dos o tres sacando caracoles de la pared.

Sonó el timbre y todos se pegaron a la pared en una cola que empezaba en la puerta de la clase. Finalmente entramos, y todos empezaron a tomar carpetas. Yo logré tomar una en la segunda columna, fila siete, casi al fondo. Puse mi maletín en el suelo y me senté. Llevaba también una bolsa con un overol verde claro, con mi nombre bordado en rojo al lado derecho del pecho.

Hizo su entrada una monja cuyo aspecto inspiraba respeto, sin ser ella muy grande o con alguna característica física, a excepción de una cara de facciones muy firmes, típicas del norte de España y el ceño fruncido casi por defecto.

Cuando hablo, si me faltaba que inspirara mas respeto, lo ganó después de la segunda silaba. Una voz fuerte, serena, pero dura.

- Soy la madre Isabel Caruncho y vosotros estaréis a mi cargo durante todo el año. Los que ya sabéis, id al fondo a dejar los sacos y las gorras y poneos el overol. Los nuevos, buscad algún gancho disponible y haced lo mismo.

Inmediatamente casi toda la clase se puso de pie y se fueron al fondo. Eso me dio tiempo para ver que éramos cuatro o cinco nuevos. No muchos. Luego me levanté e hice lo mismo que mis compañeros.

- Conmigo las cosas son muy sencillas. Solo podéis hablar cuando yo os lo pida. No podéis levantaros sin permiso y nunca, nunca lleguéis tarde a la fila para entrar a clase. Si cumplís con esto, os va a ir muy bien

Vaya. Casi como pedirle propina a mi padre. Imposible. Trataría de hacer lo mejor posible. Me costaría trabajo solo acostumbrarme al vosotros y a la "c" y la "z", pero era factible.

Así empezó el primer día del primer año que pasé en la Inmaculada.

Poco a poco empecé a conocer a mis compañeros de clase, pero recuerdo a algunos en especial. A mi lado izquierdo se sentaba Forcande, que era negociante desde chiquito. Me acuerdo que siempre estaba cambiando sus bolas lecheras por otras más bacanes, o lo más común: por varias de las corrientes. Ahora y en perspectiva, las bolitas corrientes eran en realidad muy bonitas, con el centro de color vivo, ya fuera rojo, verde o amarillo que de alguna forma parecía una especie de insecto de alas de colores, capturado para siempre dentro del cristal. Las lecheras, por el contrario, eran más bien transparentes o de un solo color, como negro o azul. Estaba las que vendía Sears, que eran de varios colores, pero pintados por encima. No eran feas tampoco, pero la limpieza y simplicidad de las bolitas corrientes me parece más hermosa.

Pero como siempre, hasta en ese mundo de pequeños seres, las leyes de oferta y demanda, tan humanas como dormir o comer, tenían plena vigencia. Las bolitas corrientes (o chuscas) se encontraban en todas las bodegas de Lima, mientras que las lecheras casi no estaban a la venta o eran siempre escasas.

Forcande me cambiaba 3 de mis lecheras de Sears, de las cuales tenía yo una bolsita llena por una de sus lecheras transparentes o de color entero. Legamos a un acuerdo posterior de dos por uno, pero terminamos en cinco por dos: "Pa' nadie"

Nuestras bolitas pasaron con el tiempo a formar parte de los tesoros de la madre Isabel que nos las decomisó por hacer transacciones ilícitas durante la clase. Fueron mis primeras clases de economía.

No tenía problemas con los cursos, a excepción de dibujo y caligrafía. Siempre he tenido un problema serio de coordinación motora fina, que cuando era chico se conocía simplemente como torpeza. Hacer las malditas letras en los cuadernos de doble raya era una pesadilla para mí. En dibujo, ni hablar. Cada hojita del cuaderno de dibujo "Rafael" parecía un minúsculo campo de cultivo, debido a todas las asperezas causadas por el uso constante del borrador y tenía un tono ligeramente marrón de los dedos sucios, el sudor y cuanto hubiera estado cerca del cuaderno.

Pero Gramática, Ortografía, Aritmética y Catecismo eran mis fuertes. Ya de chico me gustaba leer, y la madre Isabel cuando dictaba las palabras para Ortografía, se cuidaba mucho de pronunciar las "c", "s" y "z" de manera diferente, así como la "b" y la "v". Aritmética, gracias a Dios, siempre me fue fácil y en catecismo, teníamos en la casa una empleada que se terminó metiendo de monja, o sea que nos sabíamos el catecismo del derecho al revés.

A los pocos días de llegar, me enteré que Carlos Herrera era el primero de la clase y lo recuerdo con mucho cariño porque la primera fiesta de toda la clase fue en su casa, y me invitó cuando prácticamente no me conocía. Yo era muy tímido y me costaba trabajo hacer amigos en ese entonces. Ahora mi mujer amenaza con ponerme bozal cuando me saca a pasear, pues trato de hablar con todo el mundo.

Hay dos personas que grabaron poderosas imágenes en mi corazón.

La primera fue Nicola. Caminaba cojeando, y en esa época yo no tenía idea lo que era la polio y los estragos que causaba. Le pregunté a alguien y me dijo que había tenido polio de chiquito. No me dijo cuan chiquito porque a los 8 años, grandes no éramos. Cuando fui a mi casa le pregunté a mi mamá y ella me explicó que era una terrible enfermedad y aquellos que se recuperaban lograban caminar con mucho esfuerzo y dificultad.

En los recreos de diez minutos o en el de una hora, solíamos jugar ladrones y celadores. La mitad de la clase a un lado y la otra mitad del otro. Recuerdo que me tocó ser celador y Nicola era ladrón. Con la mezquindad de un ave de rapiña, me lancé a la carga dándome con la sorpresa que cuanto más rápido corría, más se alejaba él de mí, cojeando y todo. Me fue imposible alcanzarlo. No dije nada y cuando me tocó ser ladrón duré muy poco en libertad. Me capturó casi de inmediato. Aprendí en carne propia ese día lo que significaba lucha y superación. Luego, cuando lo vi jugar futbol, como arquero o jugador, pasó a ser uno de mis silenciosos ídolos al que siempre admiré mucho.

El otro personaje fue Beto Forlani. Con él me encontraría varias veces a lo largo de mi vida, y a pesar de su agresivo y directo estilo, le guardo gran cariño y respeto. Debo confesar que al principio, dado que me llevaba más de una cabeza y pesaba probablemente el doble que yo, le tenía terror. Hay que admitir que su aspecto no es amigable, vamos.

En el Infantil, el deporte de moda era cazar caracoles. Los había por cientos. Yo vivía en una casa del centro de Lima, donde en vez de jardín, en la parte de atrás teníamos un corral. Siempre estaba vacío a excepción de Navidad y Fiestas Patrias donde las tías Evita y Victoria nos mandaban sendos pavos vivos por encomienda desde Chiclayo. Cada vez que llegaban, sentía pena por los animales, porque llegaban en una especie de bolsa de yute de la cual solo salía la cabeza. Hasta les hacían asa con soguilla para cargarlos. Laboriosas las tías, pero los animales deben haber sufrido lo indecible durante el viaje y aun no me explico como podían permitirlo.

Llegaban cagados hasta el pico, les quitaban el yute y les amarraban las patas para manguerearlos a presión hasta que quedaran medianamente decentes, pero no lo suficiente como para jugar con ellos, así que a través de la ventana, solía mirar a estos extraños y curiosamente estúpidos animales.

En resumen, para mí un caracol era fascinante y podía observarlos por horas, así que fui el segundo día con mi bolsita de plástico para llevarme varios a mi casa. Una vez en el patio, Aliaga me dijo:


- Ten cuidado con Forlani. Si te ve, te va a quitar los caracoles
- ¿Por qué? ¡Si son míos! ¡Yo los he encontrado! Que se busque los suyos
- No - sigilosamente me murmuró - no se los guarda. ¡Los tira o los mata!
- ¡Ya sabía yo que era malo! ¿Y por qué?
- Nadie sabe. Pero no le gustan

Obviamente, sabía que si eso ocurría, sólo rezaría para que no me pegue, así que muy cuidadosamente, mirando a todos lados, capture mi primer caracol, luego el segundo y varios más. Cada vez miraba a mi alrededor y Forlani estaba no muy lejos, pero siempre de espaldas. Por codicioso, fui a capturar uno más de los que me había propuesto y escucho la voz de Forlani, como si se tratase del Creador:

- Salmerón ¿Que estás haciendo?
- ¿Yo? Nada Forlani, nada - con la voz temblorosa y la prueba del delito en una mano y la bolsa en la otra
- ¡Ya dame eso! ¡Tú eres nuevo, pero te advierto que no captures caracoles, ya sabes!

Con las manos temblorosas, al igual que las piernas y pensando que Forlani debía haber tenido un ojo en el occipucio, entregué mi botín, balbuceando unas disculpas.

Me resigné a mirar los caracoles en el colegio. De todas maneras, en mi casa, mi mamamita los hubiera decomisado igual.

Por varios meses, lo odié en silencio. Lo evitaba siempre y cuando me acercaba, lo hacía a una prudencial distancia de cinco metros, más o menos. Honestamente, me inspiraba miedo cerval.

Las cosas siguieron así, hasta que un día, presenciando una intervención caracoleana de Forlani, lo escuché darle explicaciones a un chiquito de primero:

- ¿Tú sabes qué va a pasar con estos caracoles? Se van a morir antes de que llegues a tu casa. ¿Y que les vas a dar de comer? ¿Sabes que comen? Esto es ser malo con los animales. ¡Ya dame tu bolsita!

¡O sea que había un motivo para lo que hacía! Claro, siempre con su encantador estilo, pero realmente no era tan malo como yo pensaba.

En los seis años que estuve en la Inmaculada tuve otras ocasiones de ver su buen corazón, pero la verdad es que el mejor regalo que le hubiéramos podido hacer es una beca para uno de esos cursos como "Charming 101". Hasta el día de hoy somos buenos amigos, y lo estimo, admiro y respeto mucho.

La Pensión de Lucha


* Dedicado con todo mi cariño a mi gran amigo y eximio guitarrista, Chicho Deza

Dentro de las muchas pensiones que me tocó vivir, una en especial me es particularmente grata y abriga muchos momentos especiales. La pensión de Lucha (por favor no malinterpretar, el nombre no guarda ninguna subliminal comparación con la pensión Soto).

Lucha era una mujer soltera, madura y al borde de lo que yo llamaría "solteronía". Los síntomas eran evidentes: excesivo maquillaje, carnes ya un poco flojas, siempre en minifalda y un exceso de hojas de afeitar en la basura.
Tenía un novio, italiano y fornido que siempre llegaba después de las 9 de la noche y se iba como a las 2 de la mañana. Su nombre era Leo y se veía a la legua que tenía vocación de solterón inveterado. Le decía a Lucha que vivía con su madre enferma y por eso no se casaban. En resumen, no se casarían nunca y quien sabe en unos 15 o 20 años vivirían juntos, ya en el cenit de la vida, para acompañarse en sus miserias.

Esto era en 1969, uno de los mejores años de mi vida. Época de la marihuana, LSD, Woodstock, la tabla hawaiana como deporte de moda y los Traffic Sound y los Mad como los primeros grupos de rock en ingles en Lima. Junto a estos fenómenos sociales, los primeros gay empezaban a salir del closet, amparados en la vestimenta colorida y audaz de la época.

Se respiraban aires renovadores y revolucionarios. Yo estaba en primer año de Universidad, tenía auto, independencia absoluta y una mesada sumamente razonable. Más que razonable, esplendida. No tenía problemas con el auto. Tenía crédito para el mantenimiento y la gasolina diaria. Pero vivir la vida loca no es barato.

Después de haber pasado un año en la casa de mi tío Ricardo, finalmente y por agotamiento, mi padre aceptó ponerme en una pensión. Después de mil averiguaciones y referencias, terminé en una casa de Miraflores, propiedad de una señora piurana que había confiado a Lucha, también pensionista, la administración de la pensión. A los pocos meses, Lucha decidió lanzar un golpe de estado.

Habló con todos los pensionistas ofreciéndoles una pensión suya con menor mensualidad y prácticamente todos aceptaron. Todos menos los de Piura. Así fue que los demás terminamos en una casa de Alcanfores, también en Miraflores. Solo perdimos a un gordito trujillano pintoresco de nombre Humberto Optaciano y a un gay que decidió irse a vivir al hotel Columbus.

Lo que hizo a esta pensión memorable y hasta histórica en Miraflores, fueron los inquilinos, turba de locos geniales y jaraneros. Éramos odiados por los vecinos, envidiados por los otros provincianos y admirados por los barrios de San Fernando y  Las Dalias

El variopinto tropel de huéspedes era en su mayoría de Pacasmayo, puerto idílico al norte de Trujillo, con playas maravillosas y gente generosa, directa y muy hospitalaria con una capacidad adquirida de consumir alcohol muy por encima del promedio no solo nacional, sino que me atrevería a decir arañando los primeros lugares a nivel mundial.

En mi dormitorio, que era el más grande, dormían los pacasmayinos: los hermanos Chicho y Tito, el Colorado y Coqui y  los únicos extranjeros: Memo, un muchacho de Trujillo, un poco mayor que yo, y un servidor, compartiendo sendas camas camarote.

Es preciso, antes que nada, hablar de Chicho. Estudió en el mismo colegio que yo, el San José Obrero de los Marianistas en Trujillo, y ocupé su carpeta durante 2 años, cuando él ya había terminado. Yo no lo conocí, pues entré cuando él ya era universitario.

Fue por muchos años considerado el mejor alumno del colegio, y cuando yo ingresé, Chicho era ya una leyenda. Tanto que sabían qué carpeta había ocupado y así me lo hicieron saber. Yo me lo imaginaba flaco, de cara larga y ojos hundidos, con ojeras de tanto leer y estudiar, además de introvertido, torpe y aburrido. Nadie con esas notas puede ser entretenido. Me equivoqué.

Cuando lo conocí, me di la sorpresa de encontrar un tipo bonachón, con la sonrisa siempre a flor de labios y el chiste o la broma en la punta de la lengua. Con anteojos y unos cachetes chapositos y muy generosos, parecía un muñequito de torta. Lo primero que pensé fue que era imposible que hubiera sido el alumno más brillante del colegio. No con ese aspecto por lo menos. A los 18 años uno se rige por estereotipos a falta de realidad vivida. Volví a equivocarme.

Chicho era eximio guitarrista, cualidad que le hubiera permitido ganarse la vida cómodamente, pero estudiaba ingeniería civil, difícil carrera y lo hacía bastante bien. ¡Lejos me imaginaba yo lo que pasaríamos en esa pensión gracias a esa guitarra!
  
Tito era más joven y tranquilo, mientras que el Colorado y Coqui eran los más serios de los cuatro. Pero en cuanto a capacidad de jarana y diversión, la afición les venía de sangre a todos.

Memo estudiaba agronomía, y era una persona alegre y de buen talante, con mucho sentido del humor. Compartíamos con él un pequeño invernadero, que de acuerdo a la versión oficial, albergaba una variedad de lechuga africana, que él usaba para sus investigaciones sobre la clorofila y yo, que estudiaba medicina, sobre las propiedades curativas de esta rara especie. Lucha se sentía orgullosa de tener estudiantes tan inmersos en la ciencia, pero la verdad es que era simplemente mariguana, de la variedad conocida como lechuga, que significa que había sido sembrada en Lima. Dosificábamos la cantidad de hojas, y cuando había cosecha, las llevábamos al dormitorio y las poníamos encima de un foco encendido. En cuestión de minutos, se habían secado y estaban listas para ser consumidas. Debo aclarar que si bien las semillas las puse yo, la mentira fue de Memo. Cuando dijo lechugas africanas, casi me atoro de risa, pero su seriedad era impecable. ¡Maestro!

En otro cuarto, un poco más pequeño, vivía Nelly, hija de un embajador centroamericano, mujer simpatiquísima y cariñosa, pero que lograba tumbar al más armado de los pacasmayinos en temas de trago. Situación muy desigual por cierto. Algo así como profesional contra amateurs. Compartía la habitación con Carlitos, su hijo de unos 16 añitos, muy gracioso y criollo, pero peligrosísimo. Además del pisco y la cerveza, era un vademécum actualizado de todo tipo de sustancias modificadoras de comportamiento, y que repartía con quien tuviera a bien aceptar la invitación. Una vez aceptada ésta, la vida humana entraba en riesgo cierto. Me consta personalmente.

Teníamos también un ecuatoriano, Dariel, muchacho alto y de facciones un poco gruesas, pero delicado como una dama y que siempre vestía con la última moda europea. Se veía que tenía mucho dinero. Hubo algunos roces con los demás, pues era más bien políticamente correcto y fino. Les traía flores a las mujeres, o les daba algunos piropos sobre el maquillaje, el vestido y el peinado. Cuanto más lo querían ellas, mas anticuerpos desarrollaba en el área cavernícola de la pensión, es decir, nosotros.

Había también un señor de cierta edad, unos cincuenta y tantos años, solterón por limitación social, ya que perdía el habla por completo frente a cualquier mujer, incluso a las empleadas que le servían el almuerzo. Don Armando había sido vista de aduana en Pacasmayo y terminó cayendo en esta pensión. Nunca dijo nada, pero me consta que se debe haber arrepentido más de una vez.

Aparte de los huéspedes, estaba Lucha, la dueña, mujer interesante para conversar y atractiva después de una botella de pisco. Nunca pasó nada, pero que casi todos lo intentamos, no es posible negarlo.

Teníamos dos empleadas, Felícita y Simona, que hubieran podido pasar por una versión de Laurel y Hardy femeninas. Felícita mediría un metro sesenta y Simona un metro treinta. La primera pesaría unos ciento noventa kilos, y la segunda no llegaba ni a los cincuenta. Graciosas y pícaras, pero feas como tempestades polares, conseguían resultados disimiles en el tema. Simona no se comía una rosca y andaba siempre de mal humor, en tanto que Felícita era un jilguero en celo. Cantaba todo el día, se escapaba fuera de la casa y a veces "portoneaba" a algún fornido guachimán o heladero. Como dormían las dos juntas, Simona tenía que bajar a dormir en la cocina, renegando. Su mal humor o  la sonrisa y ese brillo característico de gorda contenta de Felícita eran nuestros indicadores de si el almuerzo iba a estar malo o bueno.

No me consta de nadie que se aventurase en ese tortuoso, difícil y extenuante camino, pero estoy seguro que más de uno se acurrucó bajo esas polleras de tres metros de diámetro. Sé que el chofer de mi padre, chepenano muy ocurrente, recaló en ese puerto en más de una ocasión y una vez me dijo:
  • Ay hermanito, la gorda me lo deja como palta machucada. ¡Tengo que orinar sentado como por una semana!


Yo la verdad, no entendí bien a que se refería. Me tomó algunos años darme cuenta.

En este micro mundo era fácil prever lo difícil que sería estudiar. Efectivamente, me costó mucho trabajo aprobar todos los cursos del primer ciclo en la Cayetano Heredia. Creo que fui a examen de aplazados o sustitutorios en todos los cursos menos Literatura, donde conocí a un loco extraordinario: Luis León Herrera. Me hizo ver que ignorante era en todos los temas relacionados a la Literatura. Pero el punto fue que aprobé todo,

Aparte de la recua de irresponsables con los que andaba en mi auto y en la Universidad, cuando llegaba a la pensión, con toda la idea de estudiar algo, no bien entraba, escuchaba la guitarra de Chicho en el jardín del fondo. Al acercarme, y esto se convirtió en rutina interdiaria, estaba Chicho, usualmente con Tito y un par de pacasmayinos o Javier, amigo de Chicho, gran tipo, cantando música criolla sentados alrededor de la mesa y una botella de pisco barato encima con un solo vasito, que iba rotando rápidamente.

Al preguntar cándidamente qué estaban celebrando, invariablemente Chicho decía

  •         ¡Mi no cumpleaños, pues Chobi!
  •         ¿Cómo que tu no cumpleaños? - Me decían Chobi en la universidad. Este personaje era el primo de Tobi, de las tiras cómicas de la Pequeña Lulú. Era idéntico a Tobi, solo que mucho mas jodido y mas chiquito. Aun ignoro el origen del apodo. ¿Jodido yo? ¡Por favor!
  •         Claro, pues. Mi cumpleaños es el 18 de Diciembre y estamos en Julio, así que por fuerza, hoy es mi no cumpleaños.

 Con un argumento tan contundente, dejaba mis libros al lado y me sentaba, tratando de que el siguiente vaso de pisco fuera para mí. Fue así que aprendí innumerables canciones criollas que he disfrutado muchísimo durante toda mi vida. Íbamos de Pinglo a Cavagnaro, pasando por Polo Campos y Lorenzo Sotomayor, sin olvidar a glorias como Ormeño, Condemarin y los Hermanos Ascuez. Por supuesto, Chabuca, imposible no mencionarla. Poco a poco, se nos iba agregando más gente. Lucha, Nelly, Carlitos y visitantes que llegaban sabiendo de seguro que serian bien recibidos.

Mi amistad con Chicho fue casi instantánea. Hay con ciertas personas una química difícil de explicar que en tu fuero interno te dice que te vas a llevar muy bien con ellas. Con Chicho fue algo así. La mirada franca, la sonrisa a flor de labios y ese aspecto de buena persona. El asunto es que nos hicimos grandes amigos y aprendíamos juntos todos los valses que encontrábamos en cancioneros criollos descubiertos en alguna parte del centro de Lima o el Rímac y Barranco.  Gracias a él no solo me hice fanático de la música criolla sino que aprendí a cantarla y a estudiarla.

Justificaba mi ociosidad académica pensando que estaba adquiriendo cultura musical vernácula, lo que no dejó de ser cierto, pero a esa edad, esta excusa no engañaba a nadie.

Cantábamos toda la noche, hasta que se hubiera acabado el pisco, que ocurría normalmente después de seis o siete botellas o hasta que estuviéramos completamente ebrios. Esto último era poco frecuente. Pero estas tertulias terminaban siempre en conversaciones apasionadas, soluciones a los grandes problemas, ya fuera del mundo entero, del país, de la provincia o de alguien en particular, todo entre grandes expresiones de amistad. No recuerdo una sola velada que haya terminado en un conato de bronca o en una agria discusión, donde los involucrados dicen frases de las que se arrepentirán amargamente al día siguiente. ¡Era  fantástico levantarse con la conciencia limpia y tarde para ir a la Universidad!

Felizmente yo tenía mi asistente, el flaco Palito, que llegaba para despertarme, vestirme y lavarme la cara. Esa es otra historia, y larga, por cierto.

Un día, llegando de la Universidad, estaban en la puerta dos personas  ofreciendo literatura y tratando de convencer sobre la existencia de Dios pero en un entorno bíblico y mormónico que me sonaba a mí como una mezcla de Jesucristo con Disneylandia. Siempre me preguntaba cual era su performance en relación a ventas, y calculo que sería como de ochocientos a uno, pero ahí seguían admirablemente en la brega.

En esta ocasión eran dos mujeres, una peruana, menudita, fea como el diablo y la otra americana, de casi un metro ochenta, cara de ángel y cuerpo espectacular, a pesar de las ropas holgadas. Quede enamorado de inmediato. Tanto así que las invite a pasar, y la gringa, en perfecto español, hablo como por una hora, en la que yo asentía bobaliconamente sin prestar atención ninguna a lo que decía. Mis ojos navegaban desde sus ojos azules hasta la escasa media pantorrilla de su amplia falda en un recorrido sin fin, tratando de adivinar más en cada pasada.

Al cabo decidió levantarse y logré entender que le interesaba regresar para seguir profundizando en las creencias mormónicas, dado que yo mostraba tanto interés a lo cual asentí entusiastamente. Le tomó ocho largas sesiones darse cuenta que yo no s lo no había entendido nada sino que nunca supe de qué me estaba hablando. Se molestó y cuando le dije lo que pensaba, se molestó aun más - curioso, por cierto - y dejó la pensión con un tirón de puerta sonoro y violento. Terminó ahí mi relación con el Ángel de las Bolas de Oro. (Perdón: de la bola de oro)

Y desde luego, estaba mi hermano Eduardo, inquilino ocasional de la pensión. El estudiaba en Trujillo, pero cada vez que venía a Lima con mi padre, se alojaba conmigo.

Yo nunca he conocido alguien como él. Es difícil describirlo. Cuando teníamos 4 y 5 años, ya sacaba las pistolas de la cartuchera mas rápido que yo y como ya lo he mencionado antes, tenía ese don increíble para la joda. He visto mucha gente que se esfuerza mucho para ser más vivo que los demás, pero creo que el único que he conocido bien que lo tenía como parte intrínseca de su naturaleza, ha sido él.

El ultimo día de su primera visita, y como quien me hace un regalo maravilloso, me llevó al baño del segundo piso, me enseñó una minúscula ventana encima del bidet y me dijo

  •         Si te paras encima del bidet como a las diez de la noche, verás a la vecina cuando se cambia de ropa,
  •         ¿Cómo? ¿De qué vecina me hablas? - Llevando la palabra a los hechos, se puso de pie encima del bidet y me indicó dónde tenía que mirar, animándome a subir.
  •         ¿Ves? Esa ventana de la casa gris a la mano derecha. Ahorita no se ve nada pero cuando prende la luz, es como en las películas.


Aun preguntándome como en escasos cuatro días había dado con una cosa así, internamente ya estaba esperando las diez de la noche. Hay que tener en cuenta que 18 años son 18 años y la testosterona se sale hasta por el lacrimal del ojo...

-        No le digas a nadie, que quiero verla cuando regrese en dos meses, ¿ah?

Esa noche, solo diré que fue tal y como Eduardo lo había descrito. Pero mi generoso corazón me obligó a compartir este acontecimiento con Chicho, con las reservas del caso. Por supuesto, Chicho sólo se lo dijo a su hermano Tito, y Tito sólo se lo dijo a Optaciano, que sólo se lo dijo a...

El caso es que esa noche a las diez, habían doce personas en el baño, a oscuras, todos tratando de subir al bidet, con las consiguientes caídas, patadas y resbalones. Los gritos, insultos y quejidos subían de volumen dramáticamente. No solo se enteró el resto de los pensionistas, sino y por sobre todos, la vecina.

Hice silenciosa guardia varias noches después de esa ófrica jornada, pero fue inútil. Nunca más pudimos disfrutar del espectáculo. Por supuesto, Eduardo al enterarse, sólo dijo

  •         ¿Ya ves? Uno se esfuerza por hacerte favores y terminas malogrando todo. Ni más te cuento. - Felizmente, no mantuvo su palabra


En otra de sus visitas, aproximadamente a las siete de la noche de un sábado, tenía esa mirada que yo tanto temía - la de alguna maquinación inimaginable - y en eso me dice

  •         ¿Por qué no hacemos unas llamaditas telefónicas?
  •         ¿A quién? ¡Tú no conoces a nadie aquí en Lima!
  •         Pásame la guía telefónica, vas a ver como si conozco gente


Chicho, quien junto con Tito y el Colorado, estaban sentados con nosotros en la sala, le alcanzó la guía. Mala idea. A continuación Eduardo empezó a hojearla y en breves instantes ya estaba marcando un número.

  •         ¿Aló, buenas noche, el general Armando Artola, por favor? - Artola era el Ministro de Gobierno, el número dos de la dictadura militar de ese entonces y un verdadero hijo de puta. Todos nos miramos, asustados y a punto de correr al baño con diarrea fulminante.
  •         Si, de parte del Secretario del Dr. Luis Miró Quesada - Miró Quesada era el dueño y director del diario más grande y antiguo del Perú. Un tipo muy influyente, sin duda.
  •         Muchas gracias. Si, espero, por supuesto. - Con él, esperábamos todos, con el alma en vilo. Ya no sabíamos si ir al baño o cagarnos ahí mismo, pero de risa. ¿Cómo le podían creer a este imberbe de 16 años?
  •         ¿Aló, general Artola? Buenas noches, lo saluda el secretario del Dr. Miró Quesada, para recordarle la cena de mañana en el Trocadero. - ¡El Trocadero era el burdel más conocido de Lima!

Inmediatamente colgó y empezó a desternillarse de risa. Las reacciones fueron diversas, pero al final todos terminamos riendo a mandíbula batiente.

Claro, eran otros tiempos. Todos los teléfonos estaban en la guía y estos eran negros, rotatorios y de bakelita. La única forma de interceptar una llamada era tirando un cable directo al otro teléfono y sabíamos que al menos en nuestro caso, no iba a ocurrir. Hizo varias llamadas más. Al alcalde de Lima, a la comisaría mas cercana, y a no sé qué otros lugares o personajes. Realmente, su creatividad para la joda era extraordinaria.

En este agradable tenor, transcurría el año y se aproximaba mi cumpleaños, el primero de diciembre. Yo pensaba hacer una buena jarana con los párceros habituales, pero Nelly y Lucha, que me tenían un cariño especial, me dijeron que había que celebrarlo en grande. ¡Después de todo, ya iba a cumplir 19 años!

Se ofrecieron para hacer una comida, a lo cual no supe decir que no, para variar. Pero faltaba la carne, que era cara y lo poco que yo tenía, estaba sólidamente destinado a las bebidas espirituosas. Chicho y su amigo Javier, presentes en la conversación, escuchaban con atención y Javier se ofreció a poner corazones de pollo, los que fueran necesarios. El tenia granjas de pollos y a pesar de su juventud, era un tipo muy emprendedor y responsable. Yo, que no conocía a nadie joven que se ganara la vida por sí mismo, casi en sorna le pregunté:

  •         ¿Como 500 corazones? Eso es como 125 anticuchos...
  •         Eso, y más, si es necesario. Eso sí, tienen que ir a recogerlos.

Sorprendido y con una mirada de respeto recién adquirida, acepté de inmediato, y fuimos con Chicho al lugar indicado. Javier estaba allí, y descubrí lo que significaba recogerlos. ¡El lugar era un camal de pollos! El proceso era simple: venían los pollos en unas javas, el matarife los cogía de las patas, les cercenaba el cuello, y lo pasaba al desplumador, que tenía una olla con agua hirviendo, de donde pasaban ya pelados al eviscerado. Las vísceras iban a la derecha y los pollos a la izquierda, donde los colgaban y acomodaban para llevarlos directamente al mercado.

Todo el trayecto, es decir el vía crucis del pollo, duraba menos de un minuto. Estos tipos eran velocísimos y sumamente expertos. Javier nos indicó a Chicho y a mí que nos pusiéramos al lado de las vísceras, nos enseñó dónde cortar para sacar el corazón y pusimos manos a la obra.

Literalmente haciendo de tripas corazón, en un par de horas tendríamos unos 800 corazones de pollo, cantidad más que suficiente como para alimentar a Heliogábalo o a sus hijitos que vivían en la pensión. La única duda que tenía era si me atrevería a comérmelos.

¡Llegó el día esperado! Sinceramente esperaba que fuera una jornada memorable, agradable y en la intimidad de buenos y pocos amigos. Era sábado y llegué a la pensión como a las seis de la tarde. Al entrar, vi que ya estaba lista la parrilla, había hasta 3 guitarras en la sala y de la cocina salían aromas muy provocativos. Nelly, Lucha, Felícita y Simona estaba preparando ensaladas, papas, yucas y piqueos. Silenciosamente subí pensando que a lo mejor esta jarana iba a ser un poquito más intensa que otras vividas allí...

Una vez trapeado, decorado y perfumado, bajé y ya habían como diez personas, todos buenos amigos. Por supuesto, Chicho ya estaba sentado en el jardín, cantando, así que con unas cervecitas en la mesa, empezamos la fiesta alrededor de las siete y media de la noche. Cada cinco minutos me tenía que levantar a saludar a alguien que llegaba, así que decidí dejar que Chicho y otros 2 amigos guitarristas, se encargaran de la música.

Cuando me di cuenta, éramos casi cincuenta personas entre gente del barrio, de la Universidad y anexos, y por supuesto, de Pacasmayo. Estos últimos eran la mayoría y la cerveza se acabó gracias a ellos en menos de una hora. Hubo que recurrir al Pisco glorioso. Ignoro de donde salían tantas botellas, pero nunca faltó el trago.

Entre el brumaje y la niebla, recuerdo que me hicieron huésped ilustre de Pacasmayo y hubiera jurado que alguien quería darme las llaves de la ciudad. La música criolla sonaba estentóreamente y los grupos por toda la casa conversaban animadamente y a carcajada limpia.

Con toda esta bulla, no pasó mucho tiempo antes que se presentara la policía por quejas de los vecinos. Ignoro que les dijeron, pues me hice el desentendido hasta que los vi sentados comiendo anticuchos de pollo y unos generosos vasos de pisco, riendo a carcajadas y sin perdonar ninguna vianda. Una hora después se retiraron, zampados y entre grandes abrazos, suplicándonos que no hiciéramos tanto ruido, ruego que fuera olvidado al cerrar la puerta.

Una hora después, se aparecen otros policías, pero ya advertidos por la pareja anterior, fueron directamente al grano: - ¿Podemos entrar a revisar el local? Parece que la queja es porque hace mucho humo... - Inmediatamente los sentaron, los llenaron de trago y comida y después de otra hora, se marcharon en los mismos términos que la primera pareja. ¡Hermanones del alma!

La cosa ya estaba poniéndose un poco peligrosa. Algún ilustre parroquiano se puso a buscar sus llaves que se habían caído atrás de un aparador en el comedor, con habilidad tal, que lo hizo caer boca abajo, rompiendo todo lo que había en el interior. Lucha estaba tan borracha que no se dio ni cuenta y volvieron a poner el mueble en su sitio.

Al final recuerdo que el vecino de la casa de al lado, el Sr. Velarde, padre de cuatro guapísimas hijas que no nos daban ni los buenos días, se presentó a la puerta, descompuesto y al borde de la histeria. Mientras estaba hablando con Lucha, escucho a mi amigo Alberto gritar:

  •         ¡Díganle que no joda y que mande a sus hijas de una vez!

Se puso tan mal el hombre que Leo, el marinovio de Lucha, decidió clausurar la noche. Después de todo, ya eran casi las cuatro de la mañana...

Al día siguiente Chicho y yo bajamos al jardín tratando de encontrar la guitarra y nos dimos con un espectáculo surrealista:

Las plantas y arbustos del borde del jardín habían sido pisoteados o arrancados por alguna desconocida razón, las lechugas africanas habían desaparecido por completo y el jardín estaba lleno de manchas circulares de color morado. Nos tomo un tiempo entender que eran el resultado de la ensalada rusa que prepararon Lucha y Nelly con betarragas.

Horrorizados, subimos a nuestro cuarto de nuevo y no salimos hasta el día siguiente para ir directamente a la Universidad.

Pero ahora, 43 años después, doy gracias a toda esta estupenda gente con la que conviví y me divertí hasta lo indecible.


¡Chicho, mi hermano! ¡Un abrazo y salud!