noviembre 26, 2015

Mandi y El Gordo






El iconoclasta escritor Henry Miller escribió que Fedor Dostoievski, su colega ruso de cien años atrás, fue el primer ser humano que le abrió su alma; esto es, a través de sus obras.

Si Miller era extraordinario, Dostoievski era genial. En sus obras, efectivamente, muestra las más oscuras y escabrosas intimidades del alma.

Cuando leí a ambos autores por primera vez, hace más de 40 años, todos los sueños eran realizables y yo jugaba a ser Zaratustra con un grupo de enfebrecidos y alocados amigos que compartían conmigo lecturas, aficiones, vicios y hasta casa y comida, aquello me pareció una absurda aseveración.

      -        ¿Cómo era posible que alguien no quisiera mostrar su alma a los demás?
      -        ¿Cómo no ser auténtico, sincero, abierto y además soñador?

-        Absurdo. Debía ser que los norteamericanos y los rusos eran diferentes y no tenían ese romanticismo latino que nos hace apasionados, fanáticos y a esa edad, jueces “imparciales” del comportamiento moral de los adultos.

Porque los viejos sí tenían problemas. Claro, habían crecido en una sociedad llena de represiones, tabúes, ignorancia y creencias absurdas. Nadie les había dicho que podían pensar sin restricciones, los llenaron de limitaciones y anteojeras, que obviamente, nosotros los jóvenes no teníamos.

Y vino la Primavera de París en Mayo, los estudiantes tomaron la ciudad y empezamos a escuchar frases extraordinarias que se convirtieron en lemas: "Decreto el estado de felicidad permanente", "Prohibido prohibir” o “Seamos realistas: pidamos lo imposible”. Y los Hippies con “Hagamos el amor, no la guerra”, y su revolución de flores. Entonces concluimos que con palabras, flores y cannabis el mundo estaba resuelto. Y los Beatles. Y John Lennon con Imagine. Y el maravilloso Woodstock. Y con estos gigantescos fenómenos sociales, mi generación pensó que éramos los revolucionarios, los rebeldes, aquellos que habían roto con todos los esquemas sociales retrógrados.

Al pensar en esto y mirar a mi alrededor, veo que los que quedamos hemos pasado trágicamente a ocupar el lugar de los viejos que tanto criticábamos. Probablemente ellos también pensaron lo mismo que nosotros cuando éramos jóvenes. Tomar conciencia de ello es abrumador. Fuimos en círculo y compartimos los mismos vicios y defectos. Me desalienta y descorazona. Porque los pensamientos y las ideas cambian con los años, qué duda cabe, pero la naturaleza humana, esa esencia del ser, sigue siendo la misma a través de los siglos.

Lo peor es que ahora, mucho más que antes, nadie quiere mostrar su alma. Parecería que todos, los viejos y jóvenes de ayer, tanto como los de hoy, tenemos temor que sepan cómo somos en realidad; cuales son nuestras angustias más tremendas, o nuestros pequeños y sucios crímenes y peor aún, ¡que alguien pueda darse cuenta de nuestras debilidades!

Quizás sea el temor a ser herido, a que nos hagan daño. Durante la vida, nos vemos enfrentados a situaciones en que de seguro otras personas o circunstancias lo harán. Ya sea por supervivencia propia, egoísmo desmedido o simplemente por no percatarse. Y el alma termina llena de desgarros, cicatrices dolorosas y heridas incurables. Solo los locos pretenderían andar por la vida sin protegerse. Pero aun así, algunos andan por ahí.

Y no hace mucho, otro escritor descomunal, el maestro García Márquez, dijo esta frase tan cierta y poderosa, que de puro temor arranca un esbozo de esquiva sonrisa de aquellos que la leen: “Todos los seres humanos tienen tres vidas: pública, privada y secreta”.
No dio más explicaciones y nadie las necesitaba. Pero puede hacer estremecer a cualquiera que al leerla piense en lo que pasaría si su vida secreta dejara de serlo.

He empezado esta historia varias veces y en varios meses. Siento que necesito hacerlo. Pero se mantiene dentro, torturándome, negándose a salir. Ni siquiera puedo explicarlo. Ha sido muy útil para desarrollar un evitamiento creativo. Es decir, cada vez que he comenzado, hallaba algo útil que hacer que había venido postergando. Desde leer un libro hasta reorganizar los archivos de mi computadora o incluso alguna aborrecible tarea en el hogar como reubicar muebles, cambiar baterías en las alarmas de fuego, o algo así. Lo más desagradable de esta actitud, o lo más vergonzoso, es que logré siempre encontrar alguna poderosa razón para hacerlo perentoriamente.

Y aquí estoy por quinta o sexta vez, tratando de sacar desde lo más profundo el recuerdo de las almas y corazones, penas y sentimientos de dos hermanos, Enrique y Armando.
Enrique era el “Gordo”. Cuando Enrique recibió ese apodo, Armando era Armandito. Vino al mundo poco más de un año después que Armandito. Y fue el Gordo casi desde ese momento. Armando era delgado y bonito. Él era gordo y más bien feíto, pero desde la cuna ya tenía un aire de picardía que no se le fue jamás.



Le tomó poco tiempo ponerle a Armando el apodo con el que aún hoy, sesenta años después, la familia y los amigos del barrio lo conocen: “Mandi”Al ver las fotos, Armando se preguntó cuánto daño se podía hacer por tratar de hacer el bien. Pero en una ciudad como Lima, donde todo tiene que ser suave y mesurado, se consideraba los más adecuado “para que los chicos no sufran”
Él escuchaba con atención siempre y al ver que todos le decían Armandito, intentó vanamente repetirlo, pero a duras penas podía decir “Mandito”, que luego le resultó muy largo y terminó diciéndole “Mandi” mañana, tarde y noche, pues era muy demandante.
La familia entera no tardó en adoptar, más por ociosidad, ese apodo. Y él siguió siendo el Gordo, porque lo era. Hasta entrada la adolescencia, más que gordura, lo que tenía era barriga, protuberante y exagerada.

De personalidades diametralmente opuestas, el Gordo aprovechó sin perder una sola, todas las oportunidades que se presentaron para sacar de quicio a Armando y para obligarlo moralmente a pelear con chicos más grandes que él.
¡Siempre, siempre! Ni siquiera una vez escogió a alguien del tamaño de su hermano mayor para meterse en líos. Todas las peleas de Mandi por culpa del Gordo fueron con tipos más grandes que él. Algunos hasta por una cabeza. Pero Mandi nunca perdió una sola. Le dieron duro, pero él dio más duro todavía, Las peleas diarias y continuas con el Gordo eran una excelente práctica.

La venganza de Mandi fue diferente. Forzaba al Gordo a reconocer una superioridad mental inexistente y le cobraba con fuerza los golpes que sufría por su culpa.
Nadie podría imaginar dos personalidades tan diferentes provenientes del mismo vientre y con la misma sangre.

Si Mandi leía, el Gordo jugaba. Donde Mandi callaba, el Gordo reclamaba. Aquel se entristecía, éste se reía, y cuando hacían algo juntos, lo que uno cedía, el otro lo tomaba sin reparos.

Cada uno encontró maneras de sacar ventaja en esta pugna interminable siempre tratando de no forzar las situaciones. Cuando las tías y los tíos se reunían para el almuerzo dominical en casa de la abuela, eran el centro de atención. Mientras los tíos se inclinaban por la viveza y rapidez del Gordo, las tías se encariñaban más con Mandi, quien les contaba alguna historia recién leída o compartía algún trozo de zarzuela que había escuchado.

Los tíos los animaban con propinas a competir en duelos con las pistolas de hojalata o un juego de futbol en los cuales el Gordo siempre resultaba ganador, pero al momento de repartir el premio, Mandi se las ingeniaba para recibir menos monedas, las de más valor.
Su madre se angustiaba a diario, pues estaba segura que jamás podrían llevarse bien. A veces comentaba con la familia que solo esperaba que no terminaran enemistados de por vida, síndrome común y trágico de los ancestros de ambos lados. Pero el Gordo y Mandi seguían enfrentándose y peleando cada vez con más vigor y entusiasmo.

Su padre trataba de ser justo y equitativo, pero le era muy difícil, pues estaba la mayor parte del tiempo trabajando fuera de la ciudad y para su dolor se había convertido en un papá de fin de semana. Si le hubieran ofrecido estar con ellos siempre a cambio de su alma, no lo habría dudado un instante. Pero él no era Fausto y el diablo no era Goethe. Su nombre era Gonzalo y las Parcas hilaban su destino para mantenerlo lejos de su esposa y sus hijos.

Enrique y Armando aprendieron a mirarse el alma no a punta de golpes mutuos, sino a punta de golpes que recibieron ambos de la vida, mucho más terribles y dolorosos.
Por eso, quizás sea mejor empezar la historia al revés, es decir de adelante para atrás y ubicarnos en estas épocas.

Al separarse el Gordo y Mandi con apenas 16 y 17 años, eran muy diferentes y el mundo también.
Muchos años después, y a fuerza de tremendos sacrificios de ambos, pudieron juntarse nuevamente, con el sueño de revivir esos momentos de una niñez accidentada, revoltosa y extraordinaria.

Pero la vida pasa, golpea, seduce, engaña y frustra. No en vano se ve tanto anciano con un rictus de dolor y sobre todo de amargura, sin importancia de origen, raza o dinero. La vida siempre lanza como granadas que destruyen sueños, ilusiones, amores y vínculos. Es parte de su ley inflexible e ineludible.

Muchos seres humanos quedan lisiados emocionalmente de por vida y anhelan el último día de vida de la misma manera que un niño anhela el día siguiente. Y eso es muy triste.
Al reunirse nuevamente, ya nada era igual. El Gordo era flaco y Mandi gordo. El Gordo hizo dos maestrías y la carrera con una beca en los Estados Unidos. Mandi a duras penas logró terminar el bachillerato después de pasear por cuatro carreras y tres universidades. El planificador y metódico fue Enrique y el desaforado y desordenado fue Armando. Sin duda la vida los había moldeado diferentes otra vez, pero con un amargo toque de ironía.

Les costó mucho trabajo y sufrimiento volver a mirarse mutuamente el alma, algo que les era tan natural. Al poco tiempo, a pesar de verse con frecuencia, esa distancia entre corazones se hizo más larga.

Pero adelantaré un final feliz, pues finalmente, y con la sabiduría de la edad, ambos, sin hablar nunca de aquello, entendieron que nuevamente estaban hablando de corazón a corazón, Y es a esto a lo que me voy a referir.

No hace mucho, Enrique, que ya no era más el Gordo, le pidió a Armando, quien seguía siendo Mandi, y que era gordo ahora, que hiciera una especie de calendario de los años de infancia. Mandi opinó que era una buena idea y empezó a revisar fechas, lugares y personas, tratando de rescatar de su maltratada memoria lo que fuera saliendo.

Poco a poco, fue registrando todo lo que podía, hechos y recuerdos, muchas veces sin relación lógica y tan dispares y dispersos que llegó a dudar de poder elaborar algo que tuviera aunque fuera un poco de sentido. Pero gradualmente fue tomando forma y repentinamente se encontró con una sucesión de acontecimientos en la vida de ambos que fueron los que los marcaron para siempre.

Al terminar, Mandi se sentía muy afectado. Algunas de estas memorias eran golpes terribles saliendo del fondo de su corazón arrastrando consigo penas, pérdidas y dolores acumulados por más de medio siglo. Era un sentimiento difícil de explicar, pero le dolía hasta las lágrimas. Y no esas lágrimas que muchas veces tenía, de emoción o alegría, cuando su mujer, sus hijas y su nieta intentaban quererlo más, si aún cabía.

¡No! Eran lágrimas escasas, casi secas, pero hirientes y profundas como espinas, saliendo del pecho a horcajadas, dando golpes de furia e impotencia por lo que pasó y que no pudo ser evitado.

Quién sabe si fueran los múltiples y vanos intentos por olvidarlos o el perverso placer de horadar más en su dolor, cuando salían a flote aunque fuera por un momento, lo dejaban vacío, triste y desolado. Y permanecía así, exhausto, por días o semanas.
Al revisar la recopilación de recuerdos, y ya más tranquilo, cayó en la cuenta que Enrique y él habían tenido una oportunidad extraordinaria y raras veces otorgada por el destino.

Aunque Armando no lo recordaba, su madre le hizo saber que a los pocos meses del nacimiento de Enrique, y en su afán por cuidarlo, casi lo asfixió al llenarle la boca con galletas de animalitos, que eran sus favoritas. Podía jugar con ellas y después comérselas. El sí recordaba eso. Vaya, pensó, es verdad que hay amores que matan.

Evocó los años pasados en la casa de la abuela, lóbrega y antigua con un olor peculiar que siempre asociaría a tristeza y misterio, probablemente causado por la cantidad de plantas de salvia y otras que la abuela tenía por toda la casa para traer dinero, salud o alejar al diablo y a los malos espíritus, como decía ella.  O tal vez sería por las historias de fantasmas que Rosa, una empleada que habían traído del Norte, les contaba en la penumbra de su cuarto al atardecer. Nunca lo supo de seguro. El recuerdo en común más claro era ese afán de ambos en destruir los juguetes lo antes posible. Si no era posible desarmarlos, entonces los colocaban debajo de la caja donde se guardaban, se metían dentro y saltaban hasta asegurarse que eran masas informes de latón y plástico. ¡Era de lo más divertido!

La ausencia de su padre que nadie nunca les pudo o quiso explicar y sus breves y esporádicas visitas tiempo después añadían aún más misterio a una situación en la que ambos se sentían abandonados, pues su madre tenía que trabajar y solo quedaban ellos dos jugando a las adivinanzas de lo que podía estar pasando. A pesar de las peleas diarias, instintivamente comprendieron que únicamente se tenían el uno al otro.

Ese primer entendimiento fue el que conectó ambos corazones por primera vez. Jamás se dijeron nada e incluso Armando tuvo dificultad para recordar el sentimiento, pero ambos lo sabían. Las memorias de un niño de cinco o seis años no emergen rápidamente.
Pero los juegos y rituales diarios continuaron. Peleas diarias, uno molestaba al otro, éste se molestaba y le golpeaba, el golpe era devuelto y ya estaban en lo mismo de nuevo. A pesar de las narices sangrantes y las cabezas rotas, jamás hubo ni un atisbo de rencor. Era así como tenía que ser, simplemente.

Los años pasaron. Un día su madre enfermó y finalmente tuvo que ser internada por un cáncer muy agresivo. Pasó los últimos meses de su vida en el hospital. Esta vez, el entrenamiento de las luchas diarias que los mantenía siempre alerta, fue de mucha utilidad para sortear a los porteros que les impedían el ingreso al hospital por su corta edad y el temor de propagar entre los pacientes alguna enfermedad infantil. Fue también la primera vez que pudieron trabajar como un equipo. Cada uno tenía un rol definido y en ciertas ocasiones, se turnaban para sacrificarse por el otro  pues era imposible sorprender al portero una segunda vez. Aquel que entraba, después participaba de la visita al que se había quedado fuera.

Cuando ella ingresó al hospital por última vez, ese pacto invisible, esa visión más allá de los ojos, volvió. Estaban solos de nuevo. Su padre trabajaba fuera de la ciudad y Enrique y Armando se quedaron en la casa de unos tíos para seguir estudiando. Con diez y once años, esa sensación de soledad y unión al mismo tiempo, ya no se olvidaría. Nunca más volvieron a pelearse. Esto era sólo entre ambos y habían entrado a un mundo ajeno. El hogar desapareció en el preciso instante que lo dejaron para ir a casa de los tíos y las cosas íntimas como aquella, quedaron allí para siempre. Pero silenciosamente sabían que siempre se tendrían el uno al otro.

A los pocos meses, el día que su madre murió, Enrique lloraba inconsolablemente y Armando estaba como atontado, sin saber qué hacer ni decir. Y su primo, en la ingenuidad y simpleza de los nueve años, soltó una demoledora frase que hirió por igual a ambos.

-        ¡El Gordo quería más a su mamá!

Ambos sintieron el dolor que estas palabras transmitían. Se miraron y callaron. Pero lo sabían. En esa mirada el mensaje era claro y directo

-        ¡Una vez más, pero estamos juntos, hermano!

Los ojos también decían

-        ¿Y ahora?
-        ¿Seguiremos así los dos?
-        ¡Como sea, estaremos juntos siempre!

El velorio, el entierro y todo aquello relacionado con su muerte les fue ocultado. Mucho tiempo después, encontrarían entre fotografías antiguas, algunas fotos del funeral, al cual de acuerdo a las costumbres de la época, solo iban los hombres. Todos tenían anteojos oscuros y ternos del mismo tono, con caras muy serias.

Aquella Navidad, la primera sin su madre, Armando sintió fuertemente la pérdida. Era el atardecer de Nochebuena, y el sol se acababa de ocultar. En el morir de la tarde, sentado en el rellano de entrada de la casa, empezó a llorar, primero calladamente, y poco a poco, dio rienda a un llanto incontenible. Enrique lo vio y sin decir nada, se sentó a su lado, lo abrazó y se unió al llanto. Una vez más, sin una palabra de por medio, se dijeron todo. En este lenguaje de sentimientos, se transmitían afectos entrañables, mucho más allá de cualquier frase o gesto.

Pero no pasó mucho tiempo antes que se encontraran otra vez solos. Los abuelos, que habían venido para hacerse cargo de ellos, regresaban a España. Ambos terminaron en un internado en otra ciudad al Norte de Lima, más cerca de su padre, pero más lejos de todo aquello que les era familiar. El barrio, el colegio, los amigos y la familia materna quedaron atrás. Pero se tenían el uno al otro. Y ellos sabían que eso era suficiente.

Al poco tiempo, su padre se volvió a casar y regresaron a vivir en un hogar y con una familia establecida. Pero acostumbrarse a vivir con la nueva esposa de su padre no fue fácil. A pesar de las buenas intenciones y los esfuerzos que ella hizo, para cualquier muchacho es un trance difícil. Siempre salía a flote la inevitable comparación y la competencia con su madre. Tomó mucho tiempo el aceptar la nueva realidad. Los nuevos hermanos que nacieron fueron indudablemente el peso que inclinó el fiel de la balanza. 

Estas circunstancias fortalecieron aún más el lazo entre los hermanos.
Pero como tantas veces en la vida de ambos, no duraría mucho. Pasaron menos de dos años antes que su padre fuera a trabajar al Sur de Lima mientras ellos seguían viviendo en el Norte. Armando ya terminaba la secundaria y se quedó en una pensión mientras que Enrique fue interno a una ciudad del Sur.

Esta fue la última separación. Nunca más volverían a vivir juntos, pero ya era tarde. El silencioso lazo estaba labrado a sangre y fuego.
Al terminar Enrique el colegio, marchó para Estados Unidos con una beca para estudiar Ingeniería mientras que Armando lo hizo a España para continuar Medicina después de hacer estudios generales en Lima.
Mientras Enrique estudiaba, Armando descubrió un mundo diferente que lo sedujo casi de inmediato, completamente alejado de los estudios y todo aquello que le era familiar. Desapareció por unos meses y finalmente fue devuelto a Lima sin haber abierto un solo libro de texto.

Se acercaba Navidad y la familia entera planeaba viajar a España para una gran reunión familiar, con excepción de Armando, quien recién había vuelto. Su padre tenía muy claro que había que mantenerlo lejos del ambiente que conoció allí. Enrique viajaría desde los Estados Unidos.

Al día siguiente de Navidad, su padre enfermó y moriría poco más de una semana después en un hospital de Granada. A casi diez mil kilómetros de distancia, los hermanos fueron golpeados duramente y estaban demasiado lejos para afrontar esta tragedia juntos. Enrique había permanecido en la cabecera de su padre por dos días seguidos, y al salir para asearse y mudarse de ropa, su padre partió. Armando, en cambio, había logrado hacer las paces con su padre en Lima, unos días antes, después de múltiples conflictos debido a su rebeldía y difícil personalidad. Espantosas ironías de un destino que parecía ensañarse con ellos. Al entrar Enrique al hospital, fue increpado duramente con un

-        ¡Bien podías haber estado aquí!

Entre el dolor y la confusión, nunca recordó con claridad quien pronunció la frase, dicha probablemente con el dolor propio de la muerte, pero al saberlo Armando, sintió exactamente el mismo dolor que Enrique. Jamás lo olvidarían.

Mientras Enrique se endureció y decidió luchar contra todo lo que se le presentara, revistió su corazón con una coraza para impedir volver a ser herido tan terriblemente. Armando entretanto, se rebeló contra Dios y el mundo y se prometió no seguir ninguna norma que el sentido común le impusiera.

Con el correr del tiempo, uno se volvió prudente y competitivo mientras el otro se tornó impulsivo y apasionado.
Lo único común entre ambos por muchos años fue el amor y el recuerdo del otro y el absurdo y enorme dolor por la imprevista y prematura pérdida.

Y marcharon así por la vida, con resultados diferentes, con sabores y sinsabores diversos, al igual que las alegrías y las tristezas. Cada uno recibió una apreciación de la vida distinta y valiosa.

Lo curioso es que a pesar de ver la vida de maneras distintas y valorar las cosas desde puntos de vista casi opuestos, siempre celebraron con alegría lo que alguno de ellos considerara un logro y se entristecieron y apoyaron en las circunstancias opuestas, incluso cuando en la intimidad, desearan que su hermano cambiara de actitud o hiciera algo de manera diferente. Pero siempre fue un amor sin egoísmos ni intereses personales.

Quien sabe lo más importante fue la certeza con que ambos, sin hablar apenas de ello, reconocieron que sus almas y corazones eran idénticos, que sufrían y sentían de la misma manera pero solo las reacciones eran diferentes. Es probable que sea así con todos los hermanos, pero ellos fueron de los afortunados que lo comprendieron aunque les hubiera costado más de medio siglo.

Lo diferentes y parecidos que eran, cómo fue que crecieron juntos y se mantuvieron unidos a través de todas las crisis y tragedias familiares durante su niñez y adolescencia y cómo llegaron a conocerse y apoyarse en todos los avatares y sufrimientos de lo que fue a todas luces una infancia muy difícil y una adolescencia terrible.

Dada la trama de la historia, es comprensible que haya adelantado un final feliz.

Hoy, sin palabras, cada uno sabe que el lazo de unión permanecerá sólido e incólume hasta el final. Cada uno comprende y acepta que el dolor de aquel, lo sentirá éste por igual y sus alegrías tendrán la misma intensidad en ambos.

Y es que los sentimientos son mucho más fuertes que las palabras cuando existe la voluntad de dejarlos salir.



De corazón a corazón.

noviembre 08, 2015

Wonder Woman





Wonder Woman: Superhero from the comics that possesses the beauty of Venus, the wisdom of Minerva, the strength of Hercules and the speed of Mercury. Her weapons are her tiara, a deathly boomerang, the indestructible bracelets to make her invulnerable, and the lasso of truth with the strength of an aircraft carrier.
Technically she is the only indestructible character after Superman.
Sometimes I look at my wife, and that’s how I see her. I am certain that I’m going to get in trouble over this story.
Because I do not believe I possess the moral or grammatical stature to write it, and because Marita is going to be mad at me.
Ever since I started writing as a distraction that I always wanted to have, the stories and feelings I have not written parade around in my mind on their own volition. It’s a new and extraordinary phenomenon. It seems to replace my obsessive worries, and I would say it is a form of catharsis or something similar. However, it maintains the same compulsiveness that has always characterized my imagination. And it is that compulsiveness that forces me to write this.
I am sorry, my love.
Marita, my wife of almost thirty six years, is pleased to see me occupy my time like this, with some reservations. When I speak of her on funny terms, she likes it. When I describe my role of victim in our marriage like saying that I am an employee of the house, and that sometimes I even have to report to the dogs instead of to her, she does not like it but she lets it slide. But she hates it when I speak well of her. Honestly, she simply doesn’t tolerate it. And I like it so much when people speak well of me! However, that is one more of the many reasons that make me love her so much.
I don’t want to be corny, even though I am, so I’m not going to talk about how I fell in love with her or how few romantic things I was actually able to pull off with her. Sometimes my clumsiness and many times my lack of finesse were to blame. It’s enough to say that for me it was love at first sight. I saw her and I knew it was her, and with time we got married. 

Marriage isn’t easy for anyone. It sure wasn’t for us. One falls in love with an ideal, an image, gestures and attitudes that we think are wonderful. But the difference between the illusion and love is the same as learning to play soccer through the mail and learning to play with a team on a field. Everything seems wonderful, even the flaws seem charming. But the first kick to the shin makes us come back instantly and harshly to reality.- Me?!? Ma’am please!
-Yes, yes, you! Don’t play dumb with me. We all saw that you were going too fast.
We have lost count how many times we’ve kicked each other in shins, liver, head and other body parts. I don’t think there are many lasting couples in which the reciprocal desire of murdering your spouse wasn’t considered more than once. Like I heard someone say, there are people that haven’t done it for the sole reason that they have seen a CSI episode.
But I adore her. I have asked myself many times, and I have let her know, why I love her and I don’t know, but I love her. It is not praise, actually is quite the opposite and this thought crosses my mind in moments like when I am shopping on a Sunday at 4 in the afternoon, instead of being at home lying in bed and watching TV.
By the way, I do not like shopping and I will never like it.
I have always heard that opposites attract. But I have also always heard that the affinity between the two is important. Meaning some justify the success of a relationship when their interests, tastes and hobbies are completely opposite, while others uphold the exact opposite of this.
I don’t know, and I don’t think I want to know either. All I know is that after all this time, I look at her and I see her as beautiful as she was when I met her.
If there are two opposite people in this world, it is Marita and I. Adjusting to living together when we first got married was really difficult for us. We rented a small studio apartment about 165 square feet with a small kitchen and bathroom. We painted it, we cleaned it, and we arranged it and decorated it as better as we could.
We bought a bedroom set with a queen bed frame, but we had to use my full mattress because we didn’t have enough for a new one. Problems started with what side of the bed you want to sleep on, the bedside light bothers me, to turn off the TV, to even waking up to Marita asleep kicking me out of the bed. I ended up on the floor several times. She ended up with bruises from kicks and punches I gave her in my sleep.
I go to bed late, she goes to bed early and she need a full eight hours and I need six, I don’t eat breakfast, she does, I get to work late and she is late to weddings, details like those. Not by tenths but by hundreds. I love watching sports, she hates them, table games, I like them, she doesn’t, etc.
But if there are two people in tune with each other, it is Marita and I. We love to go out and travel without a plan and sometimes without destination, without planning anything. Listen to music together, socialize a little, go to the movies and the theater, sunsets and animals, talk about nothing and everything, help others, kiss each other on the lips and hug each other every morning after we wake up, or when we say goodbye or when we arrive. Even to this day.
Without noticing and at the same time we look for each other’s hands when we walk side by side or when she is driving. When we go out together, I never drive anymore; her worry and warnings every 10 seconds were too much for me. We like to look at each other in the eyes and we like to sit in silence, we love bitter olives, and hot corn puddings. There are a million things we both like, just like there is a million things just one of us likes.
During our first years, towards the end of each month I was working 18 hours a day and sometimes all day. She would stay alone and suffered. One day, in a moment that describes her perfectly, I came home late and I found her sitting at the table with pieces of parsley and cilantro on her head. I asked why she had put that on and she replied: “it’s just that it’s been so long since we went out that fungus is growing on my head”. No comments.
Another time, I was in deep sleep at 3 a.m. and she abruptly woke me up to tell me: “Guess what I just dreamed”. It is in moments like this that more than one crime has happened.
One day, walking down the neighborhood of San Isidro, we saw a car crash. We ran up to it quickly and we saw that both drivers were unhurt, and arguing about who was at fault. Since no one was injured, I turned into a spectator. I love watching people argue, debate and I quickly tend to take a side, keeping my opinions to myself, of course. Suddenly I hear a third voice that I recognized immediately:
-it was your fault! Don’t you realize that you were going too fast?
“We” were one older guy that hid instantly, Marita and I. the situation didn’t end well, for the accused nor for me. The police came, Marita told them her version, the guy kept arguing and I was trying to hold her back because she wanted to fight him.
During those times, Marita was 18 years old and about 95 lbs.
Yet a different time, backing out of the parking lot at a restaurant, I hit a parked car. Thinking about parking and checking out the damage, I looked at her and she say: “What are you waiting for? Go, go!” Obediently, I took off as fast as I could.
Little by little, as fantasy made way for reality, the intense illusion made way for a deeper love. We had huge problems. We even considered separating and divorcing. We had painful hurdles to overcome, especially her and each hurdle made me not love her more, but make her more a part of me or maybe make me more a part of her.
I think I need to explain a few things. I wrote a story about my mom, who passed away when I was 11 years old. Someday I will write a story about my father, an extraordinary man that passed suddenly right after I turned 19. For now, it is enough to say that I considered it too much, and that God simply had decided to make an experiment of me on how to fuck with someone’s life the most. In other words, I was the next assignment, that character in the Bible who God tests continuously and makes go through the hardest of times to test his faith. But my faith was dragging, instead of walking.
So I decided to live under the laws of the jungle. I was bitter, filled with hostility and hate. Walking through life like that, with terrible results by the way. I kept up with my bohemian habits, and doubtful attitudes to say the least, behaviors I had acquired a few years prior.
After meeting Marita and becoming crazy about her, I started to learn some things about her life, since she was very reserved. It took me a very long time to know her mom had passed away when she was 13 years old and her dad less than two years later. Yet she was so lively, always in a good mood, as sweet as sugar, and a fighter like none other.
Then I realized it. It was like a Dorian Wilde portrait inside out. It couldn’t be a coincidence. There was something else here. I was looking at myself in a magic mirror, seeing what I could’ve been and wasn’t. When I imagine everything she had to go through, it makes my skin crawl from guilt.
I am very respectful of people beliefs. If you believe in God or not, if you believe in Karma, reincarnation or fatality. My personal opinion is that everyone has the right to believe in whatever they want. I have decided to believe in God, but I have my own version, personal and particular.
Unexpectedly, God had placed in front of me a person that had suffered more than me, but reacting in a completely opposite way and was saying: “This is the woman I have picked out for you. Let’s see if you get your shit together once and for all.” – Smack, smack! A couple of slaps.
I was no saint; actually, I was the complete opposite of one. With a passive-aggressive personality, I’d say yes to everything, and then do whatever I wanted after. For my father and my family, open discussion and direct confrontation was something they were very accustomed to but for me it was baffling. I instead liked to get away with stuff without people noticing, and since I was an artist at being sneaky, the situation gave me a little bit of pleasure.
On top of that, I was spoiled, lazy, absent, and very selfish. Quite the little piece of work. In my favor, I was very sensitive, of acceptable intelligence, and a good heart that probably came from reading so many novels about cavalry as a kid.
And well, here we are. My woman and I. However, the idea of this story is not to compare. What I want in some way, is for people to know how lucky I was.
Definitely, I have certain mental problems. I am a mixture of manic depressive and mild bipolar disorder. I put passion into everything I’m interested in, until I get bored one day and I don’t do it ever again. I have very dark days, and my siblings say I have my own personal dark cloud hanging above my head.
On top of that, I’m still lazy, disorganized, and inconsistent. Despite understanding perfectly well social norms and having a lot of tact in the way I treat others, my very own nature betrays me and I’m politically incorrect to the most unacceptable extreme. I cannot keep quiet; I always have to say something ironic, hurtful or offensive, even when I know I should not for my own wellbeing. It’s just in my nature.
I’m terribly shy. I live with a constant fear and sometimes even terror. As a teenager it was impossible for me to speak to a girl. I remember when I was 12 years old, I fell in love with a girl that would go swimming to a friend’s house that had a pool. My brother and I would go every day. We were a pretty big group and there was never a way to have time alone. I think I only spoke to her three or four times, but I liked the idea of her being my girlfriend. One day I decided to give her a little note that read: “Do you want to be my girlfriend?” I wrote it on a notebook and ripped the page out. I didn’t consider that my brother had been watching me.
Yes, Ed, the little punk. He made it his goal to decipher the marks left by my writing in the following page and he made sure he told everyone about it. Impossible to give the note after that and my dreams of my first love vanished.
The first time I had to speak in public, my legs and my voice shook in such a way that I had to walk the whole time and speak louder at the audience’s request, since no one could hear what I was saying.
And now, after 35 years of being together, I see that my life made sense because I married Marita.
I would like to say why.
I don’t know anyone that is as capable of cheering someone up as she is. Not just me, but the people around her. Here and in Lima, there is always someone at the house or on the phone telling her about their problems, and she just gives advice and always cheers people up. I was the client with benefits.
She is incapable of observing something incorrect and do nothing about it. When my sister was hospitalized in a local clinic, with the threat of miscarriage of her oldest daughter, and against my opinion, very soundly she moved heaven and earth to have her transferred to a different clinic. Three days later my precious niece and goddaughter Brenda was born.
When there is a problem in her family, even though she is the fifth kid, she is the one that gets all the phone calls and consoles everyone. I’ve never seen anyone console people like she does it.
Sometimes I just hear what she is telling them because it even makes me feel better.
Once she is alone, she cries inconsolably, because she suffers and I suffer with her, but immediately she regains composure and keeps moving forward. Even though people enjoy my writing, it is impossible for me to console someone. I end up saying stupid things and how sorry I am, how sad, everything passes and that’s it. Not my wife. She has, without a doubt, a magical gift that cures emotional wounds.
However she never thinks of herself. We can be running on empty, and if her sister or our youngest daughter has some sort of financial problem, she rather not eat and help them out. Of course, I, our daughters and her granddaughter are first. She takes care of us, she spoils us, and does everything for us. When I want to get her a gift, or take her out on a nice dinner, she tells me she prefers getting a gift for one of her daughters or buy something for her granddaughter.
She is fun, unpredictable and funny. To listen to her laugh is marvelous. The ones that know me, know that you need a lot of patience with me and that I’m a major opportunist. She has all the patience in the world, and even though she scalds me almost every day with reason, she gets over it almost immediately. I however can stay resentful for days, and in my family some resentment has lasted years.
Oh how she takes care of me! On a winter night, we were in bed, she was sleeping and I was watching TV. I’m thinking about getting a patent on how to sleep cuddling with one arm and holding the remote with the other. Like the compulsive guy that I am, I can watch about three different shows simultaneously. We were cuddling and she was sound asleep, and then Marita touches my arm, the side that guards the remote, grabs the blanket, and covers my arm up completely all the way to the top. I assumed she did it so I wouldn’t get sick.
She takes care of me even in her sleep good God! There are days that while she sleeps and I look at her without waking her up, I just think to myself “how could she have married me?!” and after “on top of that, she has stayed with me all these years!” soon following “she definitely isn’t dumb, quite the opposite, she is very smart! Then, almost like a syllogism, I arrive to my final conclusion: she loves me like I love her, without knowing why she loves me, but she loves me.
And we are happy in our world. The whole opposite or common interests thing just doesn’t work for us. My conclusion is that she completes me and I complete her. Separate, we aren’t two, we are zero. Together we are just one, but a very, very big one!
That is why, my every day hero, the electricity that powers my light, my woman is Marita.
Wonder woman!


noviembre 06, 2015

Así Que Esto Es


Me sentía como si estuviera conduciendo hacia este lugar que yo tenía en mi mente desde hace mucho, mucho tiempo y el camino parecía interminable. A veces me encantaba y otras lo odiaba. En algunas partes parecía inútil seguir, pero no había forma de volver. De repente, un leve giro a la derecha y allí estaba. Me golpeó tan de repente que por un minuto no me di cuenta que el viaje había terminado. No hay más sorpresas, no más ¿ya llegamos?, no más expectativas, no más de nada.

Así que esto es. No lo esperaba como llegó. Pensé que sería diferente, que mas bien llegaría gradual y suavemente, casi como cuando se ve un amanecer desde una noche cerrada, en que uno puede apreciar y sentir todos los matices y colores cambiando y disfrutando cada momento o cuando se llega a una ciudad de noche donde las luces y el movimiento van apareciendo de a pocos.

No lo sé. No puedo decir que no estaba preparado ni que no lo presentía. Pero fue como cuando a uno le comunican la muerte de un ser querido o al descubrir repentinamente que uno está enamorado. De golpe. De un momento a otro todo es diferente y la vida cambiará sin opción de retorno y que no hay más remedio que aceptarlo y seguir adelante.

Me parece que mi error fue visualizarlo como si fuera una película en la que el protagonista era yo. Al salir de una buena película uno escucha comentarios como “¡Que realista!”, “¡Sentí que estaba allí!”, “¡Esto sí que es real! ¡Qué buena película!”, “Podía sentir lo que estaba pasando. ¡Increíble!” y comentarios por el estilo.

Esa es la magia de las películas. El propósito es siempre olvidar la realidad y convertir una ilusión en cierta. Pero no es verdad, ni siquiera se acerca a la vida real.

Uno no siente el calor de la selva, ni las esquirlas de metralla o la lluvia que parece cubrirlo todo. Peor aún, no tenemos cáncer o nuestro mejor amigo no es un asesino en serie.

Desde la comodidad de la butaca de mi vida, lo miraba como un espectador relativamente involucrado, pero sin comprometerme en absoluto.

Y hoy, al subir las escaleras de mi casa, me percaté que lo hacía más lentamente que de costumbre. O por lo menos eso creí. Y fue en ese preciso instante que me di cuenta que había llegado a mi destino.

Soy consciente y oficialmente viejo.

La realidad era que yo era más lento que la última vez que pensé en ello. Al parecer, eso fue hace mucho tiempo. Recordé que desde hace varios meses me estaba moviendo a ese ritmo y pensaba que simplemente no tenía ganas de hacerlo más rápido. Mi mente me decía que podía hacerlo, pero que no valía la pena.

Es curioso cómo suceden las cosas. Seguí esperando todo el día poder hacer actividades casi tan bien como hace unos años. Cálculos mentales, conducir automóviles, caminar normalmente, leer rápidamente, recordar los acontecimientos recientes y muchas otras cosas de todos los días. No pude.

Mi esposa solía preguntarme algo así como "¿Cuánto es quince por ciento de trescientos?" Respondía en un segundo: cuarenta y cinco. Al leer un párrafo entendía la idea de inmediato.

Últimamente había empezado a necesitar un poco más de tiempo con los números, o releer el párrafo "sólo para estar seguro" y pensaba que era legítimo pasar por un proceso muy gradual y lento de concesiones al envejecimiento. Sin embargo, la mente me juega muchos trucos. Imperceptiblemente me adapté a los cambios leves y me decía - No te preocupes, que va a estar bien, dejalo ir esta vez - De repente me di cuenta de que no iba a ser "sólo por esta vez". Será más como "de ahora en adelante...”

Abrupta y duramente me di cuenta que la cabeza le juega a uno la mala pasada de adaptarse imperceptiblemente a los ligeros cambios en todos los aspectos y uno no se da cuenta hasta que ya es tarde.

Entiendo hoy que he llegado a mi vejez. No hay duda de eso. La vida ha sido buena conmigo y le he chupado hasta la última gota de aliento.

Amé mucho, sufrí mucho, disfruté mucho, comí mucho y bebí mucho. Hice de todo mucho. Todo era una exageración en mi manera de vivir. Equilibrio, serenidad y control eran sólo eso: palabras. Loco y apasionado, no me arrepiento de ello. En realidad, estoy agradecido.


Tengo muchísimas cicatrices y heridas abiertas, pero cada una tiene una memoria que hace que valga la pena. Pertenezco a la especie de kamikazes que van por la vida sin condón.

Sin embargo, todavía tengo tantos sueños y planes que me pregunto si con la edad también he llegado a la locura. Quiero ser un escritor, estoy empezando una nueva carrera, quiero viajar por todas partes, disfrutar de mis nietas y mis seres queridos de una manera que sólo puede llamarse egoísta.

Supongo que voy a salir a la carretera de nuevo. Ahora que sé que soy viejo no va a ser como era antes. Hay dos cambios. En primer lugar, será exactamente lo contrario de lo que era. El día siguiente será más difícil de vivir. Más dolor, más lagunas de memoria, recuerdos inolvidables olvidados.

Por otra parte, no me importa. Disfrutaré de la vida y también voy a tener más compasión, más perdón, y definitivamente más amor. No es para mí sino para los demás. Y ese es el secreto de una buena vida.

El otro cambio es más sutil, pero también mucho más potente; este es un viaje en el que nunca llegaré a mi destino. Cualquier día podría ser el último. Al llegar arriba o abajo, no lo sé, podre decir con orgullo: Me dieron un cuerpo nuevecito y aquí les devuelvo uno que no podrá ser reusado, ¡tírenlo de frente a la basura!


Pero está bien. Este es un nuevo juego y estoy listo a jugarlo.