febrero 04, 2014

El Infantil - 1959 - 1960



Algunos años son en la vida de uno más importantes que otros y hay unos pocos que definitivamente marcan un cambio radical.

1959 fue para mí uno de estos últimos. Yo tenía ocho años y me consideraba una persona grande. Grande significaba que podía pensar, leer, escribir y hablar igual que ellos. Muchos años después me he sorprendido al ver que mi claridad de pensamiento entonces era mejor que la que tuve después, tal es nuestro herrumbroso, obsoleto y dolorosos proceso de aprendizaje y maduración emocional.

Ese año, y tras largas batallas libradas por mis padres, logré ingresar a Segundo Año "A" de primaria en La Inmaculada. Por razones que nunca conoceré, La Inmaculada era en la casa de mi abuela materna donde vivíamos, la institución educativa más importante del mundo. ¿Alguna relación con los jesuitas? Ninguna. ¿Alguien de la familia estudió en un colegio jesuita? Nadie. Solo mis primos, hijos de mi tía Malena, hermana de mi mamá, habían entrado y por los escasos comentarios que escuchaba en las sobremesas, sentado en las rodillas de mi madre, no les iba muy bien.

El único contacto formal era de mi abuelo paterno con el padre Fernando Vargas, en Arequipa, cuando mi abuelo era joven y el padre Vargas un jesuita recién egresado. Como buen español, mi abuelo buscaba compatriotas en Arequipa y sin duda, la comunidad jesuita era una mina de oro para él. Ahí se conocieron y entablaron una amistad formal. Pero mi abuelo estaba ya en España y para decirlo en términos eclesiásticos, no era santo de la devoción de mi abuela materna. Eso hasta yo lo sabía.

Pero mi madre era un cancerbero incansable. Por puro cansancio, la Madre Superiora del Infantil, como se le llamaba al colegio de Monterrico, que tenía a los alumnos de kindergarten a tercero de primaria, Eladia Garayar, aceptó tener una "cita" conmigo. Me llamó la atención la palabrita, pero en realidad era la adecuada. Una entrevista, evaluación, reunión, etc. hubiera implicado un compromiso posterior. Cita era más limpia y libre. Implicaba que no había obligación posterior alguna. Lima ha sido una ciudad siempre muy cuidadosa con el uso de la palabra y abundante en el uso de eufemismos.

Recuerdo la entrada principal, imponente y la Madre Eladia, más imponente todavía. Brevemente me dijo "Ven por aquí" y yo la seguí, mientas veía a mi tía Malena y a mi madre con el corazón en los ojos. Felizmente que no entendí su angustia, porque si no, hubiera corrido hacia ellas.

Entramos a una pequeña sala, me sentó frente a una mesa, y ella al frente me hizo algunas preguntas, supongo que para ver si hablaba castellano. No sé ni me acuerdo, pero luego entro otra monjita, muy dulce, y que posteriormente identificaría como la madre Carmen. Llevaba unas hojas, y un lápiz. Me hicieron leer y escribir. (Como con la claridad de pensamiento, mi escritura nunca fue mejor que ese día)
Después sumas, restas, y de pronto: ¡multiplicación y división! Eso no me lo habían enseñado en Primero de primaria y así se los hice saber. Entonces, la madre Carmen, con ese tono de voz tan suavecito y placenteramente agudo, me dijo "Vale, si no sabes, no te preocupes". Yo le dije que no me lo habían enseñado, pero que de saber, sabia. ¡Ah, la previsión materna! Mi madre me había enseñado la tabla de multiplicar y la multiplicación de por sí, es una operación simple. Estaba preparado.

Ahora que escribo esto, me doy cuenta que ese fue el punto de quiebre. Hice las multiplicaciones y divisiones y me llevaron de vuelta a mi madre, o mejor sería decir a dos ojos rodeados de un cuerpo, que brillaron solo de verme. Creo que ella estaba más segura que yo que iba a lograrlo. Este sentimiento me ha ocurrido a menudo con otras personas y en otras circunstancias. La gente parece creer más en mí que yo. Pero eso es otra historia.

Primer día de clases. Me recogió la góndola "1", que venía de La Punta, porque vivíamos en el Centro. Absolutamente cagado de miedo. Todos hablaban entusiastamente, contando sus aventuras de vacaciones, la playa y todas las cosas buenas del verano, más aun en La Punta. Mientras tanto, sentados en el ómnibus, mi hermano Eduardo, de 6 años y yo, ni siquiera nos hablábamos, del miedo que teníamos. Eduardo iba a transición y ya a esa edad amenazaba convertirse en una plaga. Inquieto, travieso, extrovertido y con un talento innato para la pendejada, me hacía la vida imposible cada día. Cada día durante años, nos peleamos físicamente en una rutina que a mí me llenó de paciencia y a él de recursos para escapar a la paliza. En realidad, era muy simple, apenas se despertaba, tenía como obligación ver como joderme la vida. Yo aguantaba, aguantaba (la eterna monserga de eres el hermano mayor, tienes que dar el ejemplo, etc.) hasta que reventaba, y le pegaba de alma. El lloraba, se molestaba y me pegaba en venganza mientras yo reía hasta que un golpe me dolía y empezábamos de nuevo. Así por horas. Hace 56 años de esto y creo que nunca ha habido una pareja de hermanos más unida que nosotros. Algunas lecciones de psicología infantil podrían hacer buen uso de esta experiencia.

Mientras tanto, sentía la incomodidad del uniforme. Se veía lindo y mi mamá lloró de emoción cuando nos vio a los dos ataviados con éste. Saquito azul sin solapas, borde celeste, pantaloncito corto gris, medias blancas, zapatos negros, camisa blanca y corbata celeste. La camisa merece comentario aparte. No tenía cuello, sino unos botones para colocar un cuello de plástico blanco, redondo, semiduro, imposible de sacar e incomodísimo. Un gorrito azul marino con tiras celestes y finalmente la gloriosa insignia del colegio en el bolsillo superior izquierdo del saco: CI.

Para mí eso era lo más bacán. La insignia por alguna razón despertaba sentimientos de orgullo, pertenencia y por qué no decirlo, superioridad. Definitivamente, desde que supe que iría a La Inmaculada, me convencí que era el mejor colegio del mundo, y el tiempo se encargó de darme la razón. Por lo menos en Lima.

El viaje tomo más de una hora, pero llegamos. Recuerdo haber dejado a Eduardo con la madre Nelly, con una cara de luna llena y bondad que iba más allá de la cofia. ¡Linda madrecita!

Me dirigí a Segundo "A". Era el primer salón entrando. Miré a mis futuros compañeros, todos conversando en grupos, alguno por ahí tejiendo llaveritos con hilos brillantes de plástico, otro con una pelota de futbol en su red, y dos o tres sacando caracoles de la pared.

Sonó el timbre y todos se pegaron a la pared en una cola que empezaba en la puerta de la clase. Finalmente entramos, y todos empezaron a tomar carpetas. Yo logré tomar una en la segunda columna, fila siete, casi al fondo. Puse mi maletín en el suelo y me senté. Llevaba también una bolsa con un overol verde claro, con mi nombre bordado en rojo al lado derecho del pecho.

Hizo su entrada una monja cuyo aspecto inspiraba respeto, sin ser ella muy grande o con alguna característica física, a excepción de una cara de facciones muy firmes, típicas del norte de España y el ceño fruncido casi por defecto.

Cuando hablo, si me faltaba que inspirara mas respeto, lo ganó después de la segunda silaba. Una voz fuerte, serena, pero dura.

- Soy la madre Isabel Caruncho y vosotros estaréis a mi cargo durante todo el año. Los que ya sabéis, id al fondo a dejar los sacos y las gorras y poneos el overol. Los nuevos, buscad algún gancho disponible y haced lo mismo.

Inmediatamente casi toda la clase se puso de pie y se fueron al fondo. Eso me dio tiempo para ver que éramos cuatro o cinco nuevos. No muchos. Luego me levanté e hice lo mismo que mis compañeros.

- Conmigo las cosas son muy sencillas. Solo podéis hablar cuando yo os lo pida. No podéis levantaros sin permiso y nunca, nunca lleguéis tarde a la fila para entrar a clase. Si cumplís con esto, os va a ir muy bien

Vaya. Casi como pedirle propina a mi padre. Imposible. Trataría de hacer lo mejor posible. Me costaría trabajo solo acostumbrarme al vosotros y a la "c" y la "z", pero era factible.

Así empezó el primer día del primer año que pasé en la Inmaculada.

Poco a poco empecé a conocer a mis compañeros de clase, pero recuerdo a algunos en especial. A mi lado izquierdo se sentaba Forcande, que era negociante desde chiquito. Me acuerdo que siempre estaba cambiando sus bolas lecheras por otras más bacanes, o lo más común: por varias de las corrientes. Ahora y en perspectiva, las bolitas corrientes eran en realidad muy bonitas, con el centro de color vivo, ya fuera rojo, verde o amarillo que de alguna forma parecía una especie de insecto de alas de colores, capturado para siempre dentro del cristal. Las lecheras, por el contrario, eran más bien transparentes o de un solo color, como negro o azul. Estaba las que vendía Sears, que eran de varios colores, pero pintados por encima. No eran feas tampoco, pero la limpieza y simplicidad de las bolitas corrientes me parece más hermosa.

Pero como siempre, hasta en ese mundo de pequeños seres, las leyes de oferta y demanda, tan humanas como dormir o comer, tenían plena vigencia. Las bolitas corrientes (o chuscas) se encontraban en todas las bodegas de Lima, mientras que las lecheras casi no estaban a la venta o eran siempre escasas.

Forcande me cambiaba 3 de mis lecheras de Sears, de las cuales tenía yo una bolsita llena por una de sus lecheras transparentes o de color entero. Legamos a un acuerdo posterior de dos por uno, pero terminamos en cinco por dos: "Pa' nadie"

Nuestras bolitas pasaron con el tiempo a formar parte de los tesoros de la madre Isabel que nos las decomisó por hacer transacciones ilícitas durante la clase. Fueron mis primeras clases de economía.

No tenía problemas con los cursos, a excepción de dibujo y caligrafía. Siempre he tenido un problema serio de coordinación motora fina, que cuando era chico se conocía simplemente como torpeza. Hacer las malditas letras en los cuadernos de doble raya era una pesadilla para mí. En dibujo, ni hablar. Cada hojita del cuaderno de dibujo "Rafael" parecía un minúsculo campo de cultivo, debido a todas las asperezas causadas por el uso constante del borrador y tenía un tono ligeramente marrón de los dedos sucios, el sudor y cuanto hubiera estado cerca del cuaderno.

Pero Gramática, Ortografía, Aritmética y Catecismo eran mis fuertes. Ya de chico me gustaba leer, y la madre Isabel cuando dictaba las palabras para Ortografía, se cuidaba mucho de pronunciar las "c", "s" y "z" de manera diferente, así como la "b" y la "v". Aritmética, gracias a Dios, siempre me fue fácil y en catecismo, teníamos en la casa una empleada que se terminó metiendo de monja, o sea que nos sabíamos el catecismo del derecho al revés.

A los pocos días de llegar, me enteré que Carlos Herrera era el primero de la clase y lo recuerdo con mucho cariño porque la primera fiesta de toda la clase fue en su casa, y me invitó cuando prácticamente no me conocía. Yo era muy tímido y me costaba trabajo hacer amigos en ese entonces. Ahora mi mujer amenaza con ponerme bozal cuando me saca a pasear, pues trato de hablar con todo el mundo.

Hay dos personas que grabaron poderosas imágenes en mi corazón.

La primera fue Nicola. Caminaba cojeando, y en esa época yo no tenía idea lo que era la polio y los estragos que causaba. Le pregunté a alguien y me dijo que había tenido polio de chiquito. No me dijo cuan chiquito porque a los 8 años, grandes no éramos. Cuando fui a mi casa le pregunté a mi mamá y ella me explicó que era una terrible enfermedad y aquellos que se recuperaban lograban caminar con mucho esfuerzo y dificultad.

En los recreos de diez minutos o en el de una hora, solíamos jugar ladrones y celadores. La mitad de la clase a un lado y la otra mitad del otro. Recuerdo que me tocó ser celador y Nicola era ladrón. Con la mezquindad de un ave de rapiña, me lancé a la carga dándome con la sorpresa que cuanto más rápido corría, más se alejaba él de mí, cojeando y todo. Me fue imposible alcanzarlo. No dije nada y cuando me tocó ser ladrón duré muy poco en libertad. Me capturó casi de inmediato. Aprendí en carne propia ese día lo que significaba lucha y superación. Luego, cuando lo vi jugar futbol, como arquero o jugador, pasó a ser uno de mis silenciosos ídolos al que siempre admiré mucho.

El otro personaje fue Beto Forlani. Con él me encontraría varias veces a lo largo de mi vida, y a pesar de su agresivo y directo estilo, le guardo gran cariño y respeto. Debo confesar que al principio, dado que me llevaba más de una cabeza y pesaba probablemente el doble que yo, le tenía terror. Hay que admitir que su aspecto no es amigable, vamos.

En el Infantil, el deporte de moda era cazar caracoles. Los había por cientos. Yo vivía en una casa del centro de Lima, donde en vez de jardín, en la parte de atrás teníamos un corral. Siempre estaba vacío a excepción de Navidad y Fiestas Patrias donde las tías Evita y Victoria nos mandaban sendos pavos vivos por encomienda desde Chiclayo. Cada vez que llegaban, sentía pena por los animales, porque llegaban en una especie de bolsa de yute de la cual solo salía la cabeza. Hasta les hacían asa con soguilla para cargarlos. Laboriosas las tías, pero los animales deben haber sufrido lo indecible durante el viaje y aun no me explico como podían permitirlo.

Llegaban cagados hasta el pico, les quitaban el yute y les amarraban las patas para manguerearlos a presión hasta que quedaran medianamente decentes, pero no lo suficiente como para jugar con ellos, así que a través de la ventana, solía mirar a estos extraños y curiosamente estúpidos animales.

En resumen, para mí un caracol era fascinante y podía observarlos por horas, así que fui el segundo día con mi bolsita de plástico para llevarme varios a mi casa. Una vez en el patio, Aliaga me dijo:


- Ten cuidado con Forlani. Si te ve, te va a quitar los caracoles
- ¿Por qué? ¡Si son míos! ¡Yo los he encontrado! Que se busque los suyos
- No - sigilosamente me murmuró - no se los guarda. ¡Los tira o los mata!
- ¡Ya sabía yo que era malo! ¿Y por qué?
- Nadie sabe. Pero no le gustan

Obviamente, sabía que si eso ocurría, sólo rezaría para que no me pegue, así que muy cuidadosamente, mirando a todos lados, capture mi primer caracol, luego el segundo y varios más. Cada vez miraba a mi alrededor y Forlani estaba no muy lejos, pero siempre de espaldas. Por codicioso, fui a capturar uno más de los que me había propuesto y escucho la voz de Forlani, como si se tratase del Creador:

- Salmerón ¿Que estás haciendo?
- ¿Yo? Nada Forlani, nada - con la voz temblorosa y la prueba del delito en una mano y la bolsa en la otra
- ¡Ya dame eso! ¡Tú eres nuevo, pero te advierto que no captures caracoles, ya sabes!

Con las manos temblorosas, al igual que las piernas y pensando que Forlani debía haber tenido un ojo en el occipucio, entregué mi botín, balbuceando unas disculpas.

Me resigné a mirar los caracoles en el colegio. De todas maneras, en mi casa, mi mamamita los hubiera decomisado igual.

Por varios meses, lo odié en silencio. Lo evitaba siempre y cuando me acercaba, lo hacía a una prudencial distancia de cinco metros, más o menos. Honestamente, me inspiraba miedo cerval.

Las cosas siguieron así, hasta que un día, presenciando una intervención caracoleana de Forlani, lo escuché darle explicaciones a un chiquito de primero:

- ¿Tú sabes qué va a pasar con estos caracoles? Se van a morir antes de que llegues a tu casa. ¿Y que les vas a dar de comer? ¿Sabes que comen? Esto es ser malo con los animales. ¡Ya dame tu bolsita!

¡O sea que había un motivo para lo que hacía! Claro, siempre con su encantador estilo, pero realmente no era tan malo como yo pensaba.

En los seis años que estuve en la Inmaculada tuve otras ocasiones de ver su buen corazón, pero la verdad es que el mejor regalo que le hubiéramos podido hacer es una beca para uno de esos cursos como "Charming 101". Hasta el día de hoy somos buenos amigos, y lo estimo, admiro y respeto mucho.

La Pensión de Lucha


* Dedicado con todo mi cariño a mi gran amigo y eximio guitarrista, Chicho Deza

Dentro de las muchas pensiones que me tocó vivir, una en especial me es particularmente grata y abriga muchos momentos especiales. La pensión de Lucha (por favor no malinterpretar, el nombre no guarda ninguna subliminal comparación con la pensión Soto).

Lucha era una mujer soltera, madura y al borde de lo que yo llamaría "solteronía". Los síntomas eran evidentes: excesivo maquillaje, carnes ya un poco flojas, siempre en minifalda y un exceso de hojas de afeitar en la basura.
Tenía un novio, italiano y fornido que siempre llegaba después de las 9 de la noche y se iba como a las 2 de la mañana. Su nombre era Leo y se veía a la legua que tenía vocación de solterón inveterado. Le decía a Lucha que vivía con su madre enferma y por eso no se casaban. En resumen, no se casarían nunca y quien sabe en unos 15 o 20 años vivirían juntos, ya en el cenit de la vida, para acompañarse en sus miserias.

Esto era en 1969, uno de los mejores años de mi vida. Época de la marihuana, LSD, Woodstock, la tabla hawaiana como deporte de moda y los Traffic Sound y los Mad como los primeros grupos de rock en ingles en Lima. Junto a estos fenómenos sociales, los primeros gay empezaban a salir del closet, amparados en la vestimenta colorida y audaz de la época.

Se respiraban aires renovadores y revolucionarios. Yo estaba en primer año de Universidad, tenía auto, independencia absoluta y una mesada sumamente razonable. Más que razonable, esplendida. No tenía problemas con el auto. Tenía crédito para el mantenimiento y la gasolina diaria. Pero vivir la vida loca no es barato.

Después de haber pasado un año en la casa de mi tío Ricardo, finalmente y por agotamiento, mi padre aceptó ponerme en una pensión. Después de mil averiguaciones y referencias, terminé en una casa de Miraflores, propiedad de una señora piurana que había confiado a Lucha, también pensionista, la administración de la pensión. A los pocos meses, Lucha decidió lanzar un golpe de estado.

Habló con todos los pensionistas ofreciéndoles una pensión suya con menor mensualidad y prácticamente todos aceptaron. Todos menos los de Piura. Así fue que los demás terminamos en una casa de Alcanfores, también en Miraflores. Solo perdimos a un gordito trujillano pintoresco de nombre Humberto Optaciano y a un gay que decidió irse a vivir al hotel Columbus.

Lo que hizo a esta pensión memorable y hasta histórica en Miraflores, fueron los inquilinos, turba de locos geniales y jaraneros. Éramos odiados por los vecinos, envidiados por los otros provincianos y admirados por los barrios de San Fernando y  Las Dalias

El variopinto tropel de huéspedes era en su mayoría de Pacasmayo, puerto idílico al norte de Trujillo, con playas maravillosas y gente generosa, directa y muy hospitalaria con una capacidad adquirida de consumir alcohol muy por encima del promedio no solo nacional, sino que me atrevería a decir arañando los primeros lugares a nivel mundial.

En mi dormitorio, que era el más grande, dormían los pacasmayinos: los hermanos Chicho y Tito, el Colorado y Coqui y  los únicos extranjeros: Memo, un muchacho de Trujillo, un poco mayor que yo, y un servidor, compartiendo sendas camas camarote.

Es preciso, antes que nada, hablar de Chicho. Estudió en el mismo colegio que yo, el San José Obrero de los Marianistas en Trujillo, y ocupé su carpeta durante 2 años, cuando él ya había terminado. Yo no lo conocí, pues entré cuando él ya era universitario.

Fue por muchos años considerado el mejor alumno del colegio, y cuando yo ingresé, Chicho era ya una leyenda. Tanto que sabían qué carpeta había ocupado y así me lo hicieron saber. Yo me lo imaginaba flaco, de cara larga y ojos hundidos, con ojeras de tanto leer y estudiar, además de introvertido, torpe y aburrido. Nadie con esas notas puede ser entretenido. Me equivoqué.

Cuando lo conocí, me di la sorpresa de encontrar un tipo bonachón, con la sonrisa siempre a flor de labios y el chiste o la broma en la punta de la lengua. Con anteojos y unos cachetes chapositos y muy generosos, parecía un muñequito de torta. Lo primero que pensé fue que era imposible que hubiera sido el alumno más brillante del colegio. No con ese aspecto por lo menos. A los 18 años uno se rige por estereotipos a falta de realidad vivida. Volví a equivocarme.

Chicho era eximio guitarrista, cualidad que le hubiera permitido ganarse la vida cómodamente, pero estudiaba ingeniería civil, difícil carrera y lo hacía bastante bien. ¡Lejos me imaginaba yo lo que pasaríamos en esa pensión gracias a esa guitarra!
  
Tito era más joven y tranquilo, mientras que el Colorado y Coqui eran los más serios de los cuatro. Pero en cuanto a capacidad de jarana y diversión, la afición les venía de sangre a todos.

Memo estudiaba agronomía, y era una persona alegre y de buen talante, con mucho sentido del humor. Compartíamos con él un pequeño invernadero, que de acuerdo a la versión oficial, albergaba una variedad de lechuga africana, que él usaba para sus investigaciones sobre la clorofila y yo, que estudiaba medicina, sobre las propiedades curativas de esta rara especie. Lucha se sentía orgullosa de tener estudiantes tan inmersos en la ciencia, pero la verdad es que era simplemente mariguana, de la variedad conocida como lechuga, que significa que había sido sembrada en Lima. Dosificábamos la cantidad de hojas, y cuando había cosecha, las llevábamos al dormitorio y las poníamos encima de un foco encendido. En cuestión de minutos, se habían secado y estaban listas para ser consumidas. Debo aclarar que si bien las semillas las puse yo, la mentira fue de Memo. Cuando dijo lechugas africanas, casi me atoro de risa, pero su seriedad era impecable. ¡Maestro!

En otro cuarto, un poco más pequeño, vivía Nelly, hija de un embajador centroamericano, mujer simpatiquísima y cariñosa, pero que lograba tumbar al más armado de los pacasmayinos en temas de trago. Situación muy desigual por cierto. Algo así como profesional contra amateurs. Compartía la habitación con Carlitos, su hijo de unos 16 añitos, muy gracioso y criollo, pero peligrosísimo. Además del pisco y la cerveza, era un vademécum actualizado de todo tipo de sustancias modificadoras de comportamiento, y que repartía con quien tuviera a bien aceptar la invitación. Una vez aceptada ésta, la vida humana entraba en riesgo cierto. Me consta personalmente.

Teníamos también un ecuatoriano, Dariel, muchacho alto y de facciones un poco gruesas, pero delicado como una dama y que siempre vestía con la última moda europea. Se veía que tenía mucho dinero. Hubo algunos roces con los demás, pues era más bien políticamente correcto y fino. Les traía flores a las mujeres, o les daba algunos piropos sobre el maquillaje, el vestido y el peinado. Cuanto más lo querían ellas, mas anticuerpos desarrollaba en el área cavernícola de la pensión, es decir, nosotros.

Había también un señor de cierta edad, unos cincuenta y tantos años, solterón por limitación social, ya que perdía el habla por completo frente a cualquier mujer, incluso a las empleadas que le servían el almuerzo. Don Armando había sido vista de aduana en Pacasmayo y terminó cayendo en esta pensión. Nunca dijo nada, pero me consta que se debe haber arrepentido más de una vez.

Aparte de los huéspedes, estaba Lucha, la dueña, mujer interesante para conversar y atractiva después de una botella de pisco. Nunca pasó nada, pero que casi todos lo intentamos, no es posible negarlo.

Teníamos dos empleadas, Felícita y Simona, que hubieran podido pasar por una versión de Laurel y Hardy femeninas. Felícita mediría un metro sesenta y Simona un metro treinta. La primera pesaría unos ciento noventa kilos, y la segunda no llegaba ni a los cincuenta. Graciosas y pícaras, pero feas como tempestades polares, conseguían resultados disimiles en el tema. Simona no se comía una rosca y andaba siempre de mal humor, en tanto que Felícita era un jilguero en celo. Cantaba todo el día, se escapaba fuera de la casa y a veces "portoneaba" a algún fornido guachimán o heladero. Como dormían las dos juntas, Simona tenía que bajar a dormir en la cocina, renegando. Su mal humor o  la sonrisa y ese brillo característico de gorda contenta de Felícita eran nuestros indicadores de si el almuerzo iba a estar malo o bueno.

No me consta de nadie que se aventurase en ese tortuoso, difícil y extenuante camino, pero estoy seguro que más de uno se acurrucó bajo esas polleras de tres metros de diámetro. Sé que el chofer de mi padre, chepenano muy ocurrente, recaló en ese puerto en más de una ocasión y una vez me dijo:
  • Ay hermanito, la gorda me lo deja como palta machucada. ¡Tengo que orinar sentado como por una semana!


Yo la verdad, no entendí bien a que se refería. Me tomó algunos años darme cuenta.

En este micro mundo era fácil prever lo difícil que sería estudiar. Efectivamente, me costó mucho trabajo aprobar todos los cursos del primer ciclo en la Cayetano Heredia. Creo que fui a examen de aplazados o sustitutorios en todos los cursos menos Literatura, donde conocí a un loco extraordinario: Luis León Herrera. Me hizo ver que ignorante era en todos los temas relacionados a la Literatura. Pero el punto fue que aprobé todo,

Aparte de la recua de irresponsables con los que andaba en mi auto y en la Universidad, cuando llegaba a la pensión, con toda la idea de estudiar algo, no bien entraba, escuchaba la guitarra de Chicho en el jardín del fondo. Al acercarme, y esto se convirtió en rutina interdiaria, estaba Chicho, usualmente con Tito y un par de pacasmayinos o Javier, amigo de Chicho, gran tipo, cantando música criolla sentados alrededor de la mesa y una botella de pisco barato encima con un solo vasito, que iba rotando rápidamente.

Al preguntar cándidamente qué estaban celebrando, invariablemente Chicho decía

  •         ¡Mi no cumpleaños, pues Chobi!
  •         ¿Cómo que tu no cumpleaños? - Me decían Chobi en la universidad. Este personaje era el primo de Tobi, de las tiras cómicas de la Pequeña Lulú. Era idéntico a Tobi, solo que mucho mas jodido y mas chiquito. Aun ignoro el origen del apodo. ¿Jodido yo? ¡Por favor!
  •         Claro, pues. Mi cumpleaños es el 18 de Diciembre y estamos en Julio, así que por fuerza, hoy es mi no cumpleaños.

 Con un argumento tan contundente, dejaba mis libros al lado y me sentaba, tratando de que el siguiente vaso de pisco fuera para mí. Fue así que aprendí innumerables canciones criollas que he disfrutado muchísimo durante toda mi vida. Íbamos de Pinglo a Cavagnaro, pasando por Polo Campos y Lorenzo Sotomayor, sin olvidar a glorias como Ormeño, Condemarin y los Hermanos Ascuez. Por supuesto, Chabuca, imposible no mencionarla. Poco a poco, se nos iba agregando más gente. Lucha, Nelly, Carlitos y visitantes que llegaban sabiendo de seguro que serian bien recibidos.

Mi amistad con Chicho fue casi instantánea. Hay con ciertas personas una química difícil de explicar que en tu fuero interno te dice que te vas a llevar muy bien con ellas. Con Chicho fue algo así. La mirada franca, la sonrisa a flor de labios y ese aspecto de buena persona. El asunto es que nos hicimos grandes amigos y aprendíamos juntos todos los valses que encontrábamos en cancioneros criollos descubiertos en alguna parte del centro de Lima o el Rímac y Barranco.  Gracias a él no solo me hice fanático de la música criolla sino que aprendí a cantarla y a estudiarla.

Justificaba mi ociosidad académica pensando que estaba adquiriendo cultura musical vernácula, lo que no dejó de ser cierto, pero a esa edad, esta excusa no engañaba a nadie.

Cantábamos toda la noche, hasta que se hubiera acabado el pisco, que ocurría normalmente después de seis o siete botellas o hasta que estuviéramos completamente ebrios. Esto último era poco frecuente. Pero estas tertulias terminaban siempre en conversaciones apasionadas, soluciones a los grandes problemas, ya fuera del mundo entero, del país, de la provincia o de alguien en particular, todo entre grandes expresiones de amistad. No recuerdo una sola velada que haya terminado en un conato de bronca o en una agria discusión, donde los involucrados dicen frases de las que se arrepentirán amargamente al día siguiente. ¡Era  fantástico levantarse con la conciencia limpia y tarde para ir a la Universidad!

Felizmente yo tenía mi asistente, el flaco Palito, que llegaba para despertarme, vestirme y lavarme la cara. Esa es otra historia, y larga, por cierto.

Un día, llegando de la Universidad, estaban en la puerta dos personas  ofreciendo literatura y tratando de convencer sobre la existencia de Dios pero en un entorno bíblico y mormónico que me sonaba a mí como una mezcla de Jesucristo con Disneylandia. Siempre me preguntaba cual era su performance en relación a ventas, y calculo que sería como de ochocientos a uno, pero ahí seguían admirablemente en la brega.

En esta ocasión eran dos mujeres, una peruana, menudita, fea como el diablo y la otra americana, de casi un metro ochenta, cara de ángel y cuerpo espectacular, a pesar de las ropas holgadas. Quede enamorado de inmediato. Tanto así que las invite a pasar, y la gringa, en perfecto español, hablo como por una hora, en la que yo asentía bobaliconamente sin prestar atención ninguna a lo que decía. Mis ojos navegaban desde sus ojos azules hasta la escasa media pantorrilla de su amplia falda en un recorrido sin fin, tratando de adivinar más en cada pasada.

Al cabo decidió levantarse y logré entender que le interesaba regresar para seguir profundizando en las creencias mormónicas, dado que yo mostraba tanto interés a lo cual asentí entusiastamente. Le tomó ocho largas sesiones darse cuenta que yo no s lo no había entendido nada sino que nunca supe de qué me estaba hablando. Se molestó y cuando le dije lo que pensaba, se molestó aun más - curioso, por cierto - y dejó la pensión con un tirón de puerta sonoro y violento. Terminó ahí mi relación con el Ángel de las Bolas de Oro. (Perdón: de la bola de oro)

Y desde luego, estaba mi hermano Eduardo, inquilino ocasional de la pensión. El estudiaba en Trujillo, pero cada vez que venía a Lima con mi padre, se alojaba conmigo.

Yo nunca he conocido alguien como él. Es difícil describirlo. Cuando teníamos 4 y 5 años, ya sacaba las pistolas de la cartuchera mas rápido que yo y como ya lo he mencionado antes, tenía ese don increíble para la joda. He visto mucha gente que se esfuerza mucho para ser más vivo que los demás, pero creo que el único que he conocido bien que lo tenía como parte intrínseca de su naturaleza, ha sido él.

El ultimo día de su primera visita, y como quien me hace un regalo maravilloso, me llevó al baño del segundo piso, me enseñó una minúscula ventana encima del bidet y me dijo

  •         Si te paras encima del bidet como a las diez de la noche, verás a la vecina cuando se cambia de ropa,
  •         ¿Cómo? ¿De qué vecina me hablas? - Llevando la palabra a los hechos, se puso de pie encima del bidet y me indicó dónde tenía que mirar, animándome a subir.
  •         ¿Ves? Esa ventana de la casa gris a la mano derecha. Ahorita no se ve nada pero cuando prende la luz, es como en las películas.


Aun preguntándome como en escasos cuatro días había dado con una cosa así, internamente ya estaba esperando las diez de la noche. Hay que tener en cuenta que 18 años son 18 años y la testosterona se sale hasta por el lacrimal del ojo...

-        No le digas a nadie, que quiero verla cuando regrese en dos meses, ¿ah?

Esa noche, solo diré que fue tal y como Eduardo lo había descrito. Pero mi generoso corazón me obligó a compartir este acontecimiento con Chicho, con las reservas del caso. Por supuesto, Chicho sólo se lo dijo a su hermano Tito, y Tito sólo se lo dijo a Optaciano, que sólo se lo dijo a...

El caso es que esa noche a las diez, habían doce personas en el baño, a oscuras, todos tratando de subir al bidet, con las consiguientes caídas, patadas y resbalones. Los gritos, insultos y quejidos subían de volumen dramáticamente. No solo se enteró el resto de los pensionistas, sino y por sobre todos, la vecina.

Hice silenciosa guardia varias noches después de esa ófrica jornada, pero fue inútil. Nunca más pudimos disfrutar del espectáculo. Por supuesto, Eduardo al enterarse, sólo dijo

  •         ¿Ya ves? Uno se esfuerza por hacerte favores y terminas malogrando todo. Ni más te cuento. - Felizmente, no mantuvo su palabra


En otra de sus visitas, aproximadamente a las siete de la noche de un sábado, tenía esa mirada que yo tanto temía - la de alguna maquinación inimaginable - y en eso me dice

  •         ¿Por qué no hacemos unas llamaditas telefónicas?
  •         ¿A quién? ¡Tú no conoces a nadie aquí en Lima!
  •         Pásame la guía telefónica, vas a ver como si conozco gente


Chicho, quien junto con Tito y el Colorado, estaban sentados con nosotros en la sala, le alcanzó la guía. Mala idea. A continuación Eduardo empezó a hojearla y en breves instantes ya estaba marcando un número.

  •         ¿Aló, buenas noche, el general Armando Artola, por favor? - Artola era el Ministro de Gobierno, el número dos de la dictadura militar de ese entonces y un verdadero hijo de puta. Todos nos miramos, asustados y a punto de correr al baño con diarrea fulminante.
  •         Si, de parte del Secretario del Dr. Luis Miró Quesada - Miró Quesada era el dueño y director del diario más grande y antiguo del Perú. Un tipo muy influyente, sin duda.
  •         Muchas gracias. Si, espero, por supuesto. - Con él, esperábamos todos, con el alma en vilo. Ya no sabíamos si ir al baño o cagarnos ahí mismo, pero de risa. ¿Cómo le podían creer a este imberbe de 16 años?
  •         ¿Aló, general Artola? Buenas noches, lo saluda el secretario del Dr. Miró Quesada, para recordarle la cena de mañana en el Trocadero. - ¡El Trocadero era el burdel más conocido de Lima!

Inmediatamente colgó y empezó a desternillarse de risa. Las reacciones fueron diversas, pero al final todos terminamos riendo a mandíbula batiente.

Claro, eran otros tiempos. Todos los teléfonos estaban en la guía y estos eran negros, rotatorios y de bakelita. La única forma de interceptar una llamada era tirando un cable directo al otro teléfono y sabíamos que al menos en nuestro caso, no iba a ocurrir. Hizo varias llamadas más. Al alcalde de Lima, a la comisaría mas cercana, y a no sé qué otros lugares o personajes. Realmente, su creatividad para la joda era extraordinaria.

En este agradable tenor, transcurría el año y se aproximaba mi cumpleaños, el primero de diciembre. Yo pensaba hacer una buena jarana con los párceros habituales, pero Nelly y Lucha, que me tenían un cariño especial, me dijeron que había que celebrarlo en grande. ¡Después de todo, ya iba a cumplir 19 años!

Se ofrecieron para hacer una comida, a lo cual no supe decir que no, para variar. Pero faltaba la carne, que era cara y lo poco que yo tenía, estaba sólidamente destinado a las bebidas espirituosas. Chicho y su amigo Javier, presentes en la conversación, escuchaban con atención y Javier se ofreció a poner corazones de pollo, los que fueran necesarios. El tenia granjas de pollos y a pesar de su juventud, era un tipo muy emprendedor y responsable. Yo, que no conocía a nadie joven que se ganara la vida por sí mismo, casi en sorna le pregunté:

  •         ¿Como 500 corazones? Eso es como 125 anticuchos...
  •         Eso, y más, si es necesario. Eso sí, tienen que ir a recogerlos.

Sorprendido y con una mirada de respeto recién adquirida, acepté de inmediato, y fuimos con Chicho al lugar indicado. Javier estaba allí, y descubrí lo que significaba recogerlos. ¡El lugar era un camal de pollos! El proceso era simple: venían los pollos en unas javas, el matarife los cogía de las patas, les cercenaba el cuello, y lo pasaba al desplumador, que tenía una olla con agua hirviendo, de donde pasaban ya pelados al eviscerado. Las vísceras iban a la derecha y los pollos a la izquierda, donde los colgaban y acomodaban para llevarlos directamente al mercado.

Todo el trayecto, es decir el vía crucis del pollo, duraba menos de un minuto. Estos tipos eran velocísimos y sumamente expertos. Javier nos indicó a Chicho y a mí que nos pusiéramos al lado de las vísceras, nos enseñó dónde cortar para sacar el corazón y pusimos manos a la obra.

Literalmente haciendo de tripas corazón, en un par de horas tendríamos unos 800 corazones de pollo, cantidad más que suficiente como para alimentar a Heliogábalo o a sus hijitos que vivían en la pensión. La única duda que tenía era si me atrevería a comérmelos.

¡Llegó el día esperado! Sinceramente esperaba que fuera una jornada memorable, agradable y en la intimidad de buenos y pocos amigos. Era sábado y llegué a la pensión como a las seis de la tarde. Al entrar, vi que ya estaba lista la parrilla, había hasta 3 guitarras en la sala y de la cocina salían aromas muy provocativos. Nelly, Lucha, Felícita y Simona estaba preparando ensaladas, papas, yucas y piqueos. Silenciosamente subí pensando que a lo mejor esta jarana iba a ser un poquito más intensa que otras vividas allí...

Una vez trapeado, decorado y perfumado, bajé y ya habían como diez personas, todos buenos amigos. Por supuesto, Chicho ya estaba sentado en el jardín, cantando, así que con unas cervecitas en la mesa, empezamos la fiesta alrededor de las siete y media de la noche. Cada cinco minutos me tenía que levantar a saludar a alguien que llegaba, así que decidí dejar que Chicho y otros 2 amigos guitarristas, se encargaran de la música.

Cuando me di cuenta, éramos casi cincuenta personas entre gente del barrio, de la Universidad y anexos, y por supuesto, de Pacasmayo. Estos últimos eran la mayoría y la cerveza se acabó gracias a ellos en menos de una hora. Hubo que recurrir al Pisco glorioso. Ignoro de donde salían tantas botellas, pero nunca faltó el trago.

Entre el brumaje y la niebla, recuerdo que me hicieron huésped ilustre de Pacasmayo y hubiera jurado que alguien quería darme las llaves de la ciudad. La música criolla sonaba estentóreamente y los grupos por toda la casa conversaban animadamente y a carcajada limpia.

Con toda esta bulla, no pasó mucho tiempo antes que se presentara la policía por quejas de los vecinos. Ignoro que les dijeron, pues me hice el desentendido hasta que los vi sentados comiendo anticuchos de pollo y unos generosos vasos de pisco, riendo a carcajadas y sin perdonar ninguna vianda. Una hora después se retiraron, zampados y entre grandes abrazos, suplicándonos que no hiciéramos tanto ruido, ruego que fuera olvidado al cerrar la puerta.

Una hora después, se aparecen otros policías, pero ya advertidos por la pareja anterior, fueron directamente al grano: - ¿Podemos entrar a revisar el local? Parece que la queja es porque hace mucho humo... - Inmediatamente los sentaron, los llenaron de trago y comida y después de otra hora, se marcharon en los mismos términos que la primera pareja. ¡Hermanones del alma!

La cosa ya estaba poniéndose un poco peligrosa. Algún ilustre parroquiano se puso a buscar sus llaves que se habían caído atrás de un aparador en el comedor, con habilidad tal, que lo hizo caer boca abajo, rompiendo todo lo que había en el interior. Lucha estaba tan borracha que no se dio ni cuenta y volvieron a poner el mueble en su sitio.

Al final recuerdo que el vecino de la casa de al lado, el Sr. Velarde, padre de cuatro guapísimas hijas que no nos daban ni los buenos días, se presentó a la puerta, descompuesto y al borde de la histeria. Mientras estaba hablando con Lucha, escucho a mi amigo Alberto gritar:

  •         ¡Díganle que no joda y que mande a sus hijas de una vez!

Se puso tan mal el hombre que Leo, el marinovio de Lucha, decidió clausurar la noche. Después de todo, ya eran casi las cuatro de la mañana...

Al día siguiente Chicho y yo bajamos al jardín tratando de encontrar la guitarra y nos dimos con un espectáculo surrealista:

Las plantas y arbustos del borde del jardín habían sido pisoteados o arrancados por alguna desconocida razón, las lechugas africanas habían desaparecido por completo y el jardín estaba lleno de manchas circulares de color morado. Nos tomo un tiempo entender que eran el resultado de la ensalada rusa que prepararon Lucha y Nelly con betarragas.

Horrorizados, subimos a nuestro cuarto de nuevo y no salimos hasta el día siguiente para ir directamente a la Universidad.

Pero ahora, 43 años después, doy gracias a toda esta estupenda gente con la que conviví y me divertí hasta lo indecible.


¡Chicho, mi hermano! ¡Un abrazo y salud!