abril 01, 2015

De Toque a Toque



Alvaro no se sentía bien ese día. Era jueves en la mañana y cumplía 24 años. En el cuarto que alquilaba, concluyó que no era justo sentirse tan solo en un día que debería celebrar con todo el entusiasmo de su edad.
En la oficina nadie lo saludaría porque la lista de cumpleaños por alguna oscura razón, se publicaba siempre un día después. El cumplía años el primero del mes así que los saludos vendrían al día siguiente y ya no era lo mismo. Era como tener comida del día anterior. O como decía la famosa canción de salsa en  esos días: "Tu amor es un periódico de ayer"

Pero había que levantarse para ir a trabajar. En el baño que compartía con las dos hermanas, ambas mayores de 70 años que le habían rentado el cuarto, pensaba con quien podría ir a tomarse unos tragos esa noche y buscar unas pocas aventuras. La cosa no pintaba bien porque era la época del gobierno militar y una vez más, habían declarado el toque de queda a la una de la mañana debido a las protestas por el alza de pasajes, que había causado ya varios muertos.

Carajo, parecía que los cachacos no sabían de qué otra manera impartir el orden. Cada vez que había una protesta, una manifestación o una marcha por las calles, decretaban el toque de queda, con orden de disparar a cualquiera que se atreviera a salir después de la hora.

Alvaro, a quien le importaba un comino el alza de pasajes o la huelga de maestros, tomaba en forma muy personal su rechazo y desprecio a la dictadura. En primer lugar, como personaje habituado a la noche, el toque de queda le afectaba directamente.

Pero esta no era la razón principal de su silenciosa y solitaria protesta. Aborrecía profundamente todo aquello que limitara su libre albedrio. Cualquier imposición, incluso a cosas que ni soñaría hacer, le causaba una reacción inmediata de rebeldía y odio a la autoridad responsable. Con él, bastaba que alguien le dijera que no podía hacer algo para que se le grabara como idea fija la firme determinación de hacerlo.

Un día un amigo le recomendó que no cruzara la calle en medio de la cuadra, pues a él lo habían atropellado por hacerlo. Desde ese día, Alvaro tomó como consigna cruzar la calle de esa manera. A ver si alguien se atrevía a atropellarlo.

Después de la rutinaria  evacuación matutina, siempre con un cigarro, buena lectura y la consiguiente ducha, se sentía de mejor ánimo. Como siempre, estaba tarde y reafirmándose en su absurda rebeldía, tomaba el aseo y arreglo personal con una calma exasperante. Internamente sentía el placer del desafío, ese "a ver que hacen cuando se den cuenta que vuelvo a llegar tarde, carajo"
  
Caminando las escasas cuatro cuadras para llegar al colectivo de la Avenida Arequipa que lo dejaría casi en la puerta de la oficina, seguía pensando qué haría esa noche. Aunque lo había hecho más de una vez, no quería tomarse unos tragos sólo. El necesitaba salir con alguien que no pensara en el trabajo al día siguiente, ni en el toque de queda y menos en el qué van a decir en mi casa.

Era difícil, pues casi nadie era tan desconectado del resto de sus semejantes como él. Alvaro no tenía que preocuparse por nada ni por nadie, y mucho menos darle explicaciones a nadie. Era totalmente libre. Y totalmente solitario, le recordó su conciencia amargamente.

Siempre esperaba un colectivo que tuviera asientos disponibles adelante y en la ventana. A no ser que fuera urgente, nunca subía en el asiento de atrás. Había inventado un juego para mantener sus alborotados y locos pensamientos a raya, y consistía en contar el número de mujeres atractivas en el camino al trabajo. Las reglas para participar eran muy simples: sin límite de edad, raza o vestimenta. Bastaba con que fueran atractivas de alguna manera: sonrisa, ojos, cara, piernas, en fin. El sentía que mantenía una gran amplitud de criterio en este asunto. El objetivo diario era llegar a 14. El 13 era su número de mala suerte. A veces llegaba a contar 35 o 40 y otras no llegaba ni a 5. Era inexplicable lo cual hacía que él creyera cada vez más en las cábalas y augurios paranormales.

Muchas mujeres eran sinónimo de un buen día. Pocas, con seguridad harían un día de mierda. Ese día fue regularón nomás, pero superó las 13 mujeres con lo cual sintió que las cosas no iban a ir tan mal. Nunca se dio cuenta que los números subían y bajaban de acuerdo a su estado de ánimo.

Al entrar a la oficina con casi una hora de atraso, encontró que todo estaba fuera de control. Su único asistente, Toribio, que era en realidad un conserje con más luces de las habituales, estaba contestando llamada tras llamada. Parecía que los procesos nocturnos habían cancelado todos y los usuarios no podían trabajar al no tener información disponible. Acostumbrado a vivir en crisis, Alvaro no se inmutó y empezó a lidiar con el monstruo diario de a pocos.

Su compañero de trabajo, Pepe Lucho, llegaba incluso más tarde que él. Pero había una sutil diferencia. Mientras Pepe Lucho llegaría siempre un poco antes del mediodía y siempre se iría un poco antes de la media noche, Alvaro podía llegar a la madrugada, a media mañana, al medio día o no ir del todo, y dejar la oficina también a cualquier hora o varios días después...

En cuanto al trabajo, Pepe Lucho era casi un genio y no parecía haber problema técnico alguno que no pudiera resolver. Alvaro era una mula de carga que podía soportar jornadas de 48 y 72 horas, casi sin dormir. Claro que después desaparecería dos o tres días sin que nadie supiera de su paradero.

Pepe Lucho llegó previsiblemente casi al medio día cuando la situación se había estabilizado y Alvaro ya respiraba tranquilo. Como era de esperar, la lista de cumpleaños no estaba publicada. Felizmente había hecho tanta mala sangre previamente, que al darse cuenta solo sintió una especie de agria satisfacción por tener razón.

Empezó entonces a tantear si alguien estaba dispuesto a salir de farra ese jueves, con muy poco éxito. Finalmente logró convencer a uno de sus amigos, Tato, para salir a tomar unas cervezas.

A diferencia de él, Tato era un tipo enormemente popular. Todos lo conocían y lo trataban amistosamente con el apodo que había tenido desde niño. Simpático, entrador, muy buen conversador y con cierto atractivo físico que él explotaba al máximo.
Tato era un galán innato. A pesar de tener enamorada, parecía que sus genes lo obligaban a estar permanentemente a la caza de especímenes femeninos. Probablemente algún atavismo que se podía remontar a millones de años atrás. El único problema para Alvaro era el riesgo que a mitad de la noche Tato se fuera con alguna mujer a la que había conquistado. No sería la primera vez, ni tampoco la última, concluyó.

Después de todo, Tato era espléndido, generoso y alegre, así que pasaría unas horas de genuina diversión. Y estaba el toque de queda, lo cual haría difícil que la cacería se prolongara. Estaba decidido: la juerga sería con Tato.

Casi al finalizar el día, y comentando adonde irían, Coco, que tenía menos tiempo que Alvaro en la compañía, preguntó si podía ir con ellos. Parecía un poco extraño porque él  era mas bien tranquilo y tomaba poco, de acuerdo a los estándares de Tato y Alvaro. Era una persona de buen llevar, andar cansino y un tono casi infantil en su conversación. Quizás más que infantil, elemental y básico en sus temas y conceptos. Pero aceptaron, por supuesto. Nunca se le niega a alguien el derecho de salir con gente de la oficina a relajarse un poco. ¡Faltaría más!

Se dirigieron al "Rey Chico", bar cercano, para calentar motores. Era ideal para ello, pues la cerveza era barata y quedaba muy cerca. Alvaro se proponía ir a alguna peña criolla, pero era aún temprano y el "Rey Mago"  era perfecto para empezar. Poco a poco y como siempre, la conversación empezó a girar en torno a la oficina. Por supuesto, siempre había mucho de qué hablar y cada uno tenía la solución a todos los problemas diarios. Después de todo, se sentían muy inteligentes y capaces.

Y es que el proceso de selección de personal era muy exigente lo cual garantizaba que los empleados tuvieran una inteligencia superior al promedio, pero en donde parecía fallar era en las personalidades. Desde personajes completamente antisociales hasta extrovertidos imposibles, sentidos del humor como plomazos hasta los ironizantes más finos. Personajes muy sencillos algunos y otros infinitamente torturados. Hubiera sido un paraíso para cualquier sicoanalista. Quizás en eso se centraba el placer que sentía de trabajar allí.

Alvaro sabía en su fuero interno que él no era como los demás. Había dejado de usar la palabra normal para catalogar a las personas, pero sentía que tenía algo diferente con respecto a otros seres humanos. Siempre estaba pensando que quisiera ser como aquel, o como el otro, o el de mas allá, sabiendo que no estaba dispuesto a cambiar. Curiosa paradoja que jamás supo explicar ni aceptar.

Finalmente a una hora razonable, pidieron la cuenta. Como siempre, especificaron recibo sin fecha, y que el mozo pusiera platos de comida en vez de cerveza. De esa manera podrían pasar la cuenta a la compañía, escogiendo algún día que se quedaran a trabajar hasta tarde, lo cual era usual, pero pasaban los minutos y la cuenta no llegaba. Alvaro se levantó a ver qué pasaba y encontró al mozo aun haciendo cálculos para cuadrar los precios de los platos contra el número de cervezas consumidas. Había llegado casi al final y orgullosamente le presentó su trabajo a Alvaro.

Lo primero que pudo leer fue "Doce Empanadas", seguido de "Siete Porciones de Papas", y así por el estilo. No supo si reírse o gritarle por bruto. Le explicó al pobre hombre que era físicamente imposible que tres personas comieran tan abundante y monótono menú, pero se dio cuenta que sus palabras no llegaban a transmitir el mensaje. El mozo estaba intelectualmente destruido. Tanto tiempo usando su aritmética de secundaria, y el máximo de su creatividad para que el cliente le dijera que estaba todo mal. Pensó en dejar este trabajo y dedicarse a algo más simple.

Alvaro pagó y regresó a la mesa con muy buen humor. El ánimo ya estaba a punto y además tenía una buena anécdota para contar.

Y empezó la jornada. Recorrieron varias peñas criollas y terminaron en un nuevo local que habían abierto en Miraflores.

A pesar que en todos los locales se presentaban cantantes y artistas de cierto prestigio, estaban prácticamente vacíos. Era imposible pedirle a los bohemios que empezaran su nocturno recorrido a las ocho de la noche. Pero el toque de queda había obligado a que aquellos encontraran alguna otra manera de pasar la noche. Alvaro se preguntaba cuáles serían. Sabía que había clubs criollos en los que los parroquianos permanecían dentro hasta las cinco de la mañana, pero había que ser miembro y aunque lo había intentado, no lo había logrado. Fue socio fundador de "Los Michis" en Barranco, pero fue expulsado cuando en una terrible noche le metió la mano a la mujer de Alberto, el dueño, una morena algo entrada en carnes, pero exuberante y sensual. Lo peor es que nunca supo hasta donde llegó esa aventura ya que las lagunas mentales solo le habían dejado unas cuantas instantáneas en el recuerdo. Tuvo que confiar en las referencias de los amigos y los insultos de Alberto.

Al llegar al último local, solo había 3 mesas ocupadas. Quedaban aun dos horas de libertad, y Alvaro decidió que tenían que terminar la noche allí. Basta de perder tiempo yendo de un local a otro. No había tiempo.

Coco había logrado mantener un ritmo de consumo alcohólico bastante aceptable, aunque Tato y Alvaro le llevaban la delantera, pero estaban pasando un buen rato. Alvaro se alegró que no hubieran tenido ningún incidente y que Tato no se había ido a ninguna mesa con mujeres, porque afortunadamente, no las había. ¡Qué bien se sentía con Tato! Habían desarrollado una estupenda relación, abrigada por la secreta admiración que Alvaro sentía por él. Cada vez que habían salido juntos, Alvaro se percataba de esta química que hacía que los atendieran mejor, que las conversaciones fluyeran  agradablemente y que ambos sintieran esa mutua confianza que otorga la buena amistad.

De repente, el presentador anuncia que entre el "honorable público asistente",  se encontraba una dama que era poeta y que había decidido regalarles una poesía de "su inspiración". Los mozos (entrenados para estos casos) y los escasos comensales aplaudieron y subió al escenario una señora de aproximadamente 45 años, aunque muy guapa y ciertamente con un cuerpo muy sensual. Alvaro pensó que el aspecto se debía mas a los ceñidos 'jeans" y a una blusa de seda muy ajustada, pero admitió que la señora estaba de muy buen ver.

Al empezar a hablar, la señora explicó que era una poesía que le había escrito a su hija que cumplía 15 años. Inmediatamente, Alvaro se percató que algo iba a ocurrir. No sabía por qué, ni qué sería, pero la premonición era clara. Empezó a mirar alrededor y lo primero que vio fue al marido de la señora, sentado frente a ella y con un vaso de whisky en la mano. No le costó mucho trabajo deducir que el tipo bebía en exceso. De rostro colorado y la nariz en un matiz más vivo del mismo color, la cara hinchada, el sobrepeso y los ojos salidos e inyectados, asemejaba un sapo despellejado. Su aspecto era repelente y despreciable.


Coco parecía disfrutar del poema y Tato había adoptado la actitud de cazador frente a su presa, lo cual intranquilizó un poco a Alvaro, pero concluyó que aunque la mujer era atractiva, sin duda Tato no se animaría pues estaba con su marido.

Para cuando terminó el poema, estaba seguro que dos personas no habían entendido una sola palabra: Tato y él. Mientras trataba de buscar un tema de conversación desesperadamente, Tato había sacado su lapicero y estaba juntando unas servilletas. Con un escalofrió observó cómo Tato se acercaba a la mesa de la pareja a conversar con ellos, con ese estilo tan amigable y entrador que tenía.

En ese momento le dijo a Coco,

-         Ya nos jodimos. Vamos a tener que buscar un taxi ahora mismo.
-         ¿Pero por qué? No me digas que Tato nos va a dejar botados. ¡Pero si somos sus patas!
-         Mira Coco, no hay tiempo para explicarte, pero créeme. No sé cómo pero nos vamos a quedar botados en pleno toque de queda. Y tú sabes que los soldaditos disparan primero y después preguntan.
-         No, Alvaro, te equivocas. Vas a ver que ahorita regresa y todos tan tranquilos.

No había terminado la frase cuando Tato les hizo señas para acercarse a la mesa. Para sus adentros, Alvaro decidió obedecer. ¡Tato tenía tanto que enseñar!   

Antes de haber llegado, Tato ya había acomodado sillas para ambos y ni bien se sentaron les presento a la peculiar pareja:

-         Muchachos, les presento a esta simpática parejita, Laurita y Ramiro. Han tenido la amabilidad de invitarnos a su mesa mientras yo copio el hermosísimo poema de Laurita. Es tan bello, que le he pedido permiso para compartirlo cuando mi hija cumpla 15 años.

 Alvaro no podía creer lo que estaba escuchando. ¡La parejita casi les doblaba la edad y este huevón ni siquiera tenía hijos! ¿Cómo podía no sólo fingir, sino imaginar una situación en la que le recitaría a su no nacida hija un poema obtenido hace más de 15 años?

Resignado a su suerte, llenó su vaso de cerveza, mientras Tato seguía escribiendo el poema, sentado peligrosamente cerca de Laurita y Coco había entablado una animada conversación con Ramiro. La disyuntiva que se le presentaba era alarmante pues no sabía que podía ser peor, si los avances de Tato o la repentina e ingenua amistad de Coco con Ramiro. Habían empezado a hablar de autos y motores y entusiastamente compartían inútil información sobre cilindradas y caballajes, que marginaron a Alvaro por completo de la conversación, pues eran temas que desconocía casi en absoluto. El uso de términos como torque, octanaje, alternador y otros terminaron de convencerlo que estaba frente a dos expertos mecánicos y que en su condición de lego total, poco podría aportar a tan técnica y árida conversación. 

Se limitó a observar pensando en cuál sería la mejor manera de llegar a su cuarto. Quedaban escasos 45 minutos y la peña ya estaba cerrando. Decidió cortar por lo sano y despedirse antes que fuera demasiado tarde.

-         Bueno, mañana hay que trabajar. Además, está el toque de queda. Me despido.
-         No, Alvarito, ¿cómo te vas a ir? - Tato replicó - Todavía es temprano. Yo te llevo, no te preocupes.
-         No, hermano, gracias. Yo consigo un taxi sin problemas. Te vas a complicar si me llevas.

La mirada de Coco era de gran desilusión. Parecía aferrarse a su nueva amistad con Ramiro como si hubiera encontrado un alma gemela. Alvaro se estremeció pensando que habían salido de farra con un individuo con la edad mental de un adolescente. Eso jamás era bueno y siempre impredecible.
Pero Ramiro, que parecía estar pasándolo muy bien a pesar que las intenciones de Tato eran cada vez más obvias, y probablemente conmovido por la tristeza de Coco, dijo:

-         No se preocupen. Vamos a mi casa. Ahí tengo unas botellas de vodka y podemos quedarnos hasta las 5 de la mañana. Total, esta tertulia es tan agradable que no vale la pena interrumpirla.

Con los ojos vidriosos y visiblemente emocionado, Coco aceptó de inmediato, secundado entusiastamente por la nueva parejita de tórtolos.
Y así, se prepararon todos para ir a la casa de Laurita y Ramiro.

Al salir, Laurita dijo

-         Ramiro, yo mejor me voy con Tato y tú con ellos dos, no vaya a ser que se pierdan. Tú sabes que es un poco complicado el camino a la casa.

Con la suerte echada, Coco y Alvaro se dirigieron al carro de Ramiro, un vetusto Hillman de unos 20 años de edad. Coco se acomodó confortablemente en el asiento de adelante con una alegría que contrastaba con el sombrío talante de Alvaro, silenciosa y oscuramente sentado en el asiento de atrás.

Al encender el auto, un sonido extraño salió del motor. Ramiro simplemente dijo - otra vez la batería de mierda - y se quedó en silencio.

El inefable Coco se puso nervioso y pronunció la frase de la noche:

-         Y ahora, ¿qué hacemos?

A su lado, Einstein replicó:

-         No se preocupen. Ya me ha pasado antes. Vamos a esperar un poquito.

Alvaro sentía que la situación era muy peculiar, por decir lo menos, y le daba muy mala espina. No podía creer que en poco más de una hora, hubiera pasado de divertirse sanamente con sus amigos a estar recluido en el asiento trasero de una reliquia histórica rodante acompañado de Einstein y Newton,  par de genios que se la habían pasado hablando de mecánica y super motores y no sabían qué hacer cuando un auto no arrancaba, con el agravante que ya no había un alma en la calle y en 10 minutos saldrían las rondas militares a patrullar la ciudad.


Y además, ¡la mujer de Einstein se había marchado con Tato en un auto que sí funcionaba!
Ramiro parecía más hinchado y con venas más gruesas en la cara y Coco empezaba a mostrar signos de histeria.

-         ¡Haz algo Ramiro! ¡No nos podemos quedar acá sentados!
-         ¿Qué quieres que haga? Si el carro no arranca, no arranca, pues.
-         ¡Pero vamos a estar a merced de la tropa! ¿Por qué no sales y buscas a un oficial y le explicas la  situación? Esto le puede pasar a cualquiera.
-         No seas graciosito Coco, ¿por qué no sales tú, a ver?
-         Es que tú eres más viejo, a tí te van a hacer caso. A mí no.

Era patético ver a estas dos enciclopedias vivientes de mecánica automotriz discutir opciones sin ni siquiera pensar en abrir el capó del auto o insinuar alguna teoría técnica de solución. Alvaro agradeció a Dios no tener una pistola pues los hubiera acribillado a los dos. Solamente dijo

-         Por favor, cállense la boca. Si tenemos que pasar la noche acá, les sugiero que se acomoden bien y traten de dormir dentro del auto. Con suerte no nos verán, y si nos ven, no nos dispararán, pues se darán cuenta de la situación. - Mirando con disgusto a Coco, añadió  
-         Tú que pareces saber tanto de mecánica, ¿por qué no le das una mirada al motor?
-         No hermano,  yo soy mecánico de taller y mandil blanco. Necesitaría mi instrumental y por lo menos un auxiliar.
-         ¿Y tú, Ramiro?
-         Yo sufro de artritis. No puedo ayudar en estas circunstancias.

Ese fue el momento en que Alvaro concluyó que jamás serían amigos y que al día siguiente empezaría a evitar a este cretino por todos los medios posibles.
Tras un pesadísimo silencio, Ramiro intentó encender el auto nuevamente, y para sorpresa de Coco y Alvaro, el auto arrancó. Tosió un poco, escupió un poquito más y por fin tembló consistentemente, arrancando un concierto de piezas mal ajustadas en la carrocería.

Inmediatamente, empezaron a recorrer el camino a la casa de Ramiro, mientras Coco decía - Ya sabía que San Martincito no me iba a fallar. ¡Mi negro lindo! - a lo cual, ya con el talante cambiado, Ramiro respondió - No hermano, ¡si yo conozco a mi carro! A veces se planta así, pero al final, es respondón, como su dueño.
Y volvieron a ser los grandes amigos de toda la vida que se habían conocido menos de dos horas atrás.

Llegar a la casa tomó menos de 10 minutos y Alvaro se sorprendió que no fuera lo intrincado que había mencionado Laurita. Pensó que esas cosas podían ser complicadas para las mujeres así que no le dio mayor importancia.

Cuando estaban estacionando el auto, Alvaro no pudo encontrar el de Tato. Se suponía que ya tenían que haber llegado, pero no había nadie en la puerta de la casa, y las luces estaban apagadas.

Ramiro dijo

-         No deben tardar. Seguro que han ido a comprar cigarros.
-         No sé, Ramiro, no sé... Me parece que ya deberían estar aquí. Nos hemos demorado como 15 minutos. Tiempo suficiente para que compren y regresen. Me pone nervioso estar afuera a esta hora - Sin duda, Coco no podía ser acertado ni sutil en sus comentarios.
-         Ahorita llegan, no te preocupes.

Sin embargo, Alvaro se preocupó. Mucho. Estaba seguro que la peor de sus sospechas era cierta. Solo trataba de imaginar donde podrían estar Laurita y Tato reconfortándose mutuamente. Permaneció en silencio, pensando febrilmente en qué salida tendría esta malhadada celebración de cumpleaños.

Una vez más, maldijo su mala suerte y le vino a la mente su lamento favorito: "¡Sólo a mí me pasan estas cosas, carajo!". ¿Por qué, por qué? ¡Si sólo quería pasar un rato agradable! No sintió que hubiera forzado la situación sino que por el contrario, trató de evitarla, pero su karma, su sino, su nube negra no podían abandonarlo ni siquiera en un día como éste.

Después de un lapso razonable, mientras Ramiro miraba el reloj compulsivamente, Coco murmuró:

-         Ramiro, esto ya está un poco raro. ¿No les habrá pasado algo? Digo, un accidente, que los hayan detenido, o algo así...
-         Sí, es lo que estoy pensando. Porque Laurita no es así.
-         Así, ¿cómo? - Coco no daba una.
-         Bueno, me refiero que a lo mejor su amigo no la ha querido traer a casa y está tratando de seducirla, o peor aún, de violarla.
-         ¡Ah, no! ¡Me ofendes Ramiro! ¿Cómo puedes creer que un amigo nuestro haría esas cosas?  ¡Haz de saber que Tato es una persona muy decente, incapaz de algo así!
-         No te alteres, hermano. No he tratado de ofenderte ni mucho menos. Estamos tratando de analizar todas las opciones, y esa es una de ellas.
-         Bueno, pero es descabellada. ¡No puedes dudar así de un amigo como Tato, un caballero a carta cabal!

Alvaro no podía entender cómo se encontraba envuelto en esta situación. Un marido cornudo, consciente de su cornudez, un compañero de trabajo, inconsciente de su candidez, una mujer conocedora de su encanto y un amigo ignorante de su mayor debilidad. Y le reventaba que lo incluyeran en la conversación. ¡No quería formar parte de este entuerto! Pero allí estaba. Silencioso espectador desde la cazuela.

Este no era su mundo. Él había sido acólito de chico, el primero de su clase, sobresaliente en conducta y le encantaba la lectura y la vida contemplativa. ¿Qué pasó? ¿Por qué se sentía como un espectador aislado de una escena absurda en la que no tenía lugar ni rol?

Después recordó la atracción irresistible a la vida bohemia, la música, la jarana y tantas cosas propias de la noche. Ni que decir de sus apetitos desmedidos en lo que se le presentara delante. Concluyó que su combinación de genes era muy contradictoria y explosiva. Como si hubieran mezclado a partes iguales al doctor Jekyll y al señor Hyde.

Se preguntó que habría sido de él si hubiera escogido el sacerdocio, como lo pensó más de una vez. Al revisar todas sus inclinaciones mundanas, reformuló su pregunta mentalmente: ¿Qué habría sido de los demás si hubiera llegado a serlo?

El tiempo seguía pasando. Los silencios se hacían cada vez más largos y los diálogos eran cada vez más cortos. Alvaro había decidido guardar silencio. Sabía que cualquier frase que dijera iba a avivar las brasas innecesariamente.

Atrás habían quedado las especulaciones sobre las razones del retraso. Interiormente todos estaban convencidos que lo que nadie quería decir era exactamente lo que estaba pasando.

Pero Coco parecía tener la necesidad imperiosa de dar explicaciones a una situación que en ese momento ya no requería de ninguna.

-         Ramiro, tengo que pedirte disculpas...
-         ¿Por qué? ¿Qué pasa, Coco? - Ramiro, preocupado.
-         Es que me da mucha vergüenza lo que está pasando. Que esto ocurra con uno de nuestros amigos, justo cuando nos acabamos de conocer
-         Coco por favor, cállate la boca, y no te refieras a "nuestros amigos". Ese señor es un conocido mío. Nada más. - Alvaro trataba de salvar distancias desesperadamente
-         ¡Dios mío, que avergonzado que estoy! ¡No sé qué decir!
-         Entonces no digas nada. ¡La estás cagando, Coco!
-         No te preocupes, Coco, no es tu problema. Yo comprendo tu situación y no es tu culpa.
-         Gracias Ramiro. ¡Espero que esto no afecte nuestra reciente amistad, la cual me honra!
-         Tú tranquilo, Coco. Contigo no pasa nada.

Si hubiera podido, Alvaro los hubiera cacheteado a los dos. A estas alturas, cualquier cosa podía pasar. Esperanzado en que Ramiro no tuviera un arma, calculaba que la mejor opción sería que Tato al aparecer con Laurita, terminara con un ojo morado o la nariz rota, pero cualquier alternativa definitivamente implicaba que esa noche no se podría tomar un trago más y egoístamente pensó que era eso lo que más le molestaba.

-         ¿Comprenderán que cuando su amigo llegue, le voy a tener que sacar la mierda, no?
-         Insisto Ramiro, ese señor no es mi amigo. Es amigo de Coco. Yo trabajo con el nada más. - Alvaro se sintió aliviado, pues la frase implicaba que no le iba a disparar un tiro o algo así.
-         Bueno, me corrijo ¡le voy a sacar la mierda a Tato cuando llegue!
-         ¡Mátalo si quieres! A mí me importa un carajo.
-         ¡Alvaro, por Dios! ¿Cómo puedes decir esas cosas? Mira Ramiro, no pierdas la calma. Yo me siento responsable de lo que ha pasado y si es preciso que te la tomes con alguien para desahogarte, me ofrezco como el chivo expiatorio. Bajémonos del carro y pégame todas las trompadas que quieras, hasta que te sientas mejor. Yo creo que eso me va a hacer mucho bien a mí también, porque este sentimiento de culpabilidad me va a acompañar por el resto de mi vida. ¡Qué avergonzado me siento!
-         Coco tiene razón, Ramiro. Bájense del auto y pégale de alma. Así se van a sentir mejor los dos.

 Malignamente, Alvaro pensaba en ese momento que después de todo, Dios existía. Disfrutaría inmensamente de la paliza a Coco y hasta pensó en poner su granito de arena. Lo pensó mejor y se imaginó que el final más feliz seria con Coco y Tato llenos de moretones, chichones y ojos hinchados. Y él observando desde la cazuela, limpio y con una botellita de vodka.

El silencio regresó al automóvil. Desilusionado, Alvaro vio que Ramiro no le pegaría a Coco. Era ya evidente que el desenlace afectaría la dignidad y la imagen de todos los involucrados. No habría una salida en la que no salieran a relucir insultos, odios, prejuicios  y humillaciones mutuas. Además de las probables lesiones físicas.

Quien sabe solo Ramiro y Coco podrían conservar esa tierna y desinteresada amistad que parecía más el inicio de un romance que cualquier otra cosa. No sería la primera vez sin duda, pensó Alvaro. Y se resignó a esperar. No movería un dedo, no diría una palabra más y haría el más discreto mutis posible una vez que el entuerto hubiera concluido.

Unos minutos después, a dos cuadras de donde estaban estacionados, vieron prenderse las luces traseras de un automóvil, que lentamente empezó a retroceder hacia donde se encontraban. Todos reconocieron el auto de Tato, que se detuvo exactamente al lado del de Ramiro, de tal manera que todos los protagonistas estaban a la misma altura y Alvaro podía apreciar a los cuatro desde su asiento en la parte de atrás.

Laurita parecía soñolienta pero con una sutil sonrisa y un delator brillo en los ojos, mientras que Tato, con el pelo ligeramente alborotado, cual chiquillo travieso, mostraba una ingenuidad y un candor casi auténticos. Coco sollozaba sonoramente, con la cara entre las manos y respiraba un aire de vergüenza pegajoso. Ramiro, de color encarnado, los ojos desorbitados y las venas del cuello y la frente hinchadas y gruesas como gusanos de carne molida sobre la piel, parecía a punto de explotar.

-         ¡Se quedó dormida antes de llegar y se acaba de despertar! - Tal fue la frase mágica de Tato. El tono de su voz, la expresión de la cara, todo el lenguaje corporal impelía a creerle, o en todo caso a perdonarle. Alvaro volvió a pensar cuánto tenía que aprender de él.
-         Yo no sabía dónde quedaba la casa. ¡Mil disculpas, no vayan a pensar mal, por favor!

Alvaro ya había bajado del auto cuando Ramiro se acercó al de Tato, abrió la puerta lateral, sacó a Laurita bruscamente, y sin decir una palabra, se metieron a la casa. Una vez más, Tato había salido indemne y bien librado.

Alvaro y Coco subieron al auto de Tato silenciosamente. Sin mayores incidentes llegaron a su departamento. Ni un soldado, ni un policía, nadie en la calle.

Al día siguiente, Tato y Alvaro bromearon sobre el incidente, pero no en frente de Coco. Alvaro no le volvió a hablar y al poco tiempo se fue de la empresa. Curiosamente, fue despedido, no por incapaz, sino por deshonesto. Alvaro se imaginó que aunque le hubiera dado mucha vergüenza, no fue suficiente para hacer lo correcto. Jamás supo de él después de eso.

Los otros dos protagonistas terminaron marcando sus libros de aventuras y volvieron  a las andadas poco tiempo después. Pero siempre recordarían con sentimientos encontrados esta disparatada aventura de juventud.