agosto 16, 2015

El Juvenil - 1961-1964




En el colegio de la Inmaculada, donde estudié hasta segundo de media, un año clave era cuarto de primaria.

Cuarto de primaria era el año en que se dejaba de pertenecer al colegio infantil, que quedaba en Monterrico, en ese entonces en las afueras de Lima, con sus jardines, arboles, cancha de futbol de césped y miles y miles de caracoles. Pasábamos al colegio juvenil, de cuarto de primaria a quinto de media. 


El cambio más importante era que el local quedaba en el centro de Lima, en la avenida La Colmena, ocupando una gigantesca manzana. De ladrillos rojos, y si mal no recuerdo, de 3 pisos de alto, era imponente e inspiraba respeto sólo de mirarlo. La iglesia del colegio era del tamaño de una Iglesia Mayor, aunque solo tenía una puerta muy grande. Era realmente hermosa, con muchos altares en las naves laterales y verdaderas joyas de carpintería esculpidas en ellos.

Esta iglesia, llamada Santo Toribio de Mogrovejo, en la que pasé muchas horas, casi todas en contra de mi voluntad, fue testigo de uno de mis primero traumas infantiles. Nosotros vivíamos en el centro, en la casa de mi mamamita, y recuerdo que la empleada fue a recogerme de la casa de los de Quesada, que quedaba muy cerca al colegio, de una fiesta de cumpleaños. Debo haber tenido seis o siete años, y me dieron mi sorpresa, mi coronita y por supuesto el infaltable globo. Esta empleada se llamaba Carmen y era profundamente religiosa, tanto así que terminó internándose en un convento del cual no recuerdo el nombre, y me dijo que íbamos a ir a la iglesia a rezar "un ratito". Yo argumenté que el globo, que la coronita, como que no estaba yo ataviado para entrar, pero ella no le prestó importancia, y allí fuimos.


Nos arrodillamos en la última banca, y me dispuse a esperar que ella terminara de rezar, mientras mis ojos recorrían la inmensidad de la iglesia. Me sentía lleno de respeto y temor, porque con lo que me habían enseñado de Dios, yo tenía terror que me fuera a mandar al infierno si me moría durmiendo en la noche por haberle pegado a mi hermano o haberle mentido a la mamamita, sucesos que ocurrían diariamente.

Recuerdo que estaban celebrando Misa, y andaba yo sumido en mis pensamientos, cuando se escuchó en toda la iglesia una explosión muy fuerte y todo el mundo volteó a mirarme. Yo no sabía que había pasado, hasta que me di cuenta, en pánico absoluto, que mi globo al rozar con la madera de la banca, había reventado. ¡O sea que todas esas miradas de censura y reproche estaban dirigidas a mí! Salimos a toda prisa, pero el daño ya estaba hecho. El incidente cambió mi vida. A partir de ahí dejaron de gustarme las iglesias y me costaba mucho trabajo acercarme a la gente mayor.

Pero éramos ahora juveniles y no infantiles; las monjitas y las misses fueron reemplazadas por sacerdotes y hermanos jesuitas y profesores laicos. Todos hombres. Si la escasa memoria que aun poseo no me falla, solo había hombres en el colegio, incluyendo la plana de empleados. Aún recuerdo a uno de los secretarios cuyo nombre era Estrada, siempre muy amable.

El padre Luchito del infantil fue reemplazado por un director espiritual, y para cuarto y quinto de primaria, era el extraordinario y aun en actividad padre José María Garín, responsable también de los Cruzados de Cristo, grupo selecto de voluntarios y que gracias a la membresía, podían jugar fulbito de mano, billar, ping pong y deambular por el área asignada a los cruzados. Además podían ayudar como acólitos en las innumerables misas que se celebraban en el colegio. Mi amor al fulbito de mano pudo más que mi devoción y me hice cruzado casi desde el primer día. Con el tiempo aprendí a ayudar misa, que era la manera menos aburrida de pasar la misa diaria. Había que pasar un examen oral para ayudar mis, y siempre era el mismo, recitar el “Suscipiat”, que venía antes del Prefacio:”Suscipiat dominus scarificium, de manibus tuis…”
Era larguito y complicado. Tanto que una vez que me lo aprendí, ya no lo pude olvidar nunca.

El uniforme era también diferente; no había gorrita, el saco sin solapas y borde celeste era ahora un saco azul marino normal, igual al modelo que usaban los adultos, con solapas por fin. El golpe de gracia le era dado al infame cuello de plástico. Ahora usábamos una camisa celeste, normal y corbata azul marino. Los pantalones cortos eran voluntarios, para los padres es decir, porque todo el mundo quería usar pantalones largos. A mí me tuvieron con los pantaloncitos cortos por dos largos años.

Pero lo realmente impresionante era el colegio en sí. Imponente y majestuoso, con un aire de antigüedad y clase que no he vuelto a sentir jamás.

La Inmaculada fue fundada en 1878, pero el local de La Colmena no fue construido hasta 1901 y tiene que haber sido sin duda unos de los acontecimientos más importantes en la Lima de principios de siglo.

Aún recuerdo la entrada principal, con un ambiente amplísimo, donde estaban las oficinas de portería y recepción, los boletines para todos los alumnos y más allá un hermoso patio sevillano, con los azulejos típicos, abrazado por dos escaleras de mármol blanco que daban al paraninfo del segundo piso.

Atrás del patio sevillano estaba el corredor "de los pasos perdidos": las oficinas del colegio. La rectoría, la temida prefectura, la secretaría y otras áreas más. Inspiraba ex profeso temor y reverencia. Fui pocas veces, pero casi siempre era a la prefectura donde el padre Bambarén ejercía el poder disciplinario con mano de hierro y una imaginación tan creativa como cruel para los castigos.

Para esa época ya nos habíamos mudado a San Antonio, y mi góndola era la número dos, mientras mi paradero era en Mariano Odicio. El primer día, mi sobreprotectora madre esperó el ómnibus conmigo mientras los otros chicos, todos de años superiores me miraban con curiosidad, para mi embarazo y vergüenza, ya que mi madre se negaba a dejarme solo a pesar de mis ruegos y protestas. La cereza de la torta fue cuando subí y ella le dijo al chofer que me cuidara de manera especial, porque yo era muy chiquito. Huelgan comentarios sobre mis sentimientos y mi auto estima, herida de muerte para ese día.
Una vez en el ómnibus, logré encontrar a un amigo de tercero, Carlitos Asmat, y me senté con él. No dejó de molestarme amigablemente con lo de que yo era muy chiquito, porque la verdad, lo era.

Vienen a mi memoria los desfiles internos del colegio, en que cada clase tenía que desfilar en eventos como el 21 de Junio, día de San Luis Gonzaga, cuando se hacían las primeras comuniones, o en la inauguración de la Kermesse, o el día de la Inmaculada. Desfilábamos en columnas de tres, clasificados, no ordenados, porque ordenarnos requería de un esfuerzo mucho mayor, ya que las disputas por un milímetro de altura podían durar horas, de más alto a más bajo. Yo siempre estaba en la última fila, junto con Carrillo y Castro.

Si alguien faltaba, la última fila era de sólo dos, uno a cada extremo, y si los ausentes eran más de uno, entonces en la última fila iba un solo marchante. La primera vez que desfilé, hábilmente Castro y Carrillo no fueron, con lo que terminé desfilando solito en la última fila, escuchando comentarios de las mamás durante todo el trayecto: "¡Ay, que chiquito!","¡Qué lindo el chiquitito de la última fila!","¡Huy pobrecito, huachito en la fila!".

El primer día que llegamos al colegio en la góndola, entramos por la puerta de atrás, que daba directamente a los patios y a la piscina. Las góndolas se cuadraban ordenadamente y sólo cuando estaban completamente detenidas, nos abrían la puerta para bajar.

El patio, que era para mí inmenso, estaba lleno de alumnos y la diferencia de tamaños, vital para mi sobrevivencia, era espantosa. Sin duda había más de uno que era el triple de mi breve estatura. Al centro, un mástil para izar la bandera y un balcón impresionante en el segundo piso. No recuerdo bien si había demarcadas ocho o diez canchas de fulbito y/o básquet, además de un área libre. Al fondo había un garaje muy grande para reparar y mantener la flota de ómnibus del colegio, a cargo del Hermano Rafael Arandiga, que a no dudarlo, dejó una imborrable huella en todos sus alumnos. Español campechano y amable, me hizo disfrutar más de una vez con sus "cigarrillos" en los que me enrollaba la oreja como quien enrolla un puro, por haber hecho algo incorrecto.

Al poco rato sonó la campana, que era una campana real, ubicada en el balcón del segundo piso. Siempre le tocaba a Montagne hacerla sonar. Creo que terminó de sacerdote. Sonora y odiosa a la vez, me trae recuerdos de discusiones interrumpidas, transacciones truncas, partidos sin final y hasta una que otra pelea sin ganador cierto en el callejón oscuro, el pasillo entre el patio grande y el de cuarto de media.

Ya sabíamos que nos teníamos que formar frente al mástil, donde habían marcado en el piso con tiza: "4to A". Ahí fui reconociendo a mis amigos de tercero y yo me sentía sumamente emocionado con la idea, acariciada tantas veces, de ser ya un adulto en formación. Solo Dios sabe por qué queremos dejar las mejores épocas de nuestras vidas lo antes posible, pero así es el ser humano de bruto.

Sentía que íbamos a ser tratados como adultos y que a su vez, se nos otorgarían las prebendas y beneficios de serlo. Pero estaba equivocado. Efectivamente, se nos trataría como adultos y se nos exigirían responsabilidades como adultos, en especial sobre las consecuencias de nuestras acciones. Pero los privilegios de este nuevo nivel estaban aún a muchos años de distancia y vendrían muy gradualmente.

Recuerdo con claridad que el hermano Arándiga y el hermano Arias eran los encargados, o sub-prefectos de cuarto "A" y "B". Sin embargo no estoy seguro de cuarto "C", pero me parece que fue el profesor Eugenio Bocanegra, en sus inicios como profesor del colegio.

Aunque a pesar que el Infantil y el Juvenil eran prácticamente colegios autónomos y en que no había contacto entre profesores y alumnos de ambos, con la excepción del padre Luchito Gámez ya con más de setenta años de edad en ese entonces, como la única conexión visible, los rumores del Juvenil llegaban invariablemente al Infantil.

Recuerdo dos vías de comunicación informal, ambas sumamente efectivas. La primera era la familia Noriega, que parecía tener un hermano (o informante) en cada año del colegio. A veces, en caso de duda, bastaba decir: "A ver pregúntale a Noriega" para con esa respuesta resolver el entuerto. La segunda era similar, pero mucho más informal. Amigos del barrio, hermanos y primos que ya habían entrado al Juvenil. Apenas alguien se enteraba de algo, corría por la clase como reguero de pólvora.

Fue así que nos enteramos de Roma y Cartago, de la cantidad de papeletas (primero tuvimos que saber qué eran) que daba el hermano Arias, de la misa y rosario diarios, en fin.

Formados ante el mástil, algo abrumados por la grandiosidad del colegio y la ceremonia, escuchamos las palabras de bienvenida del padre Fernando Vargas, rector del colegio. El padre Vargas era querido por todos. Su aspecto bonachón y su tono de voz suave y pausada, inspiraba cierta confianza instintiva. Nunca hablé mucho con él, a excepción de una vez que me preguntó por mi abuelo y después, con cierta frecuencia, cuando mi madre estaba enferma de cáncer.

Una vez terminada la bienvenida, le cedió el micro al padre Bambarén, el cual sería protagonista de algunas de mis pesadillas escolares. Bambarén era realmente un maestro en el arte de administrar. Hubiera sido sin duda un gerente corporativo muy exitoso. Parecía estar en todas partes y saberlo todo. Todas las clases tenían en esa época una maravilla de la tecnología moderna: intercomunicadores conectados a la prefectura. La maldita cajita estaba colgada encima de la pizarra, a una altura inalcanzable, y aunque me enteré que estaba también conectada a la rectoría y a otras oficinas, durante mis cuatro años solo escuché la malhadada frase: "Fulanito, a la prefectura..."

Yo era un buen alumno en general, pero así y todo, terminé allí unas cuatro o cinco veces. La que más recuerdo fue cuando en la entrada del colegio, compré un lapicero pornográfico y escandalosísimo para la época. Y es que los placeres de la carne son una debilidad que creo comparto con muchos. El dichoso lapicerito mostraba a una chica con ropa de baño de una pieza, pero al ponerlo boca abajo, el traje de baño, que era simplemente tinta negra, desaparecía y la chica quedaba desnuda. Foto retocada por supuesto, pues donde debía figurar lo más importante, no se veía nada, pero era suficiente para alborotar mis imberbes gónadas.

El tema fue que Guimoye, compañero de clase, me prestó plata para comprarlo y el compró uno también, pero con foto diferente. La mía era morena y la suya, rubia. A él le encontraron el lapicero, y mediante tácticas intimidatorias dio mi nombre, así que cuando llegué estaban Guimoye y Bambarén esperándome. Bambarén tenía el lapicero en su mano, así que con la adrenalina a mil por hora, y mientras él me hacía la pregunta, yo puse mi lapicero en su otra mano. No había nada que hacer. Ante la contundencia de los hechos, hube de aceptar mi culpabilidad, odiando a Guimoye y a Bambarén alternadamente.

Creo que nos castigaron cuatro sábados, en los que teníamos que leer "Imitación de Cristo", de Tomas de Kempis y responder preguntas al respecto. Libro sumamente espiritual y poderoso, pero no a los diez años de edad. Después fui llevado una vez porque estaba leyendo un fragmento de una novela de Carlos Fuentes a un grupo, en el cual usaba el autor cierto lenguaje erótico y provocativo. Terminé donde Bambarén con el libro confiscado. Pero él, al abrirlo, se dio cuenta que era de la biblioteca del colegio, así que me dejó ir. Ileso. El libro no.

Comentario aparte merece el intercomunicador, Cada vez que sonaba el corazón me subía a la boca. Por alguna razón tengo la tendencia a andar por la vida con el síndrome de conciencia sucia, y esto desde pequeño, así que siempre había algún secreto o algo que descubrir, incluso a tan tierna edad.

Después de advertirnos de lo que él como Prefecto de Estudios, (curiosamente, el Prefecto de Disciplina era el padre Vargas) esperaba de todos nosotros, nos despidió para marchar a nuestras respectivas clases.

Cuatro veces al día, de lunes a viernes y dos el sábado, del primero de Abril al 15 de Diciembre, escucharíamos lo que tenía que decirnos, y veríamos a los personajes destacados por algún incidente en clases, a su lado. A los que más recuerdo por razones diferentes eran Carlos Blancas, que aparentemente se soltaba a dar discursos dentro de la clase en algunas asignaturas, interminables y flamígeros. Parece que el problema que tenía era su total incapacidad para callarse una vez comenzado. El otro era Remigio Morales-Bermúdez, el más asiduo acompañante del mástil. En su caso, era simplemente alguna travesura o pendejada que había inventado o en la que había tomado parte activa.

Y así, nos dirigimos a conocer nuestro salón de clases.

agosto 10, 2015

El Amor Imposible De Memo Beltrán Y Doris Rivera



Esa madrugada, como a las tres, Memo decidió que ya era demasiado. Tenía que hacer algo, cualquier cosa. No entendía bien que le pasaba. En el colegio le habían explicado un poco de esto, pero todo lo relacionado con “aquello” siempre tenía un saborcillo a culpa y pecado que no lo tranquilizaba en absoluto.

Molesto, embarrado y con vagos recuerdos del escabroso y frustrante sueño que le había causado ese bochornoso incidente, se desvistió y tomó una ducha fría.

Todo había empezado un par de meses atrás, cuando vio un comercial en la televisión de una bebida gaseosa muy popular y que era su favorita, “Cholita”. En este comercial hacía su aparición una bella chica en un breve bikini que acentuaba sus insinuantes curvas. Memo quedó obsesionado instantáneamente con ella, Doris Rivera. Él ya la conocía pues había ganado un concurso de belleza y se había dedicado al modelaje televisivo.

Además eran los años sesenta, y en la playa ya se podía ver a algunas chicas con bikini, por lo que esto no era tampoco novedad para él. Eso sí, agradecía que le hubiera tocado vivir en esa época, pues las cucufaterías de usar ropas de baño de una pieza estaban quedando atrás. Nadie podía negar qué bonitas se veían las chicas en bikini. Y las minifaldas… ¡Eran lo máximo!

Doris Rivera era la mujer más hermosa y sexy que él había visto en su vida, aunque fuera solo por televisión y en revistas. Ni la “Miss Universo” o las más bellas artistas de cine podían competir con ella, a su juicio.

Aquí ella se mostraba en la playa, corriendo y jugando femeninamente con una gran pelota, y después saboreaba con sensual placer la dichosa bebida. Es posible que saciara su sed, pero también lograba aumentar la del pobre Memo. Se arrebolaba, y su cara mostraba un fuerte rubor, pero lo más aterrador fue la erección. Era igual que cuando necesitaba hacer pila con urgencia o cuando se levantaba en las mañanas.

Hasta ese momento, cuando sentía una, no le daba importancia. Seguía leyendo el Tesoro de la Juventud o algún chiste nuevo. Ya pasaría. Y efectivamente, pasaba. Pero en este caso, fue la primera vez que le ocurrió al ver a una mujer. Hasta ese día, Doris Rivera era lo que se llamaría un amor platónico, pero el incidente marcó el final de esa etapa y el inicio de una muy tortuosa para Memo Beltrán.

Lo que le pasó la semana pasada al ir a la matinée del domingo con los chicos y chicas del barrio fue terrible. Le había tocado sentarse al lado de Connie de pura suerte, creía él. Connie le gustaba más que las otras chicas, pero estaba seguro que ella ni lo miraría.

Antes de empezar la película, pasaron algunos comerciales y para su desgracia, se encontró con Doris Rivera tomando “Cholita” en la playa, en bikini, a todo color y de cuatro metros de alto frente a él. En Technicolor y Cinemascope.

De las catorce pulgadas y la imagen en blanco y negro del televisor de su casa a esto, había un mundo de diferencia. Fue mucho para el pobre. Sin control alguno, tuvo una erección feroz y dos minutos después una copiosa eyaculación sin absolutamente ninguna intervención suya. Connie lo miró extrañada al ver que él temblaba y se contorneaba en la butaca. Le preguntó

- ¿Te sientes bien Memo?
- Siií. Es que me ha dado un calambre… – murmuró Memo arrastrando las palabras, aún fuera de control, agradecido de haber podido responder algo que tuviera sentido.
- ¿Quieres que te ayude en algo?
- ¡Nooo! – el grito de Memo se escuchó hasta en la mezzanine. Todo el mundo volteó a mirarlo. Su embarazo fue aún peor.

Permaneció petrificado, sin moverse un milímetro el resto de la película y se fue cinco minutos antes del final, con el cine aun a oscuras, casi corriendo hacia su casa. ¿Cómo le podía pasar esto, justo cuando Connie se había sentado a su lado? No pudo, ni quiso dirigirle la palabra a pesar que ella le hacía constantes preguntas sobre la trama, a lo que él contestaba con monosílabos, o simplemente “no sé”. Vergonzoso, definitivamente. Ella pensaría que él se había vuelto retrasado mental o algo así.

Memo había ingresado oficialmente a la adolescencia, esa edad en que el afán de aprender todo lo posible del sexo opuesto y esas excitaciones febriles al ver una mujer ocupan la primera prioridad en la mente de cualquier muchacho.


Acababa de cumplir trece años y se estaba iniciando en el mundo de las enamoraditas, los flirteos, las primeras fiestas y los primeros besos. Memo no se explicaba como hace tan solo un año jugaba con ellas mata-gente, montaban bicicleta y de un momento a otro dejaron de usar trencitas, faldas vueludas, zapatos blancos con medias cortas y shorts hasta la rodilla para pasar a vestidos ajustados y atrevidas minifaldas. Lo peor no era sólo el cambio, sino que Memo se percató con sorpresa que ya no las podía tratar como antes y no sabía ni siquiera como dirigirles la palabra. Si antes eran odiosas e insufribles, hoy eran atractivas y misteriosas.

Memo era un chico tranquilo y hasta un poco ingenuo. Era de los primeros de la clase y su conducta era impecable. Dentro de la libreta de notas había una categoría llamada “Deberes Generales”, totalmente subjetiva y a criterio del colegio. En ella habían cuatro temas: Deberes Religiosos, Conducta, Aprovechamiento y Deberes Sociales, Siempre tenía la máxima nota en los cuatro. Nunca supo que significaba Deberes Sociales, pero sospechaba que era para señalar a los que no se bañaban y andaban todos sucios.

Siempre fue un poco tímido hasta que agarraba confianza con alguien, y una vez logrado, se volvía extrovertido, cálido y hasta cariñoso. Pero en este caso, ¿Qué? ¿Qué les podía decir? ¿Cómo empezar una conversación?

Pensaba que los hombres eran más sencillos en todo. Al no tener hermana, no podía saber de la sensibilidad y volatilidad de humor de las mujeres, ni su atención a los detalles, menos aún su obsesión por el espejo y la limpieza corporal. A su juicio, el hombre crecía, se le engrosaba la voz y le salían bigote y barba.

Y uno era más hombre si podía escupir más lejos que los demás. Además si el escupitajo tenía flema, ya podía hablarse de tener una reputación. Tenía que ser bueno jugando a la pelota y manejando carro patín. Había que saber volar cometa y jugar trompo. ¡Listo! Eso era todo. Ya se era hombre hecho y derecho.

Intentó averiguar lo que pudo de esta complicación de todas las maneras posibles, pero había sido en vano. Su colección del Tesoro de la Juventud no tenía nada al respecto. Sondeó a su papa, pero éste se hizo el cojudo: “Esas son cosas de hombres. Solito te vas a dar cuenta”. Entonces pensó en los profesores del colegio, así que habló con el profesor de Anatomía – después de todo, ¿quién más que él para saber de estas cosas? – pero fue enviado a hablar con el Padre Gómez, director espiritual del colegio.

El Padre Gómez tenía casi ochenta años y le habían dado ese cargo porque ya estaba muy viejo para enseñar. Se pasaba casi todo el día en el confesionario haciendo la siesta o repartiendo catecismos y folletitos sobre el despertar del “vigor juvenil” impresos en España hacia más de treinta años. (La palabra “sexo” y todos los términos asociados estaban prohibidos en el colegio). El joven que salía en la portada, de unos catorce años, vestía pantalones cortos, medias hasta la rodilla, tirantes y gorrita. Memo solo había visto esa vestimenta en fotografías anteriores a la Segunda Guerra Mundial, de amigos del colegio del abuelo, que él conservaba con mucho cariño, pues era uno de los pocos recuerdos de su tierra natal. Al hablar con el buen Padre, éste lo invitó a confesarse y le dio una bendición especial. Pero de respuestas, nada. Es más, al llegar al confesionario, el pobre se había olvidado la razón por la que habían ido allí, aunque lo confesó de todas maneras. Nunca estaba demás, pensó.

Ya en la mañana posterior a su incidente nocturno, Memo estaba decidido a tomar al toro por las astas. Como era metódico y responsable, hizo una lista de las cosas necesarias para controlar este absurdo problema:

1. Tomar duchas frías (varias al día)
2. No pensar en Doris Rivera jamás de los jamases.
3. Hablar del asunto con el profe de Educación Física. (El único que le tengo confianza)
4. Preguntarle al Chato Paiva. (El Chato sabe de todo. Eso sí, con cuidado, no fuera a pensar que soy todavía un niño curioso. Ojo: darme mi lugar siempre)
Nota Importante: Al profesor de Educación Física también preguntarle porque me siento culpable, si es tan rico. Al Chato, ni una palabra.

Y Memo partió resuelto y optimista al encuentro con su destino. El día transcurría sin novedades. Se sentía mucho más tranquilo, ahora que ya tenía un plan. Esperó pacientemente al recreo para ir a hablar con “Ojo de Gallo”, el profesor de Educación Física que se había ganado el apelativo debido a un pronunciado estrabismo que él usaba eficientemente para hacer creer a sus alumnos que podía ver en varias direcciones al mismo tiempo. Tipo criollo y campechano, era el único que decía lisuras y los alentaba en los ejercicios con pullas y apodos que todos celebraban.

Lo encontró en el patio con dos defensas del equipo de fulbito de Cuarto de Media, que habían perdido contra su clase por 4-0. Rió interiormente al recordar la goleada. ¡Qué tal pateadura! ¡Primero de Media, una tira de enanos contra estos manganzones grandotes! Y es que con dos delanteros como el Pescado Yépez y el Chino Yamamura le iban a ganar hasta a Quinto con seguridad. Al acercarse lo miraron con sordo rencor, pero Ojo de Gallo les dijo

- Bueno, muchachos, ¡ánimo y no se ahueven en el próximo partido, ya saben!

El profesor Tenorio era de estatura media, con un peinado hacia atrás hambriento de gomina y una nariz inmensa. Su imagen hubiera sido muy cómica si se añade el detalle estrábico, pero había algo en su manera de mirar, de moverse, que inspiraba mucho respeto. Como que estuviera transmitiendo un claro mensaje de superioridad y agresividad física que instintivamente frenaba cualquier imagen graciosa en la mente de su interlocutor.

Volviéndose a Memo, le preguntó

- ¿Hola Beltrancito, que necesitas?
- Profe, quería hacerle una consulta muy personal.
- Plata no tengo, carajo. Pídeme otra cosa.
- No profe, para nada. Es algo más íntimo, más serio.
- ¡No me digas que te has llenado a una hembrita! Estas muy pichón para eso. Aunque nunca se sabe. En estos tiempos…
- ¡No, no! ¡Ni loco! Tiene que ver con eso de la masturbación que nos han explicado en la clase.
- ¡Vaya, Beltrán! ¿Ya estas volando cometa? No te preocupes, todos pasan por eso. Es parte de la adolescencia, muchacho.
- Tampoco, profesor Tenorio – usó el apellido para que se pusiera serio – Es algo más complicado que eso.
- ¿A ver, qué pasa, Beltrán?
- El problema, profe, es que no puedo evitarlo. Yo ni me toco, ni nada, pero me despierto así y el otro día me pasó en el cine. Solito nomás, yo no hice nada, se lo juro, y de repente ¡todo embarrado!

Ojo de Gallo se rió a mandíbula batiente del pobre Memo, quien lo tomó a pecho y le dijo muy seriamente

- ¿Y usted cree que eso es broma? ¡No se pase, pues profe! A ver, ¿si le pasara a usted?
- No Beltrancito, no me rio de ti. Lo que pasa es que lo tuyo es muy frecuente.
- Claro que no había escuchado de ningún muchacho que le pasara en el cine así, sin tocarse. Te fuiste a ver una de mayores de 21, seguro ¿no?
- No profe, fue la matinée del domingo, habíamos ido un grupo grande y era para mayores de 14.
- Bueno, bueno, te creo. Lo que te está pasando es completamente natural y se llama polución; suele ocurrirle a los muchachos como tú, que están entrando en la pubertad. La mayoría de las veces es durante el sueño. Ahora, así como a ti, nunca he visto, la verdad. Yo no me preocuparía mucho, relájate. Puede ser que estés obsesionado por el asunto. Te aseguro que si lo tomas con calma, no te volverá a pasar.
- ¿O sea que no es pecado?
- Mira Beltrán, yo no soy cura, pero estoy seguro que si no lo haces a propósito, todo está bien. De todas maneras, anda pregúntale al padre Gómez.
- Muchas gracias profe, voy a preguntarle a él – Memo pensó que eso implicaría otra confesión, más catecismos y folletitos, así que no iría ni pagado.
- Anda nomás hijo. Ya sabes, deja de preocuparte. No es ningún problema serio. Mas bien agradece. Yo sé por qué te lo digo – Ojo de Gallo, hombre de edad madura, se quedó pensando con envidia y melancolía en cuanto daría por tener el mismo problema.

La campana indicaba que el recreo llegaba a su fin. - ¡Con las justas! – se dijo Memo. Con el alma y la conciencia tranquila, sentía que el problema ya estaba resuelto. Ya no hablaría con el Chato Paiva, que después de todo, era medio chismoso y estas cosas eran muy personales. Lo mejor, pensaba, es que él no estaba haciendo nada malo. Podría seguir yendo a misa y comulgando frente a las hembritas, para que vieran que no tenía nada que ocultar. Sólo le quedaba explicar a Connie por qué salió antes del cine. Bueno, ya llegaría el momento. Que sentía mucho dolor en la pierna, que lo esperaban temprano en su casa, lo que fuera. No sería problema alguno.
Decidió además, cerrar los ojos y evitar mirar cualquier comercial o foto de Doris Rivera. Era un hecho: no pensaría más en ella.

Pero es fácil decidir y difícil cumplir. Memo no contaba con que al día siguiente se despertaría después de una húmeda y tórrida noche soñando con Doris. Lo poco que recordaba era haberse cruzado con ella en el aeropuerto llevando una botella de “Cholita” en la mano y al pasar a su lado ella lo miró muy tentadoramente, con esos ojos entre verdes y azules que lo mareaban. Llevaba un vestido muy corto, de un rojo flamígero. A Memo le bastó verla para tirarse como un gato en celo sobre ella, sin saber realmente qué hacer, pero apretando y acariciando cuantas partes del cuerpo de Doris pudiera. ¡Y en medio del aeropuerto! Sintió que se hundía en un abismo de placer incontrolable y repentinamente se despertó, cuando el sueño le auguraba que lo que venía sería mucho mejor que lo que había experimentado.


Al despertarse, y aunque un poco mortificado mientras se aseaba con pulcritud, recordó algunas de esas escenas con cariño e ilusión. Se imaginó en una playa paradisíaca con Doris, los dos haciendo el amor de una manera que no estaba seguro si era la correcta, pero con pasión absoluta y mucho amor.

¿Amor? – Reaccionó con un violento estremecimiento. ¿Amor, eso era lo que estaba pensando? – Memo dejó paso a sus sentimientos y se dio cuenta que efectivamente, se había enamorado de Doris Rivera.

Nunca se había enamorado antes. Las referencias que tenía eran de algunas películas y de los mayores del barrio que ya tenían enamorada. Sin duda era bacán andar por la calle con el brazo abrazando a una chica, y aquellas parejitas que se sentaban en la parte de atrás del cine lo pasaban bien a todas luces, aunque fuera en una oscuridad casi total. Las ideas contradictorias circulaban a toda velocidad en su confundida mente en una lucha evidente entre hormonas y sentimientos, de lo cual Memo ni se percataba.

Súbitamente sintió que todo tenía sentido. ¡Se había convertido en un hombre adulto!
Atrás quedaban las tonterías de peliculitas, flirteos furtivos, y prematuros escarceos con las chicas del barrio. El destino lo había llevado a una difícil encrucijada en la cual tenía que optar por un amor imposible y la vida muelle y fácil de los muchachos de su edad.

Sin dudarlo, Memo entendió que tenía que aceptar el reto. Como le había dicho su profesor de Gramática, el camino del hombre era siempre el más difícil. ¡Llegó el momento de demostrarle al mundo y en especial a Doris Rivera, de que madera estaba hecho Guillermo Antonio Beltrán Zamora! Pero… ¿cómo?

Eran los tiempos de la televisión en vivo y Memo sabía que Doris era la modelo de un popular programa de entretenimiento, “El Show de la Una” que se propalaba por el canal 8 a esa hora, así que decidió no ir al colegio el día siguiente. Iría al canal, y la esperaría en la puerta, confesándole su amor y sus intenciones. Solo le pediría que lo esperara cinco años. A esa edad ya habría terminado la secundaria y habría conseguido un trabajo con el cual podría mantener un pequeño departamento. El amor llenaría con creces cualquier privación. Mientras lavaba sus calzoncillos y pijama, pues no quería que su mamá se diera cuenta, seguía construyendo con mucha ilusión sus castillos en el aire.

Esa mañana, se vistió con sus mejores galas, se afeitó por primera vez aquel bozo que a duras penas se notaba y usó la mejor colonia de su padre. Una última mirada en el espejo le dio cierta seguridad. No se le veía mal y hasta parecía un poco mayor que su trece años. Cualquiera pensaría que tenía por lo menos catorce.

Se dirigió a la mejor florería que conocía y gasto todos sus ahorros en un ramo de rosas rojas muy hermosas. Ya estaba listo para enfrentar el desafío que cambiaría su vida por completo.

Llegó al canal poco antes del mediodía y se dispuso a esperar pacientemente después de averiguar con el vendedor de periódicos de la esquina cual era la entrada de los artistas. Éste lo miro con simpatía y en un tono irónico le dijo

- Es en la puerta chica que ves en la calle de al lado. ¿Son para tu enamorada?
- Sí, pero todavía no se lo he dicho.
- Es alguna de las bailarinas del show?
- No, la que va a ser mi novia es Doris Rivera.

El vendedor no pudo reprimir la carcajada, pero como veía la ingenuidad y sinceridad de Memo, replicó

- ¡Suerte muchacho! Te ves un poco tiernito para ella, ¿no?
- Sí, no crea que no me doy cuenta, Pero estoy dispuesto a todo. ¡Me voy a casar con ella!
- ¡Te deseo lo mejor, chiquillo!

Lo miró alejarse temiendo el desenlace de aquel aventurado intento de Memo. Pero con los años que tenía en esa esquina, había visto cosas peores.

Unos veinte minutos antes del programa, llegó Doris. La traía un hombre maduro, impecablemente vestido y con aire muy distinguido. El auto era un deportivo convertible del año que hacía que Doris se viera aún más encantadora.

Memo se sorprendió de la multitud que se había congregado para recibirla. Pero logró mantenerse siempre adelante y apenas bajó del auto, Memo casi se abalanzo sobre ella en un intento desesperado de ser el primero en hablar con ella. Solo logró asustarla, pero alcanzó a ofrecerle las rosas, un poquito maltrechas y decirle ¡Doris te amo! en el tono más apasionado que pudo con lo que el escabroso problema que lo aquejaba tomó control de su naturaleza.

Doris le recibió las flores con una sonrisa y le dijo ¡Ay, gracias! y siguió su camino ingresando al canal mientras Memo seguía estremeciéndose en una situación terriblemente embarazosa. Ella ni siquiera se percató del estado de Memo. El gentío alrededor simplemente se desplazó al ritmo de Doris, ignorando afortunadamente a Memo, quien permaneció en medio de la vereda, avergonzado, humillado y con el corazón hecho pedazos. ¡Cuán terrible es el amor!


Memo cumplió con su resolución de evitar por todos los medios posibles ver imágenes de Doris Rivera, pero el fenómeno de erección súbita le empezó a ocurrir con la sola vista de la bebida que ella promocionaba, la “Cholita”. Obviamente era una molestia, pero no llegaba a los húmedos límites de las imágenes.

Finalmente, el año escolar llegó a su fin y a pesar de todo, Memo terminaría con muy buenas calificaciones. Para los exámenes finales, el Ministerio enviaba a un profesor externo que como jurado supervisaba la correcta conducción del examen.

Para el curso de Matemáticas, la materia más fuerte de Memo, se presentó un venerable y voluminoso profesor, quien manifestó desde un principio sus molestias por el calor y la sed que sentía.

El profesor Cano, encargado de la materia, distribuyó las pruebas y Memo al recibirla se dio cuenta que era sumamente sencilla. ¡Sin duda, se sacaría un 20!

Al momento de empezar la prueba, ingresó un asistente del colegio, llevando unas botellas de “Cholita” para el jurado y el profesor Cano, como una gentileza.

Ya con el examen en la carpeta, Memo alzó la vista y vio las flamantes y brillantes botellas en el pupitre del profesor.

Memo sufrió el más violento orgasmo del que tuviera memoria.

Su nota final fue 04.

agosto 06, 2015

Mis Libros Favoritos


Sin ánimo de alardear, creo haber leído unos pocos miles de libros a lo largo de casi 60 años, pero si me pidieran que hiciera una lista de ellos que recomendaría a ojos cerrados, veo que no recuerdo muchos, me temo. Por favor, ruego que no tomen esto como una lista de un experto o un académico. No lo soy y mi intención no es esa ni remotamente. 


Es simplemente aquellos que a mi personal parecer, vale la pena considerar para ser leídos y que le podría servir a alguna persona joven que tenga la misma obsesión que yo tuve por leer cualquier cosa escrita. Nada más.


Es probable que sea por la falta de memoria y el exceso de años, pero definitivamente hay algunos que cambian la manera de ver la vida y otros que enseñan cosas que aunque uno quiera, no se olvidan jamás. Es evidente que los libros que más se recuerdan son aquellos que se leen durante la juventud, pues encuentran territorio virgen para sembrar sus ideas.


Con los años, el terreno se vuelve árido, seco, con pocos nutrientes y muchas piedras. Es mucho más difícil que la siembra sea fructífera. 


Sin embargo, cada vez que leo un nuevo libro, trato de maravillarme y espero con ansia los momentos en los que puedo disfrutar de su lectura y con mas ansia aún alguna imagen, frase o recuerdo que permanezca para siempre conmigo. Aquel que es incapaz de maravillarse ha perdido una de las cualidades más valiosas que se puede tener en la vida. 


Debe ser terrible no encontrar nada nuevo ni grandioso en la vida y resignarse a ganar la lotería.


Mi lista es como sigue:


1. Sócrates y Platón 

- Diálogos – Este es obligado. Además que es un dos en uno, porque Platón escribió los conceptos de Sócrates en esta obra. Originalmente pensé que sería muy aburrido, pero puedo asegurar que es apasionante. Es casi como aprender a pensar.

2. Aristóteles

- Categorías – Si se logra leer éste, que es sobre ser y decir (¿interesante, no?) los otros dos vendrán solos : 
- Sobre la interpretación –Cómo decir las cosas, en términos simples.
- Ética a Nicómaco - Este último es genial, y es sobre los valores del ser humano.

3. La Biblia – No por motivos religiosos ni mucho menos. Tiene muchísimos dramas que tienen que ver con la miseria humana. Tuve la suerte de estudiar en la Inmaculada y me pasaba la misa diaria leyéndola. No había mejor manera de pasar el tiempo.


4. Miguel de Cervantes 

- El Quijote – Aunque fuera por cultura general, pero a pesar de su castellano antiguo, es sumamente entretenido y es uno de los primeros libros en que los personajes tienen una real y jocosa simpatía y una profundidad tan humana al mismo tiempo. 
Con el Quijote también tuve mucha suerte. Pasé un verano en un colegio en Saint Louis, Missouri - “Chaminade College Prep”, y en vez de ir a las clases, me refugié en la biblioteca y pude leer todos los clásicos de la literatura española, porque eran los únicos libros en español disponibles.

5. Ariosto 

- Orlando Furioso – Precursor de las novelas de caballería y apasionante. Curiosamente es un poema, probablemente el más largo que se haya escrito. Casi no he leído poesía, pero en este caso ni me percaté.

6. Alejandro Dumas 

- Los Tres Mosqueteros – Sólo por la soltura y naturalidad con la que se desenvuelven los personajes, vale la pena. La he vuelto a leer muchas veces y siempre me produce el mismo placer.

7. Federico Nietzsche 

- Así Hablaba Zaratustra 
- El Anticristo - Ambos fueron una experiencia traumática y arrolladora. Gracias al Profesor de Cayetano Heredia, Luis León Herrera, tipo genial e increíble. Si alguien quiere ir más allá, está Schopenhauer, con “El mundo como voluntad y representación”, más denso, pero muy interesante. Contrariamente a lo que se piensa, Nietzsche era en realidad un idealista obsesionado con el tremendo potencial de crecimiento del ser humano, más que con una raza superior.

8. François Rebeláis 

- Gargantua y Pantagruel – Bastó que me dijeran que era irreverente, escatológico y que fue censurado en su época para que cautivara mi atención. Una vez más, no me equivoqué. Libro genial, dentro de lo absurdo de la trama, critica tremendamente la falsa y engañosa imagen de buenas costumbres del Renacimiento. Muy bueno y hasta hoy lo recuerdo con cariño y nostalgia.

9. Fedor Dostoievski 

- Los Hermanos Karamazov
- Crimen y Castigo – Si me condenaran a la eternidad con un solo libro, probablemente seria los Hermanos Karamazov. ¡Que libros tan tremendos! Oscuros, profundos, dolorosos y tan, tan humanos. ¡Maestro en el conocimiento del hombre, Dostoievski!

10. Herman Hesse

- El Lobo Estepario – Libro terrible y fascinante sobre la soledad del ser humano. Este es de lectura obligatoria.
- Demian – De acuerdo a la edad del lector, este libro puede ser muy importante. Es preferible leerlo en la adolescencia.

11. Maximo Gorki

- La Madre – Libro peligroso. Fuertemente motivador y provoca salir a luchar por la revolución y el cambio, cualquiera que sea. Impresionante. No recomendable para impresionables.

12. Ciro Alegria

- El Mundo es Ancho y Ajeno – A pesar de haberlo leído hace más de 40 años, Rosendo Maqui y Benito Castro están grabados a fuego en mi mente. Crónica dolorosa de la injusticia en el Perú, Para mí, el mejor libro nacional.

13. Julio Cortázar

- Lo que fuera – Me refiero a cualquiera de sus obras. Pero me gustan en especial sus cuentos y artículos. Tipo con una sensibilidad feroz. Gran maestro.

14. Henry Miller
- Trópico de Cáncer
- Trópico de Capricornio – Rebelde, iconoclasta, estrafalario, original, no bastan para este espíritu libre. Leer con cuidado. Puede cambiar la vida de las personas y no olvidemos que sus libros estuvieron prohibidos en los Estados Unidos.

15. Gabriel García Márquez
- Cien Años de Soledad – A mi entender, la obra maestra de la novela hispanoamericana. Una verdadera joya en cualquier idioma. Solo se me ocurre pensar que esta magia del maestro será difícil superar por algunos siglos.

Se quedan muchos en la memoria, pero estos quince, sin duda estarán en cualquier lista que yo pudiera sugerir. 


Algunos pueden parecer densos y aburridos, pero firmemente creo que si alguien está interesado en la naturaleza humana, no lo serán.