diciembre 24, 2015

Una Navidad "de Verdad"




¡Primero de diciembre! ¡Llegó el día esperado!  Pepito había dormido escasamente esa noche. A sus 7 años de edad, esta era la fecha que venía esperando desde que aprendió a leer y escribir unos meses atrás.
Finalmente podría escribir su “Carta a Papa Noel”. En Navidades anteriores su mamá las había escrito por él, con lo cual había que pasar una censura muy estricta, y al parecer, su mamá no escribía muy bien, porque muchas de las cosas que había pedido a Papa Noel, nunca le llegaron o habían sido reemplazadas por otras que él no había pedido, y que francamente no le gustaban. 
Además, su mamá siempre trataba de convencerlo de pedir otros juguetes. Como por ejemplo cuando pidió un auto de carrera que había visto en la tele, un “Dinky Toy”, como el que tenían todos sus amigos, y le llegó una ambulancia blanca, chiquitita, que era muy bonita, pero, ¿Cómo se podía hacer carreras con una ambulancia? Él sabía que las ambulancias siempre iban muy rápido por lo de los enfermos y todo, ¡Pero jamás participaban en una carrera!
-        Mamá, ¿Has visto alguna vez una ambulancia en una carrera de autos? ¿Qué van a decir mis amigos?
-        Ay, Pepito, a mí me parece muy linda. Y siempre que tu papá ve una carrera, yo veo que hay una ambulancia.
-        Mamá, es para los accidentes, pero nunca corre con los otros autos.
-        No te preocupes, le va a gustar a todos tus amigos.
Pero Pepito se preocupaba y terminaba camuflando la camioneta con acuarelas y hojas, para decir que era un “vehículo de guerra”. Lo mismo pasó cuando pidió una escopeta de verdad y Papa Noel le trajo una escopeta de latón que disparaba un corchito amarrado al gatillo para que no se perdiera.
Así que ahora que ya sabía escribir, pensaba él solito hacer su lista y que nadie le hiciera de intermediario. Pero como su escritura no era del todo perfecta y podía haber algunas faltas de ortografía, pensó en Mario, su vecino, que era como cuatro años mayor que él, y que sin censurarle ni escribirle la carta, con gusto lo ayudaría a corregir cualquier error.
Pepito tenía todo planeado. Le tomaría 3 días escribir la carta, 1 día corregirla con Mario, 1 día para ponerla en un sobre y esperar al cartero, que pasaba todos los días por la casa.
Aunque casi nadie lo conocía, Pepito desde hace un tiempo había entablado amistad con él sin que nadie se percatara de ello. Le preguntaba dónde iban las cartas, quien recibía más en el barrio, y como se hacía para mandar una carta. Aprendió lo de las estampillas y todo.
Una tarde de noviembre, se atrevió a preguntarle al cartero cuánto costaría mandar una carta al Polo Norte, a Papa Noel específicamente. El cartero sonriendo le dijo que las cartas a Papa Noel eran gratis y no necesitaban estampillas. Entonces Pepito le preguntó si se la podía dar cuando estuviera escrita, y el cartero le dijo “¡Por supuesto! Yo mismo me encargaré de ponerla en el primer embarque al Polo Norte.”
Pepito sonrió maquiavélicamente. Estaba todo coordinado. Ahora sí Papa Noel recibiría información original, y no a través de terceros. No habría tergiversaciones ni erróneas interpretaciones.
Así que ese día se levantó, era Sábado y todos dormían hasta tarde, especialmente sus hermanas. Tenía cuatro y no lo dejaban tranquilo jamás. Hablaban todo el tiempo de tonterías, lloraban de cualquier cosa y nunca le daban importancia a los problemas que él tenía. Sobre todo, Mónica, la mayor, le hacía la vida imposible. Tenía un extraño presentimiento que esto lo perseguiría toda su vida.
Había conseguido en el colegio papel de doble raya, donde le era más fácil escribir, se sentó en su mesita, y empezó la carta. Después de considerarlo por un rato, decidió que lo mejor era ir directo al grano. Su mamá le hacía recordar todas las cosas buenas que había hecho y cuándo se había portado mal, y lo escribía en la carta, para embarazo y molestia de Pepito.
Pensó que era mejor decirle que se había portado bien “en general”, no entrar en detalles y que había sacado muy buenas notas. Esto último era muy bueno, pues Papa Noel podía ir a preguntar al colegio y de seguro le darían buenas referencias, sobre todo si estaba la Miss Carmela, que lo quería mucho. Mas bien la Miss Magali de inglés, no iba a hablar muy bien de él, pero las notas estaban ahí y no mentían.
De inmediato procedió con la parte que se tenía aprendida prácticamente de memoria:
“Para esta Navidad, quiero que me traigas…”
Pepito había pensado mucho en sus regalos y como evitar que le trajeran un regalo que no se ajustaba a sus requerimientos.
Era muy organizado para su edad, Estaba pensando de qué manera podía pedir un regalo que no pudiera ser malinterpretado. Como la escopeta de latón en vez de la de verdad, y que su papá le dijo. “Pero hijo, es de verdad. No dispara balas, pero dispara”. Algo de razón había en eso.
Finalmente creyó haber dado con la solución y empezó a escribir su carta. ¡En 3 días, y tras innumerables intentos, la tenía lista!
Había dado con la solución algunos días atrás. No tenía pierde. No había manera que lo que pidiera fuera cambiado, y continuó con la carta:
“…un perro de verdad, un gato de verdad, un elefante de verdad, una jirafa de verdad, una ballena de verdad, un león de verdad, un tigre de verdad…”
La lista era larga. Cuando terminó la carta. Pepito había pedido 26 animales de verdad. Esto no podía fallar. Animales de verdad, son animales vivos, así que Papa Noel no se puede equivocar en eso. Terminó la carta y  el domingo fue a ver a Mario, que ya sabía que tenía que corregir solo ortografía y algunos errores gramaticales, pues Pepito le había advertido cual era el alcance de su trabajo.
Mario, entre sonrisas, corrigió la carta y le dijo,
-        ¿Pepito, no crees que tantos animales son muchos? Papa Noel no trae tantos regalos a nadie.
-        Bueno, ya he pensado en eso. Con que me traiga unos diez, voy a estar contento.
-        Pero incluso diez es mucho.
-        Mario, tú no entiendes. Cuando mi mamá escribía la carta por mí, terminábamos pidiendo cuatro o cinco regalos. Y Papa Noel me traía siempre dos o tres. Por eso ahora, le pido más.
-        No creo que funcione así, pero es tu carta, Pepito.
Una vez de regreso a su cuarto y previamente bloqueado para evitar el ingreso de las hermanas, procedió a meter la carta en el sobre, engomarla para que no se pudiera abrir así nomás, y mirando una carta de ejemplo, puso su nombre y dirección como remitente en la parte de atrás, y al centro del sobre, muy formal:
Sr. Papa Noel
Polo Norte
Planeta Tierra
Presente
Esperó pacientemente hasta que el Viernes llegó el cartero y corriendo fue a su encuentro: “Alejandro, Alejandro, acá esta la carta para Papa Noel”. Alejandro, algo cansado por el volumen de correspondencia navideña, y molesto porque los vecinos no le habían dado muchas propinas como se estila en Navidad, recibió la carta de mala gana, y le dijo, “OK, yo la enviaré” y siguió su pesada jornada.
Al final del día, fue con la carta a su casa, y la dejó en un estante en la cocina. La carta permaneció allí durante muchos días, hasta que el 24 de diciembre, que Alejandro no trabajaba, se percató que tenía la carta de Pepito. Su intención había sido dársela a los padres de Pepito para que supieran lo que él quería.
Alejandro era un personaje solitario. Nunca se casó y tuvo muy cortos romances con dos o tres mujeres que no prosperaron. Hijo único, estaba lleno de manías propias de un solterón y se aproximaba ya a los 60 años. Era muy tímido, casi no tenía amigos, pero era muy buena persona. Siempre que podía, ayudaba a alguien en apuros, y prefería siempre permanecer anónimo.
No había vuelto a ver a Pepito desde el día que le entregó la carta. Se preguntó cómo se sentiría cuando viera que ningún regalo de la carta llegaría esa noche. Era ya muy tarde para hablar con los padres. No tendrían tiempo para comprarle nada y seguramente le harían pasar un mal rato por ilusionar vanamente a un niño.
Sintió que su corazón se encogía y decidió abrir la carta. Recordó también que hace algunos años, en una de esas fiestas de la oficina, lo hicieron vestirse de Papa Noel, por ser gordo. Se rehusó de todas las maneras posibles, pero al final no le quedó más remedio que ponerse el traje y pasarse la reunión cargando a los hijos de los empleados y dándole un regalo a cada uno. No fue tan malo después de todo. A él siempre le gustaron los niños. Era mucho más simple y fácil hablar con ellos…
Por su mente cruzó una idea muy aventurada para su carácter, pero sentía que no tenía más remedio que hacer lo que pensaba, hasta que leyó la carta de Pepito.
Al ver que quería 26 animales vivos, se le ocurrió mandarlo a vivir al zoo, pero después lo pensó mejor.
Eran casi las diez de la noche, y todos los negocios estaban cerrando. A toda prisa sacó el naftalinado traje de Papa Noel, se lo puso, se tuvo que afeitar el frondoso bigote, y se pegó la barba y el bigote blancos y se puso la peluca, blanca también. Al mirarse al espejo, pensó que había hecho un buen trabajo.
Con sólo la carta y la billetera, se dirigió a una tienda de mascotas que había en la vecindad lo más rápido que pudo. Encontró al dueño cerrando la tienda, y le explicó lo que quería hacer. El dueño lo hizo pasar y Alejandro casi de inmediato vio lo que buscaba, Era una bolita dorada brillante, con 2 ojos negros como boliches y una mirada casi humana. Entraba tranquilamente en una mano.
El precio del perrito era prácticamente un mes de sueldo de Alejandro, pero no dudó un instante y lo compró. Al salir el dueño le dijo “Vea, este es un Golden Retriever, hijo de campeones. Acá tengo todos los papeles, y puede pasar a recogerlos otro día si gusta”.
El cartero sonrió silenciosamente y pensó para sus adentros que esos papeles nunca serían necesarios. Se lo entregaron en una cajita de regalo, con agujeros para que pudiera respirar.
Alejandro no tenía auto, y ya no había transporte público a esa hora. Calculó que le iba a tomar como hora y media o dos llegar hasta la casa de Pepito. Empezó a caminar a toda prisa. La noche era una de las típicas noches limeñas de diciembre, húmeda y calurosa.
Mientras tanto, en la casa de Pepito, Pepe y Lucía estaban muy preocupados. Sus cuatro hijas le habían entregado sus cartas a Papa Noel, pero no hubo manera que Pepito les entregara algo. A las preguntas sobre la carta, Pepito contestaba “No quiero que se molesten por eso. Yo ya arreglé el asunto”. Con sus siete años, Pepito sorprendía a veces con sus repuestas y su tozudez. Más que tozudo, era obstinado y perseverante. Una vez que decidía algo, era muy difícil hacerlo cambiar de opinión. Su papá le decía,
-        Mira hijo, si no me das la carta, no voy a poder enviarla, y Papa Noel no va a saber que traerte. ¡Te advierto que te vas a quedar sin regalo!
-        Papá, él ya sabe lo que quiero. No necesito enviarle otra carta.
Pepe y Lucía pensaron que él había escrito una carta y la había puesto en el buzón, así que Lucía insistía:
-        ¡Mira que las cartas se pierden y si no le has puesto estampillas, te la van a devolver y va a ser muy tarde para mandarla de nuevo!
Pepito tenía respuestas para todo.
-        ¿Mamá, acaso no sabes que las cartas a Papa Noel no necesitan estampillas? ¡Si lo sabe todo el mundo!
Lucía se angustiaba mucho. Su engreído, el hombrecito de la casa, independiente y coherente, a veces resultaba mucho para ella, que era todo sensibilidad y amor.
Pepe, mucho más práctico, trataba de sonsacarle que carrito quería, pelotas, armas, rompecabezas, innumerables juguetes pero Pepito no soltó prenda. No sabía que Pepito tenía el temor que se comunicaran con Papa Noel para cambiarle alguno de los animales que había pedido, o algo así.  
Al final, Pepe perdió la paciencia y le dijo a Lucía:
-        Este chico es terco como una mula. Por mi parte, que se joda, le voy a comprar un par de carritos, un balde para la playa y una pelota de fútbol. Si le gusta bien, si no, ya aprenderá para la próxima. Le vamos a tener que decir que la carta se perdió por no dárnosla.
-        Ay, Pepe, pobrecito. Me rompe el alma, pero este chico es tan especial. A veces me hace sentir tan orgullosa y otras me hace perder la paciencia.
-        Tienes razón, pero es un buen chico, y muy maduro para su edad. Veamos como capeamos el temporal
Finalmente dieron las doce y tras el saludo de Navidad, los niños se apresuraron a ir al árbol a abrir sus regalos. Pepito estaba de pie frente al árbol, y no veía ninguno de sus animales. Abrió sin entusiasmo sus regalos, que no eran en absoluto lo que había pedido. Se dijo a sí mismo - “Entonces lo que dice el gordo Mantilla es cierto, Papa Noel no existe, los regalos los compran los papás”. 
Experimentaba la primera gran desilusión de su vida y sentía un profundo dolor. Tanto esfuerzo por nada…
Alejandro seguía caminando a toda prisa y como veinte minutos después de la medianoche, llegó a la casa de Pepito. Tuvo que descansar unos minutos para secarse el sudor, recuperar el aliento y recomponer el disfraz. Agotado, tocó la puerta de la casa de Pepito. Lucía abrió la puerta y cuando escuchó al hombre vestido de Papa Noel decirle
-        Buenas noches Señora, ¿Está Pepito por favor?  
No supo qué decir y sólo atinó a señalarlo con la mano. 
Pepito levantó la cabeza y su corazón se detuvo. ¡Ahí estaba Papa Noel en carne y hueso y con una caja en los brazos! Cuando lo llamó, no sabía si estaba flotando o sus pies realmente se movían.
Al llegar frente a él, Papa Noel le dijo
-        Pepito, lamento llegar tarde, pero es una noche de mucho trabajo para mí, y quería venir personalmente para explicarte que una carta a Papa Noel no es una lista de todas las cosas que quieres tener. Debería ser una sola cosa, y es lo que más deseas. Yo no puedo llevar juguetes a muchos niños porque no me da el tiempo ni las cosas que tengo para dar. Tú eres afortunado y por eso te he traído una cosa de las 26 que pusiste en tu lista. Pero quiero que para el próximo año pienses bien en lo que vas a pedir.
Y le entregó la caja. Pepito abrió la caja, miró al cachorrito y le gritó ¡Pascual! mientras el cachorrito saltaba a lamerle la cara. A partir de ese momento, Pascual y Pepito se conectaron de tal manera, que ambos sabían que estarían juntos toda la vida.
Pepe y Lucía no salían de su asombro, y cuando Papa Noel se despidió de Pepito y las niñas, que tampoco habían atinado a nada, llegó a la puerta y Pepe le preguntó de qué se trataba todo esto. Alejandro mintió:
-        Ustedes no me conocen, pero encontré esta carta en la calle, y pensé en el niño que no recibiría nada esta Navidad. Decidí por lo menos ayudar a uno, ya que no puedo ayudar a todos los que no recibirán nada. ¡Buenas Noches y Feliz Navidad!
Evidentemente nunca lo reconocieron. Solo Pascual, que sabía la verdad, movía la cola con un entusiasmo indescriptible cada vez que lo veía, saltaba y le ponía las patas en el pecho, pues terminó siendo muy grande.
Al año siguiente, Pepito escribió una nueva carta que sí llegó a manos de sus padres. Al abrirla, solo decía:
“Querido Papa Noel, este año me he portado muy bien y he sacado muy buenas notas. Para Navidad, quiero que mi regalo se lo des a otro niño que no recibió nada el año pasado”
A Pepe y Lucía se les salieron las lágrimas y a partir de ese año, para Navidad, organizan entregas de regalos a niños pobres de la zona. Nadie supo nunca que pasó con Alejandro. Pepito se graduó de veterinario y hasta hoy está seguro que misteriosamente, Papa Noel sí existe.
Y ésta sí es una Navidad “De Verdad”